Doña Diedre se ha puesto de pie.
Su cuerpo se endura.
Está tiesa como una estatua. Pálida y fría. Se le congeló la mirada en la cortina.
Sí ahí está Mark O'Higgins, plantado en medio de la cortina que se mueve y le circunda su figura de joven fuerte y maravilloso, sublimado en la tibieza de la luz que ingresa por la ventana desde un cielo espléndidamente azul y blanco.
Los rascacielos de la zona, se aprecian entre los vidrios, allá lejos está Arizona...
Mark sube la colina que Dubbinia Blewitt le indicó, llega acezante al lomo de una inmensa roca que como una especie de cúpula casi perfecta si no bajara hacia el este, pareciendo marcar una línea... ¡Oh, es un filón que hay debajo y la evolución del metal dorado, le hizo tomar esa forma!
Mark O'Higgins, camina rapidamente por el filo curvado de la montaña, como para asentar sus pies, es decir, como hechos para él, y corre, bajando la cuesta de la loma como una corcova sobre la montaña baja y va hasta el final, más de cien metros...
La figura ha desaparecido y la cortina desciende y se apega a la pared y ventana. Los edificios de esa zona bancaria de Nueva York, fueron construidos en su mayoría con las inversiones en oro, provenientes de Arizona y Arkansas.
Maeve también se ha puesto de pie.
Mira a la ventana.
Ha visto un ligero trazo de luz que pareció pernoctar rapidamente como brillo solar en el tumbado de la sala ejecutiva.
La cortina inclusive le tocó una mano cuando ella puso el vaso con la mitad de agua en la esquina derecha del escritorio.
Era Mark O'Higgins que le acarició la mano.
Maeve mira a su tía.
Se lleva la misma mano derecha al corazón.
Está sentida ella misma por lo que ha escuchado.
Pero aún no piensa nada. Su comprensión estaba lejos. Escuchaba la historia atentamente y eso estaba muy lejano.
Su tía recién la mira.
Maeve viene hasta ella y la toma del brazo.
Su mano izquierda se asienta delicadamente en el hombro y la baja a la espalda de la señora con timidez y comprensión de un algo que ella no entiende.
Pero sí, recuerda de una pared de la mansión en un grupo de fotografías, una foto de un joven ante una montaña baja, atrás de él, que sonríe y en su mano una pala y un azadón, y más, una fuerte picota.
En una próxima foto, el mismo joven con una mujer también joven y más allá otra tercera foto de la pareja con un niño. Y al lado de ese niño un niño africano, y más atrás una pareja de africanos.
Por supuesto que doña Deirdre estaba viendo en su mente esas fotos. Juntas la dos estaban repasando lo que sabían de ellas.
Doña Deirdre, se aferró al brazo de Maeve.
Y se sentó lentamente, pero sus piernas temblaban.
Maeve quedó allí, guardando la nerviosidad de ambas.
Algunos minutos pasaron.
Allá atrás, en otra sala, la presidencial, se escuchaban voces.
El joven secretario apareció en el umbral y se detuvo allí.
Luego de un instante dijo:
— Miss Maevenia Blewitt.
— Sí...
— Por favor, pasa a la sala de la Presidencia.
Maeve, quedó más impávida y mira a su tía, que no levantó el rostro.
— Qué debo hacer tía Deirdre.
— Ve...
— Y usted tía Deirdre.
— Déjame aquí.
— Pero...
— Si me echan me recoges.
— Oh...
— Ve... ve...
Le palmeó la mano derecha a su sobrina.
La joven caminó hacia la sala presidencial.
— Miss Maevenia Blewitt, señor presidente.
Maeve se paró en el umbral unos segundos.
— Pase señorita.
Le dijo el presidente del Banco.
— Por favor siéntese.
Maevenia Blewitt tomó asiento.
— Miss Maevenia Blewitt, mucho gusto, es un honor conocerla y felicitarla por estar aquí.
— Gracias, señor presidente.
— Sí... como presidente de esta gran entidad bancaria, quiero decirle que usted tiene derecho y potestad por los fondos gananciales y reales de un patrimonio inmenso, que si prestó atención a la explicación de nuestro director general, tendrá por lo menos una idea de lo que eso representa para usted y también para la entidad a la que nos debemos.
— Sí señor presidente.
— Señorita Maevenia Blewitt, comprendemos lo que está pensando, o sintiendo, pero estamos para ayudarla.
Se le prestará la mayor atención y respeto en cada momento y acción que decida tomar, luego que le hagamos conocer el fondo económico que tenemos aquí, y que es suyo en toda su magnitud.
Se le asignará un abogado, un contador y una especie de oficina propia en la cual usted se sentirá cómoda para asistir según agenda marcada con nuestros acesores.
— Sí señor...
— Podrá usted solicitar o buscar su propio abogado y contador, para que acuda a las reuniones.
Esa oficina estará próxima a este piso Presidencial y de la Dirección de nuestra casa bancaria, dadas la condiciones que exige la entidad financiera que guarda ese patrimonio desde hacen muchos años.
Entenderá usted que es tan valioso el patrimonio, que no puede manejarse fuera en absoluto.
Usted misma, será acompañada a su casa o donde resida en los meses que estará obligadamente por las circunstancias, aquí en Nueva York.
Inclusive varios guardaespaldas le acompañarán y estarán próximos inclusive sin que usted los conozca y ni se de cuenta.
Los automóviles que la conducirán a cada instante de su día a día, son blindados y su casa será protegida en todo aspecto.
Una vez concertados los acuerdos y se firmen los documentos de la perentoriedad del acuerdo patrimonial y el recibo oficial de su fortuna, usted quedará libre de nuestras molestias.
Le rogamos su mayor comprensión"—.
Maeve, guarda completo silencio.
Su vida de pronto ha cambiado.
No puede creer que eso sea real. Es como un sueño. Jamás imaginó estar viviendo aquello.
Las imágenes de su existencia pasan como un rollo de película, retrocediendo y quitando lo existente en su memoria como meramente único.
Su sencillo padre que desapareció, su madre que falleció dejándola bien niña, nada más antes de su tía Deirdre y aquella antigua mansión donde vive desde los siete años.
Eso no es nada.
Y ahora, esto.
Esa cosa llamada fortuna...peor aún: una gran fortuna, un tesoro financiero, que involucra una historia no conocida por ella y oro... mucho oro... eso de un filón de oro y un señor llamado Mark O'Higgins.
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