Dinah ya arreglada, maquilló y vistió a Maeve; la llevaba de aquí para allá, jalándola del brazo o la cintura como si fuese una muñeca.
Luego la peinó, secando su cabello y pasándole la planchadora para alisar ciertas ondas y la marca de su eterna cola de caballo y le puso la minifalda y ayudó a calzar las botas negras, roció perfume y le pasó una cartera de acorde con el traje de color negro y una pañoleta colorida en su cuello.
— Ahora, ven Joe, pasa y mira a tu muñeca – le dijo, y él ingresó al cuarto.
— Be...lla, quedó.
— Pero, no te entusiasmes, que desde aquí en adelante ella es también nuestra muñeca.
¡Vamos, vamos rápido que ya está bajando Bongui!
— El auto está esperando – Gritó la preciosa rubia, al bajar casi a carrera por las escalinatas de fierro que sonaban con sus tacos.
— Ya estamos aguardándote – contestó Joe.
— Estás tan bella como yo – le dijo Bongui a Maeve.
— La dejé como indicaste – se llenó de orgullo la guapísima Dinah.
— Así vas a caminar, como yo –Le mostró Bongui dando varios pasos; moviéndose como una estrella de cine y salieron en un solo estruendo hacia la calle.
— Vas a alucinar Bongui, ¿conoces Broadway? – Interrogó Dinah – ¿Y yo estoy bien? Por vestir a esta niña, no se cómo me vestí yo.
— Estás muy bien –Elogió Joe a la escultural morena.
— ¡Y tu estás muy guapo, hombre!
El automóvil salió en dirección hacia el centro de la farándula nocturna y especialmente al área de los mejores teatros y locales de shows musicales de Broadway.
Entre tanto:
En una recámara de un hotel elegante, Tony Philips, abría sus maletines y acomodaba sus cosas.
Abrió una carpeta de cuero, y retiró de allí un sobre manila y en su interior varias fotografías.
Algunas en especial le quitaron los minutos para observarlas a fondo:
Maeve, fue fotografiada en su primera comunión, a eso de los 12 años, en su cumpleaños, a eso de los 15; en un acto religioso, quizá de su confirmación a eso de sus 16 años y una última, que por suerte para él, estaba casi como en primer plano y su rostro lucía tal como ahora de 17; y esa referencia principal le había dicho Hugh: que había una foto tal como estaba actualmente.
《—Mmm... aquí te tengo – aseguró a sí mismo》.
Fue hasta el ventanal y salió al balcón y de allí, desde el noveno piso, miró a Manhattan, allá la noche, la gran urbe y su vida nocturna:
Un amplio lugar en el que circulan mujeres bellas de todas partes del mundo.
《¿Dónde puede ir una mujer bonita, joven y escapada de las garras de una tía muy estricta, exigente y demasiado claustrofóbica, traumada con que, esa su sobrina se fugase un día; se largase a la vida, o escapase con un hombre que no le conviniese?》
Caviló y guardó las fotografías en la carpeta.
Mientras tomó baño y posteriormente se vistió, aseguró sus primeros cálculos mentales, para iniciar esa misma noche la búsqueda recordando, esto último, dicho por Hugh, así cabalmente, en esas palabras y más aún, indicando que la tía, la quería "hacer una beata" como lo era ella, "la vieja".
Esas fueron las principales referencias de Hugh.
Las fotografías demostraban exactamente esa condición de vida que habría llevado desde su infancia y su adolescencia, esa joven.
Todas las fotos eran en el mismo escenario:
Altares católicos, parroquias y templos; imágenes de los santos, entre señoras y más beatas, sacristanes, monaguillos, cruces, velos, procesiones e inclusive aquella, la más bella de todas las fotografías, con el rostro precioso, cubriendo su cabellera brillante, hincada ante el confesionario.
— Oh – Exclamó Tony, muy bajo, para sí mismo, como para que no lo escuchara Hugh, si estuviese por allí.
Expresivamente, impresionado por esa belleza femenina sin igual para él hasta ese momento y... claro, si la hubiese visto antes, habría confirmado su gusto por ella.
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Pensó y concluyó su pensamiento, ordenándose a sí mismo:
<<¡A trabajar yo!>>
《¿Y dónde comienzo a buscar... está visto que –también como dice Hugh–, los lugares de su común vivir, son templos y parroquias, pero eso será mañana, hoy, esta misma noche, me daré la primera vuelta por la vida nocturna de Nueva York, quizá desconectada como está, se esté dando unas vueltas muy peligrosas para ella》.
Tony se peinó y puso una chamarra de cuero negro, nuevísima y bajó al elegante hall, dejó su llave en administración.
En la avenida frente al Central Park, le esperaba un carro alquilado, cuyas llaves le entregaron en el momento y salió a poco, en dirección a su primera búsqueda.
Ante el espectacular centro de espectáculos, las iluminadas y coloridas aceras, repletas de letreros luminosos, nuestros amigos Dinah, Maeve y Joe, aguardaban fuera, próximo a la boletería que les pasen los tickets de ingreso a un show, en el cual actuaba Bongui.
— Bongui, autorizó a la boletería que nos pasen las entradas – dijo Joe, mientras compraba dulces. –No han abierto aún el ingreso.
En eso, cabalmente, un joven de la portería pasó los tickets a Dinah.
Dentro, el correteo de bailarines, ponía de nervios en punta, al personal del espectáculo, que era un preestreno del show: "A Chorus Line".
— ¡Veinte minutos y se abren las puertas. Todos en sus camerinos! – Ordenó un asistente de escena.
Bongui, era una bailarina profesional, estaba reemplazando a una de las bailarinas que ya hacían parte del elenco, la cual no podría bailar esa noche por motivos de salud.
Podéis imaginar el nerviosismo de Bongui; sin embargo, con todo el profesionalismo, debería salir como la titular para no fallar en nada, según los ensayos de esos últimos días.
Las puertas se abrieron y los invitados de Bongui, ingresaron y se acomodaron en los asientos marcados por el taquillero.
Tanta era la gente en la fila que esperaba encontrar aún ingresos, así como la multitud que pasaba por allí, que Tony Philips, decidió buscar un lugar para estacionar por allí y por suerte, pues acabó encontrando un espacio reservado para dejar el automovil, pagando un valor estimado en la zona.
Retiró de su billetera varias notas de diez dólares y pagó por adelantado el espacio, encargando el automóvil.
Atravesó la calle y caminó entre el gentío, buscando desde ya, el rostro de Maeve, entre tantas jóvenes de cabellos castaños que veía, en las filas y la acera atestada de público joven, amante del teatro de la metrópoli más famosa del orbe.
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