『Capítulo 4』┉ Extra〈 El mismo deseo 〉┉

La codicia que ha contaminado los corazones,

que es causa de discordia entre sus compañeros,

su apetito por los lazos de destrucción están atrapados con cerrojos,

cuando sea el momento de levantarse, surgirá el Mar Rojo.

Y así, mientras tanto, las llamas consumirán las lágrimas que nunca se rendirán,

y los vendajes que cubren sus ojos nunca se caerán,

las intenciones se esconderán en sus largas capas, mientras toman un bocadillo,

los dos señalarán el otro hasta que uno de ellos apriete el gatillo.

✽◈◈◈◈◈◈◈◈◈◈✽

Mientras el imponente sol se iba ocultando y daba paso al astro argentado, un hombre cabalgaba con un singular porte plasmado de elegancia, en dirección al palacio de Stellae, en el broche de su capa se podía percibir la insignia real, una estrella de plata y en el medio un zafiro incrustado en forma de media luna, en su rostro por alguna razón estaba dibujada una sonrisa, su cuerpo emanaba euforia.

Encontrándose por fin frente a la muralla que demostraba el poderío de los regentes, levantó su mano derecha y junto sus dedos anular y meñique en su palma, mientras que el pulgar rozaba con el nudillo del anular, dejando a el dedo corazón y el índice extendidos, esta señal fue suficiente para que los guardias que custodiaban el castillo abrieran las puertas sin mencionar ni un palabra, dejando libre el paso al hombre, este siguió cabalgando por el extenso camino que se abría paso por los enormes jardines, repletos de rosas, jazmines, árboles, arbustos y manzanos.

Al llegar al frente de la gran puerta de roble en la cual se podían apreciar rosas talladas que se esparcían desde la parte inferior y escalaban hasta la cima de la madera, en el centro se encontraban dos grandes lunas nuevas hechas de plata al igual que los tallos y espinas de las rosas que perforaban la puerta formando un diseño casi idéntico en la parte interna.

Bajo del caballo y le entregó las riendas a uno de los sirvientes que de inmediato las tomó y se dirigió junto al animal a los establos, mientras tanto el hombre de capa se encaminó a el interior del recinto, levantó su mano derecha y empujo las enormes puertas.

-Saludos a su majestad el primer príncipe-Mencionó el mayordomo vistiendo un pulcro traje negro.

Mientras tanto una fila de sirvientes que se encontraban transitando se apresuraron a colocarse a la orilla de la alfombra que se extendía desde el exterior hasta los tronos de la realeza, para después inclinarse.

El joven hombre comenzó a caminar admirando con un poco de nostalgia el alrededor, desde las largas cortinas de que mantenían amarradas con una cinta, dejando así la vista de los grandes ventanales al exterior, hasta las pintadas en el techo que se encontraba a unos 50 metros del suelo que simulaban el cielo nocturno.

-Mateo-llamó al mayordomo que lo anunció-Informa a mi padre de mi regreso-habló sin apartar la vista del final de el gran salón.

Prosiguió adentrándose, pasando por los enormes pasillos repletos de la tenue luz del sol, que se empezaba a ocultar por el oeste.

Hasta detenerse  frente a la puerta de la biblioteca real, sabía que si su amigo estaba en el palacio lo encontraría allí, tomó ambas perillas de la puerta, las giro y empujo, dejándolo entrar, segado un momento por toda la luz que se filtraba por la enorme ventana que estaba al frente, y que daba toda la vista del atardecer.

Una vez que sus ojos se acostumbraron al ambiente, se dirijo al escritorio que se encontraba en la parte derecha, el cual era ocupado por un joven hombre, y cuya atención estaba completamente centrada en libros sobre el escritorio, con su mirada viajando de pagina a pagina, con una rapidez que reflejaba estar acostumbrado a dicho trabajo.

-Llegó y el primer ministro me ignora por completo, mi corazón se ha roto-habló al llegar junto al joven lector, llevando se mano a su pecho y con una mueca que fingía dolor.

-Querrás decir que se ha dañado tu ego, ¿no es así Maxim?- Respondió el joven, mientras sacaba un par de lentes del cajón del escritorio.

-Estoy de muy buen humor, tus insultos no tienen efecto-respondió el joven bajando su capa y dejando al descubierto sus tez blanca.

-¿Y eso a qué se debe?-comentó el primer ministro con un tono divertido.

-Pues he conocido a alguien interesante mientras recorría el reino.-Soltó con alegría.

-¿Es así?-lo miro mientras levantaba una ceja-Pues yo también he conocido a alguien-en su rostro se iluminaba con alegría- mientras te buscaba por todas partes.-esto último hizo que su sonrisa se desvaneciera.

-Pero ni siquiera lograste encontrarme Pauli-Hablo el pelinegro con un deje de reproche.

-Eso fue por que sabia que estarías bien, solo que fue algo difícil convencer su majestad de ello.-Lo miró con fastidio.

-Bueno ¿y?, ¿Cómo es la persona que tu conociste?-Cambió abruptamente el tema, tratando de no recibir más regaños.

-Ella es alguien muy simpática y amable,es curioso... incluso apostaría a que me he enamorado de ella-miró hacia los grandes ventanales, recordando su encuentro-¿Y tu?.

-Bueno creo que al igual que tu ha sido un amor a primera vista, así que no dejaré que se me escape.-Hablo mientras mentalmente recordaba las acciones de ella.

-Increíble para hacer que seas tan franco con ello debe ser alguien muy interesante-regreso su vista al príncipe-no veo la hora de conocer a la que por fin ha capturado al su alteza-Lo miró con sorna.

-Si, mis planes funcionan creo que muy pronto la conocerás.-Le dirigió una mirada desafiante.

Su plática se vio interrumpida por unos ligeros toques en la puerta.

-Adelante.-Contestaron al mismo tiempo, con fuerza en sus voz y desvaneciendo las sonrisas de sus rostros. Después de ello Mateo abrió la puerta y se dirijo al frente de ambos jóvenes.

-Su alteza-Se inclinó al verlo-primer ministro-repitió el saludo-su majestad necesita su presencia en su despacho.

-Esta bien-Se levantó del asiento y asintió-Nos vemos luego-Se dirigió a la salida en compañía del mayordomo.

-De acuerdo, mientras tanto yo iré a descansar-Tomó su capa entre sus manos y salió de la biblioteca.

-Alisha- Salió de los labios de ambos jóvenes en un tono casi inaudible mientras se marchaban en direcciones opuestas.

Aquellos años que compartieron no significaron nada, puesto que la honestidad nunca existió entre ellos.

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