El frontis de la iglesia es impresionante con esos pilares de estilo romano.
Anthony, o Tony, sube las escalinatas e ingresa.
Para qué decir de la parte interna, tidavía más impresionante.
Pero no ha venido a tomar fotos.
El aroma es demasiado conmovedor, percibe un ligero aire de su presa. Presiente que está en el lugar exacto.
Intentando no hacer notar su impaciencia de dos días, busca la sacristía, pero no la encuentra.
La iglesia es un museo religioso, y admira de paso, el esplendor que impresiona a los turistas, de todo el planeta, especialmente de aquel mundo cristiano católico, que ama la excelsitud de la consagración a la fe en la más alta calidad, a través de los objetos muy valiosos que representan el universo cristiano.
Aquí hay la presencia del espíritu. Es ese halo que la buscada, ha debido emanar al caminar, estar sentada aquí y allí, orando asustada y confundida, llorando, pensando en su infancia y recordando las imágenes lejanas de su madre difunta, que apenas recuerda, y de su padre que la dejó junto a aquella tía y desapareció para siempre.
También la energía de la memoria más actual; los sucesos de los últimos meses, aquella ventana que cerró violentamente y las actitudes del mayordomo, casi convertido en su enemigo.
Por último, el viaje aquel, y finalmente la sorpresa abismal de esa historia que envuelve a una familia supuestamente millonaria que son sus ascendientes.
Ella era el foco de atención en ese banco y su tía se enfrió al punto del desmayo.
El final, de ese triste episodio, fue cuando el mayordomo le dijo: "Vete, desaparece, tu tía no te merece".
Entonces ella se desplomó, ya aquí, en esta preciosa iglesia.
Toda esa energía de pensamiento y emociones, se han quedado allí y Tony parece sentirlo. Es sensitivo, como debe ser un investigador.
Por ello, está seguro, que aquí hay algo.
A diferencia de aquí, en donde se ha emocionado y puesto nervioso, es otra sensación completamente diferente. En los otros lugares, con aplomo preguntaba y mostraba la foto. Ahora...
— ¿Buen día, señor, busca algo en particular?
— Buen día, sí... busco.
— Dígame.
— Perdón que lo saque de su ensimismamiento — ¿Está usted orando?– le pregunta el servidor de la iglesia, ante el silencio del visitante.
— Ah, disculpe. Preciso hablar en privado. ¿La sacristía por favor? ¿Hay quien alguien que me atienda allí?
— ¿De qué se trata, señor?
— Es una cuestión... muy importante.
— Dígamelo, aquí mismo.
— No puedo señor, es muy privado.
Anthony no puede ni debe, hablar en esas circunstancias.
Se pone algo confuso e inquieto.
Al final, es algo delicado, comprometedor. En los otros templos visitados no sintió nada parecido.
— ¡Por Dios! Entonces, tenga la paciencia de aguardar, tenemos visita en la sacristía.
¡Oh! ¡Bondad! Oh simpatía, dónde estáis.
En ciertos momentos cuando es más preciso, la empatía sabe fugar de las relaciones humanas.
Tony, queda estupefacto.
No sabe si él fue muy frío y maleducado al solicitar, o aquel servidor religioso.
— Bien, ya está hecho y así es la cosa... — Tony se sienta y pretende enfocarse nuevamente. Pero, se levanta casi de inmediato, atraido por las piezas valiosas que hay por doquier y las aprecia igual que los turistas.
Han pasado más de diez minutos. Su espera continua. Va de un lado al otro, se sienta nuevamente y he allí el hombre vestido con sotana negra.
— Por favor, sígame.
La Iglesia Católica Romana de San Pedro, es enorme, tiene varios espacios en estilo museístico, pasan a un pasillo que conecta a un área notoriamente más antigua, menos reluciente. Allí está la Ayudantía, no exactamente la Sacristía. Un sacerdote espera, sentado ante un viejo escritorio.
— Buenos días.
— Buenos, casi ya buenas tardes. Estamos por cerrar. Hasta el medio día está abierta al público visitante por turismo especialmente. Siéntese, le atenderemos de todos modos. Luego deberá salir por las puertas posteriores. ¿Qué se le ofrece?
— Busco, busco a una feligresa...
— ¿Una feligresa? Decenas de feligreses vienen aquí semanalmente. No tenemos listas de ellos, ni guardamos relación de asistencia.
— Si claro, entiendo. Pero quizá puedan conocerla, puede ser que la hayan visto... — Tony recuerda que la joven que busca vive en Pittsburgh. Difícilmente vendría seguido por aquí. Debe ser más directo:
— Se trata de una persona que hizo abandono de su casa...
— Muchísima gente, abandonada, fugada de su hogar, perdida en el y del mundo, acude a las iglesias por una u otra razón muy fuerte, o por hambre y frío inclusive.
— Tiene usted razón. Pero no es el caso de un pordiosero, es una feligresa de...
— ¿Es usted policía o algo así?
— Sí... este es mi documento.
— ¿Investigador Privado? – El sacerdote mira de ambos lados el carné. — Entonces no es un policía – le espeta, sin alma ni corazón.
— Tengo todas las prerrogativas de investigación privada, relacionada inclusive con la Policía Internacional.
— Ah, qué maravilla, felicidades. Pero por favor, no extendamos más estas presentaciones que no nos conducen al final de esta visita suya, vamos a la figura.
— Está bien... esta es la figura que busco.
Le alcanzó el sobre conteniendo solamente tres fotos del conjunto que tiene.
El cura las retira y mira, especialmente aquella del confesionario.
— No la conozco. Muchas jóvenes así vienen a las misas. En particular, nunca hemos relacionado para nada directamente en torno a la feligresía con la juventud. Hay instituciones cristianas que dirigen y orientan juventud. ¿Me entiende?
— Gracias por confiarme estas directrices.
— Por lo que veo y pienso, se trata de algo difícil y realmente muy privado.
— Así es, padre, realmente lo es.
— No puede usted dar mayores datos de su búsqueda...
— Sí, padre. No puedo.
— Bien, como usted puede ver, nosotros tampoco podemos darle la menor información, y no es asunto de falta de confianza, sino, por lo que le dije: no tenemos visitas confidenciales ni íntimas con nuestra inmensa y valiosa feligresía... quizá pueda recurrir a esta dirección, ellos podrán ayudarle, en caso de que usted no consiga mayores referencias de la feligresa en cuestión.
Escribe en un papel y le extiende fríamente y muy serio.
— Muchísimas gracias padre.
— Allí diríjase, si gusta.
— Lo haré. Adiós.
— Que le vaya bien.
Ni siquiera un deseo divino, un adiós, "vaya con el Señor nuestro Dios", debió decirle.
Tony está decepcionado. Sale y se persigna.
Tiene la boca amarga en ese momento y de pronto, como si haya masticado hiel.
En verdad, ese es su primer caso grande, y un caso muy serio.
Por lo que comienza, así, demuestra que será difícil.
Al estar de nuevo en la calle, recibe en el rostro, el sol, con toda su fuerza.
Es el comienzo del verano y parece que estará muy fuerte.
Le falta una iglesia, es la Capilla de San Pablo, a dos cuadras yendo por la vía que vino y doblando una esquina hasta la próxima, como le indicó el vendedor de algodones.
Si no consigue nada en ella, deberá, buscar en decenas de capillas y templos de la metrópoli; más lejos de esa enorme área que tomó como punto supuestamente el más importante para dar inicio en la posibilidad de encontrar a Maevenia Blewitt.
No hay una relación policial que guarde una relatoría de instancias conectadas.
El mundo religioso es un mundo muy aparte, del normal mundano.
Apenas entra y al cabo de veinte minutos, sale de la grandiosa Capilla de San Pablo.
Ya no le importan las espléndidas columnas ni arcos, tampoco los altares plateados y dorados. Ahora el mundo le parece realmente "ancho y ajeno" como lo escribió un poeta latinoamericano.
Se le agigantó más Nueva York.
Allá, al otro lado de la ciudad, por la parte posterior del hotel frente a Madison Park, un automóvil negro, sube la rampa del garage y corre por la calle, saliendo luego a una amplia avenida, en dirección finalmente la carretera hacia Pittsburgh en el Estado de Pensylvania.
Por supuesto:
Es Hugh y su patrona doña Dierdre Blewitt.
El automovil se aleja y se pierde en la distancia metropolitana.
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