Ah sí, Mark O'Higgins ha resucitado de otra dimensión.
Se aparece levemente atrás del Director y se esfuma instantáneamente.
El espectro es sutil, se mezcló con la cortina de seda liviana colgada en la ventana atrás del ejecutivo bancario.
Maeve consiguió verlo en un instante muy breve de milésimas de segundo, lo que equivale a decir, una rápida aparición como si fuera un haz de luz o algo indefinible.
Doña Deirdre había agachado la cabeza cuando se le derramó algo de agua mientras bebía ese sorbo.
Y el servicial que levantaba la charola sintió un escalofrío y miró la ventana, pero sería para él como que si la cortina topara la espalda del director impulsada por el viento.
Mark O'Higgins fue un joven irlandés rubio, de unos 1.73, metros de altura, vestía siempre ropa de trabajo duro, entre marinero o pescador, agricultor y herrero. Fuerte de brazos y piernas, perfil rectilíneo entre la frente y la nariz, guapo de semblanza tímida y talento para explorar y crear obras hidráulicas.
Trabajó muy incesantemente. Llegó a la América en 1873 con apenas 17 años y después de correr las calles del antiguo Manhattan se subió a una carreta que llevaba gente hacia el lejano oeste.
California, el estado más al Oeste que era el mejor lugar para hallar oro y allí llegó.
Armó molinos de viento, mientras estaba libre del trabajo forzado de cavar minas de un judío muy rico que se sabía, vivía en Filadelfia.
— Hola, le había dicho una joven también irlandesa, mientras giraba la rueda del molino para la familia de la muchacha trigueña que lo saludó.
— Hola.
— Soy Dubbinia Blewitt.
— O' Higgins, Mark.
— ¿Trabaja usted con don Fiódor?
— Yes.
—Ese señor, le está botando a mi padre de aquí. Hoy mismo. Debemos irnos, yo estoy indecisa.
—¿Indecisa? Y... ¿Por que todo eso?
— He visto una especie de tierra rara en la mina. Supongo que pueda haber oro por el interior que hay que cavar más profundamente, pero el hombre quiere cerrar la mina y pagarle a mi padre con la propiedad de la misma.
— Estoy aguardando mister... – solicita doña Deirdre.
Maeve, mira de nuevo hacia la ventana, la cortina se ha detenido. Ahora el escalofrío le viene a ella.
El alma de Mark, parece soplar...
— Entonces qué pasa. — Insistió Mark en saber.
— Pues que mi padre no quiere la mina... ¿Usted no la quiere?
— Si usted vio algo... capaz es que me anime; ¿puede mostrarme en que parte es lo que ha apreciado usted?
— Allí atrás de la hondonada de ese lado derecho, hay unas hendiduras y por ahí se puede entrar. Es muy frío el aire que emana de allí. He escuchado decir, que dónde hay frío hay oro.
— ¿Podemos ir a ver?
— Yo nooo... Mi padre me mata si voy con un hombre a ese fondo...
— Está bien...
—Pregúntele a su padre en cuánto el judío vende la mina y me avisa.
— Yes Madame, entonces sigamos con la historia.
El director del New York City Bank, se sienta y prosigue:
Los golpes producidos por un terremoto en Texas y California provocaron que, se desaparezcan muchos explotadores de oro que retornaron al Este y se sintieron ya afortunados y se dedicaron al comercio marítimo.
Este joven Mark, hizo algunos arreglos para quedarse con el área en que aparentemente eran infértiles las minas aquellas.
— Usted me tiene nerviosa señor director, ¿Qué tendría que ver esa larga historia con la cuenta de mi familia?
— Bien, entonces, señora Deirdre, en vista que le molesta la historia de ese señor, le resumo...
— Mejor señor director, disculpe usted, pero me apena que sea una historia tan larga.
— Este señor Mark O'Higgins, pues encontró ese enorme filón de oro allí y después desapareció del Oeste y se cree que volvió a Irlanda, pero nunca más retornaría.
— Ay, qué pena — Expresa doña Deirdre. Y a qué viene todo eso.
— Usted es incrédula señora Deirdre.
— No, no soy incrédula.
— Entonces, solamente le agrada burlarse.
— Señor Director, creo que usted está girando la conversación para hacerme perder más tiempo y ponerme nerviosa.
— Está bien madame. La verdad que intenté no ser brutal al decirle lo que debo.
— ¿Qué?
— Que... Usted señora Deirdre Blewitt, no figura entre los herederos de la riqueza de ese filón de oro, que es precisamente su... mejor dicho...su...
— ¿Cómo dice?
—La heredera de la cuenta es... la madre, aquí, de la... –respira hondo el director–... de su señorita sobrina Maevenia Blewitt.
—De la… ¡¿qué?!
Se le quedó atorada la pregunta a doña Deirdre, dando una rápida mirada a Maeve.
— Sí.
– Yo sé que mi cuenta es mi cuenta y figura a mi nombre y apellido directamente .
– Es cierto, pero su cuenta proviene de las ganancias de otras cuentas anteriores a la suya, cerradas por su más antiguos de usted, que por su vez, dichas cuentas eran producto del acúmulo de apenas un 0.000,05 por ciento del total de 9.5 por ciento acumulados en los 95 años de perentoriedad financiable y ejecutable por el monto de la inversión en oro puro a este banco a precio del año en curso.
—Y ese su tanto por ciento, aunque es considerable en el monto billonario, fue revisado según su solicitud y esta es la conclusión:
Le alcanza un fajo de documentos del volumen de una Biblia.
—Tenga usted aquí el estudio financiero ejecutado gracias a su pedido y que botó esas referencias no tocadas por el lapso de esos años pues su registro y apertura fue juramentado como patrimonio fundador y en la cláusula más importante reza que:
—"No se podrá tocar hasta cuando haya aparecido un descendiente directo de doña Dubbinia Blewitt y don Mark O'Higgins"—.
— Espere por favor señor Director.
— Madame, debo asistir a una reunión que atrasé por atenderla... a usted, pero al no gustar de la historia, debo omitir cualquier mayor información verbal mía, así que puede venir mañana, pero ya no le contaré la historia que quise contarle.
Entonces lea usted el informe y cualquier detalle le será respondido por los especialistas, nuestros asesores, para cada uno de los atajos que pudieran ustedes encontrar pues su cuenta privada se ha visto cerrada por motivos obvios que se deberán aún estudiar para soltarla de la cuestión patrimonial y pueda usted volver a operarla.
El Director sale de la sala y doña Deirdre queda impávida, mirando a la cortina que es la única que se mueve, en que el espectro álmico de quien fue Mark O'Higgins, está nuevamente allí.
Maeve también está impávida.
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