Maeve decide mantenerse indiferente. Nadie más habló del suceso y ella prefirió seguir el curso de las aguas, y, viendo que así era respetada y no pasó nada con la tía, mejor para ella.
Al cabo que, tres días después de la última confesión de doña Deirdre, algo fuera de lo común, le asombró:
— Hija, quiero hablar contigo— Maeve miró a su tía, y sin gesto alguno se encaminó hacia el lugar en que estaba. Vacilando si sería una reclamación por la ventana rota, o algo peor, caminó hasta frente a ella y la señora le dijo:
— Esta tarde me acompañarás al Banco.
— Sí, tía –¿Al banco? ¡Oh! Por primera vez entraría en un Banco. Desde cuando se hizo jovencita, y la señora anunciaba que iría al banco, el mayordomo Hugh, se ponía muy sonriso y agitado; rapidamente estaban listos y salían, entonces la orden era terminante, si tenía que ir Maeve, iba para algo especial motivo a clases de comportamiento etc., pero, mientras ellos ingresaban al banco, quedaba ella encerrada en el automóvil, por más de media hora.
La dejaban dentro, y la portezuela pegada, con los vidrios arriba y solamente el vidrio delantero derecho semiabierto, que no le daría para entrar a nadie. Y más, en el área exclusiva de parqueo, siempre frente la oficina de atención, en línea directa a las ventanas o puerta desde donde habría alguien que "pudiera mirarla".
Y claro, sin descuidarse pues además de responsabilidad como tal, diez o quince dólares no caían mal para el comisionado.
Sin derecho a reclamos, la muchacha, debería evitar incomodar pues cualquier rabieta provocada a su tía, era finalizada con un desmayo de la señora. "Sabes como se pone tu tía"– era la frase de toque de queda para Maeve.
Así, muchas, incontables veces, ella sintió inclusive lo terrible del encierro en un vehículo y supuso que enfermarse de claustrofobia era bien posible, así, en ese ejercicio tremebundo.
Una vez, muy niña aún, le vino el terror. Se imaginó que había sido su propio padre que tomó esa decisión, que esa señora era una extraña, quizá un ser muy malo que ella no entendía pues ni siquiera conocía los cuentos de hadas. Vivió casi en la pobreza. En las afueras de Nueva Orleans.
Allí vio morir a su madre. Completamente desnutrida, flaca y amarilla. El padre la protegió aún varios meses. Pero, llegó el momento de ir hacia esa otra ciudad. Pues entonces, así, llorando sus siete años, derramando lágrimas tan tristes, sobre la pana lujosa de los asientos de ese Mercedes Benz, negro, Maeve pasó varias veces, mucho mejor dicho, mientras su tía millonaria ingresaba, demoraba, finalmente salía del banco, más torpe con ella, más seria, más callada y menos amorosa de lo que se suponían sus amigas que era. Así salía el mayordomo hecho a su manera, frío, calculista, terriblemente inhóspito, desalmado y aún más, chismoso de lo que la niña, tan rápido transformada en una adolescente, vivió y sufrió, hasta allí.
Ahora, no podía creer que, la distinguida carcamana, y su noble chófer, salieran de los lustrosos halls y salones financieros del magnífico edificio del New York City Bank de allí de Pittsburgh.
Pero, si bien no la habían dejado dentro del automóvil, la dejaron fuera e igual le pidieron que no se mueva de allí.
En el tiempo que tardaron en volver, se sintió más solitaria, preocupada, nerviosa y desamparada.
Solamente la mirada de un hombre que no le desprendía la vista desde una oficina y otro hombre más raro aún: delgado, bien vestido pero, ¿qué era eso? Dos hombres la observaban y estaba fuera del auto, por lo que se entró y cerró la puerta.
Allí, se llevó la mano al cabello, usaba cerquillo; la largura de su bonita cabellera, era hasta los hombros.
La nariz perfecta, adornaba el rostro bonito, blanco, y su cuello también delineado por una orden anatómica excelente, se metía en un cuerpo delicadamente perfecto, con una estatura de 1.67 cm. Su vestimenta era la que incomodaba al verla: un traje de dos piezas de color gris medio y una blusa por dentro muy blanca como sus ojos que enmarcaban unos iris pardos medios.
— ¡Despierta! ¿Te has dormido? ¿Qué sueñas muchacha, tan linda que eres y tan sola? ¿Te acompaño?
El hombre que miraba desde más lejos se había aproximado y como ella no subió totalmente el vidrio...
— Disculpe no puedo hablar con nadie.
— No precisa hablar míreme...
— Por favor, de nuevo le digo que...
— Dime tu nombre.
—Mm... para qué quiere saber mi nombre.
— Para que... seamos amigos, nada más.
— Me llamo... – allá viene la señora. Ella tiene que deshacerse de ese momento; siente que la aventura de conocer a alguien es muy grata. Ese hombre no ha hecho más que aproximarse para hablar y ella se agradó por la osadía de él, pero también por el temor a lo prohibido: tener una amistad; y bien, ese no era el momento, así que su actitud negativa, hizo que el joven, reaccionara a tiempo pues rapidamente se alejó de allí, en lo que están llegando su y tía y el mayordomo Hugh.
— ¿Con quién hablabas?– interroga si tía al llegar al automóvil e ingresar. Maeve se ha cambiado al asiento trasero junto a ella y mientras el mayordomo chofer, se acomoda y enciende el carro le dice: Mañana temprano tendremos que ir a Nueva York, a la central del City Bank. Irás conmigo.
— Está bien tía.
No puede hacer más. Seguir en el fingimiento.
La tía le prometió que visitaría el banco de la ciudad y, sin embargo, la dejó en el automóvil. ¿Ahora le habla de ir a Nueva York, para dejarla otra vez fuera, aguardándola? Realmente no puede hacer más. Puf, qué cansancio y qué rutina.
Esa noche acostada, con sus cabellos negros desparramados en la almohada, se le vino a la mente la imagen de aquel joven que se le aproximó. "Regáleme una mirada, una sonrisa".
Maeve, se quedó dormida pensando en esa situación incómoda que le conmovió de alguna manera. Jamás había tenido una simple charla parecida a esa, con alguien desconocido.
Las veces que desde niña, paseó sola por los jardines de la mansión, cuyos muros daban vuelta a una hectárea completa que miraba hacia tres calles importantes, pero muy lóbregas, bordeadas de altos y medianos árboles de follaje espeso, separados por 15 a 20 metros entre cada uno.
Las aceras de cemento fino y brillante, resbaladizos en las épocas lluviosas y blanquísimos de nieve en los inviernos, eran su distracción, mirándolos por las contorneadas rejas de los largos tramos de piedras de los muros, cabalmente de un metro y medio de altura del piso hasta la parte del inicio de las rejas de bronce. Y el muro alto de la parte trasera de la mansión, la cual era muy alta y no tenía rejas, siendo su altura de más de 2, 5 metros de puro piedra vista.
Así que Maeve nunca vio a nadie con quien conversar ni siquiera lo mínimo.
Algunas veces veía pasar transeúntes, unos muy rápidos o ensimismados en sus pensamientos y otros como deporte, haciendo caminatas, normalmente gente madura o casi ancianos.
En eso se esfumó su pensamiento y durmió sin despertar hasta el amanecer.
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Comments
José Luís DURÁN
Me complace leer estos capítulos en la ambientación urbana de esa mansión del personaje Deirdre Blewiitt.
2023-03-01
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