Maeve camina y cruza avenidas... llega a una plaza y después sigue y sigue.
Un Bus de línea, se detiene y sube como autómata. Sin un centavo, alguien le pagó el pase y el Bus recorrió por varias vías hasta llegar hacia esa plaza circular en la entrada del Parque Central de Nueva York.
Busca el predio del Banco. No recuerda mucho, solamente las dos torres se le vienen a la mente; pero, en la inmensa ciudad aquella, no tiene la mínima idea a qué lado estaría ese edificio, en relación con las torres que son idénticas desde donde se las mire.
Pero ya han quedado lejos.
Alguien se le aproxima:
— ¿Precisa ayuda?
— No... Sí...–Está con miedo, sin embargo, confía cuando repara que es un vendedor ambulante de algodón de azúcar — Busco un banco.
— ¿Qué banco? Hay sucursales bancarias en toda la ciudad, a muchas cuadras de aquí es el área financiera. Si gusta, la acompaño, yo vendo de esos lados.
— Me llamo Joe Shepard.
— Ah...— Ella avanzó en ese bus, llegando hasta esa plaza, y descendió de la misma manera que subió.
— Estamos en Columbus Circle. ¿Usted viene para acá?
Ella no contesta. Ahora siente que está perdida realmente.
No debió salir de esa iglesia. Estaría más segura allí. Pero hay cosas que no entiende.
El joven le ofrece un algodón, ella lo degusta y sonríe, pero sigue aérea.
Al cabo de vender bastante en una esquina, frente a la entrada a ese lugar muy bonito Joe le dice:
— Este es el mejor lugar del mundo para soñar, pasear, reunirse con amigos y descansar, ¿conoce? Es el Parque Central de Nueva York.
— Se ve muy... bonito –Maeve alcanza la palabra.
—Crucemos...–Atraviesan mientras el semáforo está en verde.
Qué simpático se ve a Joe Shepard, con su carro de algodones de azúcar coloridos, acompañando a una joven bella pero que parece autómata.
Al lado opuesto a mano derecha suben a una acera muy elegante.
— ¿Sabe qué se llama aquí? Es Manhattan, el punto más rico, más elegante y famoso del planeta. Mire señorita, esos abrigos de pieles, quedarían muy bellos en usted –.
La aprecia en silencio y casi choca a unos transeúntes, por haberse detenido en el perfil de Maeve que luce una nariz tipo griego. Ha quedado prendado de la muchacha silenciosa.
— ¿Tiene hambre?...ya es medio día. Venga, yo almuerzo aquí, es mi amigo Barry.
— Hola Joe Shepard, el gran chico de Manhattan.
— Hola Barry, dame dos super hamburguesas.
Maeve observa el lugar. Se ven personas de varias edades, casi todas de trabajo en oficinas. A poco, está listo el pedido.
— Sírvase señorita, aquí tiene un vaso de refresco. Seguramente está con tanta hambre como yo, caminamos mucho; sirvámonos— le invita Joe Shepard.
Maeve apenas sonríe, está hambrienta y le pone al diente; casi se atraganta.
Disimula un poco. Algo no está bien en ella.
Pese a lo sucedido, esos días antes, no daría para que esté así.
No cuenta nada ni dice su nombre. ¿Tendrá miedo de que la sigan? ¿Hará relación lo de aquella herencia con la cuestión de estar sola? ¿Por qué se salió del templo si allí la estaban atendiendo bien?
Ahora ¿qué irá a pasar con este jovencito? que de su menguado dinero está sacando para invitarle, si ella no llega a encontrar a su tía está perdida en la metrópoli de mayor bullicio, intereses económicos y millones de seres de toda la Tierra que viven, trabajan, pero también pasa de todo por allí.
Maeve no tiene un solo centavo y ni siquiera lleva cartera.
Billy pasa limpiando el mesón y observa rapidamente sus actitudes: está nerviosa, come sin cuidado, no lleva una ropa adecuada, es bella pero se la nota muy rara.
— De dónde traes a esta guapa.
— ¿Ah? Es mi amiga.
— No mientas Joe. Tienes el don de enamorarte a simple vista y con unas cuantas palabras de ellas crees que serán tus novias... ya he visto cuánto has llorado por amores platónicos.
— No, ella es diferente.
— Qué pasa Billy, qué cuenta ahora nuestro amigo Joe? – interroga Rinne, un colega de Billy, que les ha alcanzado las botellas de soda.
— Está con esa chica, ya comenzando a gastar en ella.
— ¡Joe, Joe! – Expresa Rinne – Ja, ja,ja– Pero déjalo, que disfrute. Tiene suerte, esta es bonita por lo menos. Está como para mí.
— Estás loco, ni sueñes hacerle eso a nuestro amigo. Lo que no voy a permitir es que gaste su dinero y se le vaya.
— Él sabe cuánto gasta y con quién. Joe es inteligente; de esa manera, vive como vive, por lo menos tiene un kitnet, cercano al centro; no como nosotros que vivimos tan lejos.
— Es cierto, pero la última que tuvo era una prostituta que hasta le robó cosas.
— Tendremos que estar atentos entonces. Esta no parece prostituta, creo que es trastornada; fijaos, como está vestida, parece una aspirante a monja. Ese tapa espalda de armiño ha de ser robado.
— Aquí les pago amigos. Me voy, la señorita está muy agitada... quiere irse, aunque no dice dónde.
— No me provoques Joe. Soy capaz de llevarla yo – insinúa Rinne.
— No sueñes amigo, alcanzo tu jugada, pero no voy tras eso...
— No seas, si te va bien, y es de onda, me dices, que te ayudo a mantenerla. Está muy nueva y se nota que es de poco o nada de guerra. Tiene cuerpo lindo. Sabes cómo me gustan a mí, así.
— Ve a atender las hamburguesas... Rinne. Chau Billy.
— Te espero mañana. Cuídate Joe — le responde Billy.
— Cuídala a ella Joe– se le apega al oído casi subiendo encima del balcón: —Esta te puede sacar de pobre–.
— Cállate, mente podrida.
— Ja
Joe va atras de Maeve llevando su carro de dulces dejada al resguardo junto a la puerta de la hamburguesería.
Maeve cruzó la acera, caminando rápido. Se asustó de pronto, mucho más que lo que estaba.
Vio las miradas de varios hombres adultos y más jóvenes y los cuchicheos de Rinne no la dejaron comer tranquila.
Toma la acera del frente, que lleva a un sector menos agitado, caminando hacia el fondo, sin orientación de ninguna clase.
Joe, apura el paso y sube el carro de los dulces, rapidamente para seguirla casi corriendo.
Billy salió a la acera y les mira preocupadamente. Ellos doblan en una esquina.
En la clínica, doña Diedre, está con los ojos pelados. No pudo dormir bien en la noche y toda la mañana estuvo inquieta y por momentos más exaltada.
— Por favor, llamen a mi mayordomo– Les pide a dos enfermeras que la atendieron en la mañana.
— Él ha salido nuevamente señora. Apenas amaneció estuvo ya por la calle.
— ¿Mi sobrina ya apareció?
— No señora, no hemos visto ni sabido de nada. Su mayordomo no habla con nadie, apenas cuando ve al doctor le comenta algo.
— No debieron ustedes dejar salir a mi sobrina.
— Señora, eso fue en otro turno. Ellas además ni supieron en qué momento su sobrina se desapareció.
— Pero no entiendo que pudo pasar.
— Sí señora. Si usted que es su tía no supo, imagine nosotras.
— ¿Pero mi mayordomo no llamó a la policía?
Las dos enfermeras continuan con su trabajo y no responde nada más a la tía de Maeve.
En Pittsburgh.
Suena el telefóno y alguien lo levanta:
— Hola buenas tardes.
— Marga.
— Buenas tardes, mister Hugh.
— Cómo va todo, en casa.
— Bien nomás señor. Sin ningún problema.
— Me alegro.
— Solamente han traído las cuentas de luz, agua, farmacia general, y tienda a pedido.
— ¿Tienes las boletas?
—Todo correcto señor Hugh.
— Bien, giraré el cheque a nombre tuyo pues nos quedaremos varios días más. Los saldos me entregas al volver.
— Está bien señor. Ah, vino un joven ofreciendo sus servicios para chofer y mecánico.
— Toma sus datos, aunque creo que es alguien que ya habló conmigo, pero igual que os deje sus documentos; si es posible, que ingrese el 5 de este mes para revisar de inmediato el Mercedes, y los tres carros arruinados que los vuelvan a poner en marcha, ya que los usaré todos.
— Está bien señor. Y cómo está la señorita Deirdre y la niña Maeve.
— Están muy bien. Doña Deir, anda un poco delicada la he llevado al médico, ya está mejor.
— Me alegro, me las saluda.
— Con todos mis cariños Marga.
Hugh cuelga el teléfono, está en el piso de abajo de la clínica.
— Ja, ja, ja. Sí, saludaré a la ex madame Deidre–. Dice en la cabina de vidrio.
Y sale sonriendo sarcástico y consciente de lo que piensa, siente y está haciendo.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 116 Episodes
Comments