Las cortinas del Teatro Schubert de New York, se abren y al sonido de la primera música de la obra estrenada anteriormente en el Teatro Público de la ciudad, hace vibrar el tablado al zapateo de los flamantes bailarines, en número de veinte entre mujeres y hombres, y Dinah, y Joe, aplauden emocionados y Maeve les sigue, perdiendo ahí ese estado de frialdad llevada por el miedo.
Allí está Bongui, radiante, espléndida bailarina, que danza exactamente los pasos del grupo ya seleccionado para el elenco estable del show que rodará el planeta y dará por siempre el espíritu de Broadway, habiéndolo salvado de la decadencia, gracias a los creadores del mismo, que ante los costos para producir un musical, realizó un casting y al poco tiempo se creó la obra, representando para la posteridad el primer reality show de la historia.
Un gran aplauso. Con el público de pie, ovacionó al final, el gran espectáculo de casi dos horas de duración.
Los tres amigos de Bongui, se internan en el pasillo que lleva a los camerinos, entre los fotógrafos, periodistas, familiares y amigos de los artistas, para felicitarles.
Bongui, llora al verlos y recibir sus abrazos y besos, en especial de Joe, que la levanta de la cintura y le besa las mejillas varias veces.
— ¡Estuviste sensacional!– le grita Dinah entre el bullicio.
— ¡Vamos a celebrarlo!
Después en un centro de baile, entre el grupo de estrellas del espectaculo, bailan y beben cervezas y whisky.
Es el Regine's.
Allí, Maeve, realiza sus primeros pasos, bailando suelto la música de la época, al inicio de la disco.
Está bella, y se mueve como lo ve hacer a las mujeres, especialmente a Dinah, pues por momentos Bongui, departe con sus compañeros eventuales.
— Tú debes quedarte en ese elenco, bailas bellamente– le dice un joven simpático a la rubia y Joe, se pone en medio, demostrando el celo que tiene, lo que hace que Bongui, abra los ojos sorprendida y Dinah ría, mientras Bongui aprecia y capta el carácter y personalidad de esos amigos que le han surgido de la nada.
Alguien pasa y agarra la mano de Maeve... es un hombre... joven, guapo.
Ella se asusta.
Es la primera vez en su vida que le sucede esto.
El último hombre que le tomó de la mano con algún sentido, aparte del saludo, fue su padre a los siete años.
El tipo la mira, se aproxima a ella sin soltarle fijamente la vista. Ya está muy próximo a su rostro.
Maeve supone haberlo visto antes, pero no recuerda bien.
Entonces, le vuelve el trauma aún no percatado por ella ni por nadie.
Solamente ese silencio que se le viene ahora, pues deja de pronto de escuchar la estridente música y el bullicio de decenas de bailarines, público que entra, y sale, baila y bebe, sin parar y ese humo de cigarros y ese aroma de alcohol, se le va a la cabeza.
Corre y corre, golpeando a las personas que salen de los baños, sale por último hacia los fondos del club nocturno.
Hay una puertecilla al final de unas paredes oscuras... solamente vio la palabra EXIT en rojo y estuvo después en un callejón oscuro como la misma noche.
El hombre de chaqueta negra, sale también por allí.
Ella ya está a media cuadra en el pasillo aquel, y ve al hombre que corre viniendo tras ella.
— Hola señorita, disculpe, la hora, no pude antes, estuve, pues, buscándola y nada en encontrarla, pero ya, por suerte conseguí, aquí estoy ahora, para lo que precise usted.
— Qué pasó... dime Hugh, qué pasó, me han dejado sola todo el día y ahora que vienes, estás otra vez sin ella.
¿Qué sucedió con mi sobrina querida; no puedo soportar un día más aquí y tú te desapareces y no dices dónde vas ni de dónde vienes... qué me estás mintiendo; qué fue con mi sobrina, la robaron o qué, ya avísate al fin a la policía?
— Señorita...
—¿No puedo perderla entiendes? No puede ella haberse ido así, ella no es mala, es una chica tan buena. No...no...no...
No puedo perderla...
— Yo tampoco puedo señorita Diedre...sí no podemos perderla, no podemos por nada del mundo.
El hombre ha alcanzado a Maeve, la agarra por el brazo y ella aún le hace el quite, vuelve a correr, él intenta jalarla y solo alcanza la cartera que le dio Dinah. Se suelta el tirante y brincan las perlas blancas en el piso…
Maeve entonces consigue la última fuerza que puede y se lanza a media calle...
Muchos automóviles circulan el área, han de ser las dos de la madrugada, el carro negro se le viene de frente a ella, que da un tremendo grito apavorada y se agarra el rostro, el carro apenas la topa, ella cae desmayada.
La policía de tránsito llega prontamente.
Levantan rapidamente a la chica a una camilla que retiran de una ambulancia que por suerte estaba cerca.
— Apenas la topé, por Dios, ella venía corriendo... no estoy ebrio, ella salió de ese callejón.
— Deberá acompañarnos señor.
— Y usted también joven– le dicen al que la seguía.
– Yo, yo, no pensé que se asustara tanto.
— La joven está saliendo de un club nocturno, parece estar borracha, solamente alguien en ese estado puede correr así, o alguien está saliendo tras de ella.
— Ambos por favor deben con nosotros... ella no lleva documentos... deberán declarar ustedes dos el suceso.
— Señorita Diedre...escúcheme...
— No por favor déjame Hugh, eres un traicionero, me has abandonado en estos momentos tan difíciles...
Hugh se da cuenta que doña Dierdre ha caído en esa su jugada de siempre, el de hacerse la víctima y sufrida cuando quiere conseguir que le dejen con sus caprichos.
Pero, recuerda que si es verdad, la abandonó el día completo y parte de los dos días anteriores, debe conseguir que ella se olvide de eso.
— Escúcheme señora... señorita.
— Déjame Hugh, de una vez que me muera, aquí, olvidada, de mi fiel mayordomo, creí que eras el mejor mayordomo del mundo y resultaste el peor.
— ¿Escúcheme, debemos huir pronto, me entiende? Huir pronto...
— Qué pasó dime. que pasó...
— Algo grave señorita.
— No puedo ahora, levántese, vamos, si no salimos ahora...
— ¿Qué pasará?
— La policía, señorita Diedre...
— Qué pasa con la policía...
— Nos llevarán presos.
— Por qué...dime que pasa, por qué...
— Póngase esto, vámonos….
— Pero es, tán tarde. Creo que…
— ¡No crea nada! o quiere ir presa? Póngase esto, tápese bien el rostro... podrían reconocerla...
— Pero dime. Dime qué es...
— Su sobrina se huyo, se escapó y está extraviada, y parece que la han matado y achacan que fue usted...
— Mi santo señor...Por qué, yo…
— Porque usted la botó de aquí... pues la botó de verdad ¿o acaso no?... vamos, o se va directo a la cana.
Salen y la pobre doña Diedre de apenas, consigue cubrirse el rostro, sin que lo precise:.
— No por Dios...
Los pasillos del hospital no podrán decir nada. Ellos salen disimulando tranquilidad y como ya Hugh firmó la alta, sonrié sin que ella se de cuenta.
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