CAPÍTULO 8

Theodore

Camille es un nombre bastante bonito, suena dulce y bastante sexy cuando se lo digo entre jadeos.

De nuevo no puedo dejar de pensar en ella… como si se hubiese grabado a fuego su voz en mi memoria, sus excitantes sonidos de satisfacción que parecen despertar en mí un animal salvaje y hambriento.

No puedo dejar de imaginarme su maravilloso cuerpo desnudo a mi merced, quiero tenerla de nuevo en mi cama, quiero saciar el deseo de ella, un deseo que parece ser insaciable.

Nunca antes sentí tanta necesidad o deseo de estar con una mujer, no como lo que estoy sintiendo con ella.

No sé si es el misterio que parece envolverla, la resistencia que parece tener a enamorarse, lo pequeña que se siente entre mis brazos, o lo bien que su pequeño cuerpo encaja con el mío de formas magníficas y bastante estimulantes.

O si es el tiempo que estado solo, huyendo sin parar, de las relaciones y las mujeres. Creo que me he cansado de escapar y me he dado de bruces con la mujer menos indicada, pero más apetecible.

- ¿Me estás escuchando acaso? –mi madre me da un pellizco en el brazo y casi dejo caer mi copa de vino.

De nuevo quiere convencerme de ir a casa con ellos, yo no siento Italia como mi hogar, no cuando a los diez años fui enviado a estados unidos con mi tío para recibir la educación que mi padre deseaba para mí, no cuando me había enamorado por completo de la ciudad y su constante movimiento, de las luces a toda hora, del ruido de las personas día a día, y lo intente, realmente intente volver a Italia al graduarme, pero simplemente no pude, no tuve el valor de admitirlo y me escudé en la idea de un postgrado en España, luego una maestría, me enamoré de mi trabajo en R&W, cualquier lugar se sentía como un hogar, menos Italia.

Tuve que volver, casi veinte años viviendo fuera de la dictadura de mi padre, al margen de las responsabilidades en el viñedo de la familia, lejos de la calma, y renuncié a todo con tal de verlos felices.

Comencé a trabajar con mi padre, conocí a Monique Ricci, me enamoré de ella, formalicé nuestra relación, mis padres estaban dichosos y por un momento, también yo lo estuve… Los problemas comenzaron.

Y nada era suficiente para compensar el enorme vacío que tenía en el pecho.

Mi relación de dos años se fue al demonio cuando Monique enloqueció una noche y comenzó a agredirme por haber llegado tarde, mi madre estaba decepcionada de mí por no estar casado a los treinta y un años, renuncié al viñedo y decidí irme lejos, mi padre me prohibió usar su apellido.

Theodore Rinaldi se volvió una decepción para su familia, pero Theodore Williams se había convertido en su propio héroe.

Por fin volví a ser feliz, volví a España, me recibieron con gusto en R&W, me convertí en director, pero mentí, mentí como todo un bastardo, diciendo que mi padre me había aconsejado seguir mi camino, dije que estaba orgulloso de mí, feliz de que yo hiciera lo que me gustaba, porque siempre quise su apoyo.

Casi cinco años después, ya su apoyo ni siquiera me importa.

Vivo en España la mitad del tiempo y en New York la otra mitad, soy exitoso, adinerado, tengo salud, una hermana maravillosa, muy buenos amigos, amigos por los que literalmente recibiría una bala –de nuevo-, una ahijada hermosa y dos ahijados terribles, pero adorables, acabo de adoptar un pastor alemán y creo que he conocido –a profundidad- a la mujer más hermosa y complicada del mundo.

- Estás demasiado callado, espero que eso signifique que estás pensando en hacerme caso –mi madre puede verse inocente, pero es letal cuando se propone algo.

- No mamá, no estoy interesado en volver, gracias –me preparo para la batalla que se avecina, pero mágicamente no dice nada.

- Esa chica del matrimonio de tu hermana, a la que besaste suponiendo que nadie te veía –casi me ahogo, pero finjo indiferencia.

- Una amiga.

- Una a la que te permites besar.

- Es una amiga –la miro de frente- Lo siento, pero no hay nada de que hablar.

- Es linda… ya tienes treinta y seis, quiero nietos pronto.

- Es preciosa, pero eso no cambia la situación, nada de qué hablar.

- Theodore Rinaldi, me rompes el corazón –suelto una risita, claro que es una mujer de artimañas, me levanto y le planto un beso en la mejilla- Me hago vieja.

- Te amo mamá, pero debo irme, tengo un compromiso.

Me voy lo más rápido posible, antes de que siga con el tema de los nietos.

Llego a casa de Jared y una sonriente Irina abre la puerta, se lanza a darme un abrazo y entro mirando a todas partes en busca de mis ahijados, no veo a ninguno.

- Jessie está atormentando un poco a su padre en el jardín, los gemelos en la piscina con Joseph y Lorena –le entrego dos paquetes de cerveza y me siento en la barra frente a la cocina donde Irina sigue preparando una ensalada.

- Te ves feliz –digo y ella asiente enérgicamente- Me encanta, verte feliz Irina, saber que Jared y tú son realmente el uno para el otro.

- Ya podrás experimentarlo por ti mismo –dice y de inmediato se me viene a la mente cierta rubia espectacular con la lengua tan afilada como un cuchillo.

- No lo creo, conocí a alguien, una aventura, ya sabes… no puedo dejar de pensarla, pero no quiere saber nada más.

- Lo que es para ti, ni que te escondas, Theo –dice dándome la ensalada- Lleva afuera, por favor, y ya verás, que la chica caerá rendida ante tu encanto.

- Por primera vez no estoy de acuerdo contigo, ella es realmente diferente de las mujeres que he conocido antes –me mira fijamente, evaluándome y es cuando lo veo claro como el agua- Es como tú, no necesita un hombre a su lado para valerse, y por Dios, tiene carácter.

- Entonces creo que estarás bien, porque si en algo se parece a mí, sabrá valorar el gran hombre que eres y todo lo que puedes llegar a hacer por ella –coloca una de sus manos en mi hombro ahora sano, donde una vez recibí una bala por ella y por mi ahijada, luego coloca su mano en mi corazón- Solo déjale ver el maravilloso hombre que vive debajo de la sonrisa socarrona, el que es capaz de darlo todo por ver a los suyos felices.

- No vamos tan en serio, corrige eso, lo dejaré en no vamos.

- Si me estás hablando de ella, yo creo que tú si quieres… Ir.

- Quizás no sea nada –le digo y tomo su mano- Pero gracias, por quererme y aceptarme como tu amigo y como parte de la familia, al ser padrino de los niños.

- Más que padrino de nuestros hijos… -dice Jared sorprendiéndonos a ambos- Eres como otro hermano para mí, así que no agradezcas lo que te has ganado a pulso.

Salgo junto a mis mejores amigos, y me deshago en sonrisas con mis ahijados.

Pero en ningún momento dejo de pensar en la preciosa rubia de curvas impactantes que me dejó luego de la noche más estimulante de mi vida.

España va a tener que esperarme un tiempo largo, si ya estaba considerando quedarme, ahora estoy más que seguro de querer hacerlo.

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