Un dolor que trae vida

Mis hijos crecían en el vientre de mi mujer y yo solía visitarla todas las noches.

Nadie en mi reino podía sospechar de mi relación con una humana y mucho menos que sería padre de sus hijos.

Yo era muy feliz al lado de Rosalinda y esa felicidad se transmitía en mi tierra, por primera vez en mas de quince lunas la tierra daba su fruto en abundancia.

Era tanto el fruto que mi pueblo hizo fiesta y comieron y se saciaron hasta que no pudieron más.

Sobró tanta comida que unos delegados llevaron un festín a los niños en el bosque vecino.

Todos creíamos que esa buena obra nos traería amigos, pero sucedió lo contrario.

Los relegados que comandó un día mi hermano ahora eran comandados por su hijo Rimnot y este al enterarse de la sobreabundancia de mi reino se preparó para atacar.

Por suerte para nuestro reino hubo un pequeño que sirvió de soplon y le contó a mis generales lo que planeaba mi sobrino Rimnot.

Le dimos refugio para su protección y le probeimos de techo, abrigo y alimento. El niño se convirtió en uno de nosotros.

Esa noche yo debía despedirme de Rosalinda, no podría venir a verla hasta que la guerra terminara. Y eso no podría saber cuando pasaría.

El ejército de Rimnot era más grande y estaba bien armado, era mejor que el que un día tuvo mi hermano.

Estaría luchando contra mi propia familia y lo que perseguían era mi cabeza y mi trono.

Rosalinda mi amada y hermosa mujer, te pido mi amor que si algo me pasa, tú cuides con tu vida a nuestros hijos, ellos son herederos de un gran reino y poseen dones especiales, lo he podido sentir cada vez que toco tu vientre...

Ellos han abierto el portal para nuestro amor y por ellos es que soy capaz de sentirte aunque no estás a mi lado.

Estamos profundamente unidos y sé mi amor que ellos cuidaran de ti, cuando no pueda estar a junto a ti...

¡Oh Anjegor, por favor no hables así, dime que volverás a mí, que siempre volverás!

¡No llores Rosalinda, que tú eres mi alegría!

Sabes que es mi deber, que tengo que hacerlo, por mi pueblo y por mí...

Te amo tanto Anjegor que la idea de poder perderte me aterra y me rompe el corazón...

Escuchame Rosalinda, cada noche sonará la campaña que está en la entrada de la casa, no abras amor, soy yo quien te estará diciendo que sigo vivo y amandote más que nunca...

Y si algún día deja de sonar, es porque mi amor por ti y yo nos hemos convertido en parte de la tierra y comerás del amor que te tengo y nuestros hijos también disfrutarán de la abundancia de mi amor...

Voy a luchar con todas mis fuerzas atrayendo vida sobre ti, mi corazón gritara tu nombre y te llamará cada noche...

Voy a atraerte tanto a mí que la muerte no podrá tocarte...

Anjegor y Rosalinda habían hecho un pacto de amor y después de muchos besos era hora despedirse.

Cuando Anjegor cruzaba el portal escuchó que tocaban a su puerta, se podía escuchar por la forma como tocaban que había preocupación en quien tocaba.

Al abrir estaba frente a él su buen amigo y servidor Máximo.

¿Que sucede Máximo? ¿Porqué tocas mi puerta con tanta urgencia?

Perdón su Alteza pero llevaba mucho tiempo tocando su puerta y usted no contestaba a mi llamado y empecé a preocuparme de si no se encontraba bien su Alteza...

Creí que algo podría haberle pasado a su Alteza en su habitación y me asusté...

Disculpame por preocuparte Máximo, ponía mis ideas y mis prioridades en orden y ahora que lo tengo todo claro, estoy listo para la batalla...

Me alegra escuchar eso su Alteza y creo que a su ejército le agradara escuchar que su Alteza no le teme al gran ejército que viene contra nosotros...

En el tono de la voz de su sirviente y amigo Máximo se podía notar el temor así que poniendo su mano en el hombre de su siervo Anjegor le dijo: No tengas miedo mi fiel amigo...

Esperaremos a nuestro enemigo fuera de nuestro reino y no les permitiremos tomar el fruto de nuestra tierra ni a nuestras mujeres ni a nuestros niños tampoco.

Sí ellos desean guerra, ¡guerra tendrán!

El rey Anjegor debía ganar esta batalla, había luchado siempre con ejércitos y rebeldes que al hallarse sin comida o sin mujeres o sin niños a los cuales usaban como trabajadores en sus campos estériles y secos y carentes de mucha agua...

Tomaban a la fuerza lo que querían después de asesinar a su rey.

Así habían destruido reinos y el reino enemigo nunca prósperaba.

Anjegor siempre les decía a su pueblo que no se puede prosperar pisoteado a otro pueblo.

El rey Anjegor tomó su puesto con su ejército en un punto inesperado para su enemigo. Era una estrategia muy astuta.

Esperaron silenciosos escondidos entre las hojas de los frondosos árboles y entre los arbustos de hojas enormes, el viento empezó a soplar y el frío parecía anunciar sangre y dolor.

Todos sabían que lo que les esperaba era una batalla muy dura, pero cuando sentían flaquear en sus mentes miraban a su rey que al igual que ellos enfrentaría al temido enemigo.

Anjegor debía mantenerse con una mente segura y serena, debía tomar fuerzas de sus flaquezas y darle a sus hombres la seguridad que ellos necesitaban.

Todos los hombres de su ejército tenían hijos, esposas, novias y padres y esa era su bandera para luchar.

Y el rey Anjegor tenía en su corazón la promesa de volver cuanto antes al lado de Rosalinda que estaba muy pronta a dar a luz a sus hijos.

De pronto se escuchó: ¡Aaajk!

Un gemido de dolor y un grito: ¡Están aquí!

Había muerto uno de los vigias, la guerra había empezado.

Las lanzas y las flechas fueron el preámbulo de una sangrienta batalla.

Después de que el sol apareció el enemigo se escondió de nuevo.

Era hora de a la luz del sol revisar las pérdidas de entre sus soldados y las pérdidas en las filas enemigas.

¡Mi general, quiero informes!

Su Alteza, murieron varios hombres en nuestras filas, pero fue el doble y casi el triple en las filas enemigas su Alteza...

Podríamos decir que esta guerra ya está ganada su Alteza...

Se equivoca general... ¡Ellos están escondidos reagrupandose!

Traerán más rebeldes... ¡Reúne a los hombres! Dales de comer abundante comida, que renueven sus fuerzas, a los que veas cansados dales descanso, a los heridos ponlos detrás de las filas...

Y a los temerosos; a esos ponlos detrás de un tambor; ellos les harán presumir con su toque de guerra que somos más de los que creen...

Toma, construye estas trampas con los hombres más fuertes que tengas y una vez construidas dales de beber vino y agua y un pan blando y suave...

Ellos necesitan estar alertas, son hombres capaces de dar la vida por su rey y por sus familias...

El general al frente de toda la misión se reunió con los principales de cada línea y les transmitió las órdenes del rey, todos vieron como sabias sus ordenanzas.

Una vez hecho todo tal como lo dijo el rey ocuparon sus lugares y guardaron silencio. Solo se escuchaba el ruido natural de la noche y del viento entre los árboles.

Los minutos pasaban calando la ansiedad por las ramas de los árboles, ellos debían enfocarse en defender y atacar y su principal objetivo, sus familias.

Anjegor ya había hecho llegar a sus muertos a las esposas y las madres de los valerosos guerreros.

El silencio reinaba, hasta que una corriente muy leve en el viento le trajo a Anjegor una noticia...

¡Prepárense; están cerca! Vienen en dirección a nuestras trampas...

Los arqueros se dispusieron a disparar sus flechas tan pronto su rey les diera la orden.

Uno... dos, una pausa prudente esperando que estuvieran más cerca y ...

Tres; ¡Ahora!

La batalla empezó tomando por sorpresa a su enemigo.

El sonido del metal de las espadas blandidas con valor se escuchaban chocar unas contra otras y los gritos de los guerreros anunciar que no iban a rendirse.

Anjegor luchaba con fiereza hasta qué un golpe lo hizo tambalearse.

Quiso seguir luchando para darle ánimo a su pueblo, la lucha casi terminaba.

Tomo fuerzas pensando en los que más amaba y siguió peleando. El dolor cada vez se hacía más intolerable...

No estaba herido, pero su dolor era de muerte.

Cuando los que quedaban del ejército enemigo huyeron, Máximo notó al rey estar a punto de caer del dolor.

¡Su Altexa; su Alteza! Venga conmigo el médico lo revisará de inmediato!

No estoy herido Máximo... Pero siento la muerte. Ayúdame a llegar a mi tienda y a recostarme...

Anjegor trataba de caminar lo más erguido posible y fingir que sólo era cansancio por lo duro de la batalla, muchos eran los heridos, pero no habían perdido a ninguno en la fiera batalla.

Listo su Alteza; ahora iré por el médico...

¡No! No estoy herido Máximo, sólo necesito descansar...

¡Pero no se ve bien su Alteza, déjeme ir por el doctor!

¿Quieres ayudarme Máximo?

Claro que sí su Alteza...

Entonces... ¡Déjame solo! Ocupate de que nadie me moleste ni que entre en mi tienda hasta mañana...

Pero su Alteza...

Haz lo que te pido Máximo; Nadie debe molestarme... ¡Ni tú!

Quiero dormir y descansar y mañana mis fuerzas habrán vuelto a mí; necesito que te vayas Máximo y que vigiles qué ¡nadie me moleste!

Sal ahora Máximo... ¡Estoy muy cansado!

En contra de su juicio el fiel servidor del rey dejó a su Alteza postrado en su cama y puso a dos guardias frente a la puerta de la tienda del rey con la orden de que nadie molestara al rey Anjegor. O les costaría la vida.

Máximo estaba preocupado por el estado del rey, pero si su Alteza decía que solo necesitaba descanso, a él solo le quedaba obedecer.

Una vez solo Anjegor abrió un portal y con mucho dolor entró en él.

Allí estaba su mujer a punto de dar a luz a sus hijos, los bebés eran muy grandes y no podían nacer.

Rosalinda iba a morir si no pasaba algo, en la habitación las mujeres que la atendían temían un final muy doloroso para la mujer y para los niños que estaban por nacer, el doctor del pueblo estaba enfermo y no había nadie a quien pudieran acudir.

Había mucho miedo y desesperación en el ambiente cuando llegó Anjegor.

Mirando lo pálida y cansada que estaba Rosalinda les dijo a las mujeres: ¡Traigan más mantas limpias!

Y prepárense... Mis hijos van a nacer...

Acercándose al oído de Rosalinda, Anjegor le susurró: ¡Aquí estoy mi amor! Vamos a traer a nuestros hijos al mundo...

Tomando la mano de Rosalinda le infundio fuerzas.

Fuerzas que se vieron reflejadas en luz. Una luz azul intensa que parecía pintar todas las paredes de la habitación y que sorprendió  a las mujeres...

¡Reciban a mi hijo! Ordenó Anjegor

El pequeño lloró de inmediato al nacer, la mujer más joven corrió a limpiarlo y abrigarlo.

Luego Anjegor besó los labios de Rosalinda y le dijo: ¡Es hermoso mi amor!

Ahora, respira hondo mi vida, que nuestra preciosa hija viene en camino...

Ahora Rosalinda, ¡traela al mundo!

Con todas sus fuerzas Rosalinda pujo y una delicioso aroma se adueñó de la habitación y un suave tono rosa se volvió una luz que llenó el lugar de paz .

La bebé hija del rey Anjegor era preciosa, todos la contemplaron llorar y sonrieron al verla callar y quedarse quieta como un remanso de paz.

De pronto un dolor se adueñó de Rosalinda y su corazón empezó a latir con demasiada fuerza.

Mi amor... Anjegor me voy...

¡No! ¡Eso nunca!

Postrandose sobre ella puso su boca sobre la de Rosalinda y le transmitió un poder que debilitó su cuerpo, al punto de quedar desmayado sobre su mujer.

Dos horas después Anjegor despertó y cuando abrió sus ojos halló a Rosalinda ante él con una sonrisa y un te amo en sus labios.

Habría dado su vida por ella y por eso le entregó parte de ella para salvarla, si antes estaban unidos, ahora eran uno en su totalidad.

Cuando Anjegor hubo comido y recuperado sus fuerzas, le fueron traído sus hijos.

Sí no fuera por ti mi amor, ninguno de los tres estaría aquí; ¡Te debemos la vida!

Te llamaba a gritos mi alma, pensaba que si iba a morir, quería ver tus ojos por última vez...

Y viniste Anjegor, nos salvaste mi amor...

Las lágrimas de Rosalinda conmovian a Anjegor y lo hacían llorar.

Anjegor nunca había llorado, esa emoción le era negada como rey, esa era una emoción que no le era permitida sentir, era el rey de Zouqibia y su pueblo no podía ver en él debilidad.

Pero amaba tanto a Rosalinda y estuvo a segundos de perderla que su alma se entregó por completo para salvarla, su alma y la de su mujer se habían unido en una sola.

Él vivía por ella y ella vivía por él.

Se quedó con ella y con sus hijos hasta sentirse fuerte de nuevo. Su familia se transformó en su vigor.

Muy contento se marchó de la casa de Rosalinda con la promesa de volver muy pronto.

Se besaron profundamente antes de que Anjegor cruzara el portal.

Ya era de día en el campamento de batalla, los guardias estaban de pie ante su puerta, así que Anjegor abrió la puerta de su tienda y le dijo a los soldados: ¡Vayan a comer y descansen! Nos iremos a casa en la tarde...

Y diganle a Máximo que traiga mi desayuno...

El rey Anjegor se veía muy bien, descansado y contento, al llegar con el desayuno su fiel servidor Máximo se sintió aliviado al ver a su majestad completamente recuperado.

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Albalu HS

Albalu HS

Fascinante

2024-04-19

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