Amanece.
El sol ilumina la bella arboleda del Parque Central de Nueva York.
Anthony despierta y se sienta, está erotizado, como todo hombre al despertarse, pero, ahora mucho más; ha tenido sueños eróticos.
Su pieza interior blanca tiene unas muestras de ello.
Se levanta a los pocos minutos y va a la ventana.
Su cuerpo semidesnudo vestido con ese eslip blanco, justo a su talla, diseña su cuerpo perfecto de adonis.
Enloquece a las mujeres y él lo sabe.
Sin embargo, no es consentido.
Es un hombre de espléndidos 25 años, que sueña con ser antes que nada, excelente profesional de la investigación privada. Pero también, aquello de ser rico, y vivir bien, en una ciudad como aquella, no es sueño desechable.
El automóvil manejado la noche anterior ya era un sueño, pues es un carro del año, lujoso, ejecutivo; aunque podía encontrar otros mejores, pero, decidió por aquel para no llamar mucho la atención. Como es en alquiler, podrá después, cambiar por el que quisiere.
Abre las cortinas y deja pasar el viento puro de finales de primavera.
Deberá salir en una hora, pero, primero disfrutará de un buen baño.
Se desnuda y cae en el agua de la tina.
Esa chica lo ha dejado loco.
Su deseo se eleva nuevamente.
《Puff...no debo mezclar el deseo sexual con el pensamiento analítico de mi oficio. Más precisaré, de pensamiento que de sexo》
Aunque su edad más atienda de lo primero, deberá exorcizar sus impulsos eróticos pues su concentración es muy importante. Recuerda bien:
《Ganarás mucho dinero, te olvidarás de preocuparte en trabajar, tendrás todo lo que quisieres, inclusive más de lo que te imaginas.♧♤♡◇
Mientras se seca, ya se orienta y enfoca:
Perdió la presa de sus propias manos.
¿Tiene alguna pista nueva?
Recién en la anterior mañana, bien temprano, al encontrarse con Hugh, para tomar desayuno, él le anticipó lo siguiente:
《Llegamos hace dos días, la sobrina de mi patrona se huyó. Ella es muy mojigata, casi una novicia... Y se fugó. Debes encontrarla; ella, sino cae en la vida mundana en una sola noche, se meterá en algún templo.
No tiene más donde ir.
No hay parientes suyos aquí. Búscala y ganarás mucho, pero cuidado ¿eh? No quiero que la enamores.
Ah, no te olvides que, estábamos en esa clínica próxima al área financiera de Nueva York.
Esa piel, ese rostro, esos ojos, ese cuerpo; ella ya lo engañó, era la de las fotos, y sin embargo, al dejar el lugar, volver a su apartamento y revisar las fotos, se dio cuenta de que fue un tonto: se trataba de la misma persona; eso lo ha dejado loco.
Inclusive le motivó aquella fuerte erección, pero también algo como una ira interna:
No debe gustarle. Ella es el objetivo principal de su trabajo. Debe ser profesional: no relacionar su oficio con sus emociones y deseos íntimos:
《No permitiré que la enamores"》le repitió varias veces Hugh.
Esto es inusitado, deberá marcar el paso en una difícil contienda entre esas posibilidades; por ello, se prepara como un soldado. Ganar por encima de todo, a la adversidad.
《Saldré temprano y aprovecharé el día al máximo, pues la presa está en este mismo bosque de concreto y vidrio, y, muy próximo a mí... de eso no hay duda》Se ordena así mismo por última vez.
Baja al hall y desayuna frutas y café con un pedazo de pan. Luego sale a la calle.
Prefiere ir un poco a pie.
Sabe que por el área financiera hay muchos templos. Son varios, enormes e importantes.
Sería difícil hacer visitas a todos ellos.
《Deberé reunir las referencias que más se ajusten a los hechos》
Se detiene en una esquina. Desde allí visualiza la parte más crucial de Manhattan.
Casualmente, llegó a la esquina en que Maeve y Joe se encontraron, la plaza Columbus Circle y la Avenida 59, frente a la entrada al Central Park, aunque hasta aquí, él no lo sabe.
Está frente a ese sitio. Mira hacia la derecha, a ese lado queda la entrada principal al Parque Central y al fondo, a la izquierda, bien lejos, ve el Empire State en el centro y las Torres Gemelas, más hacia el oeste.
Recuerda nuevamente esas palabras de Hugh:
《Estábamos en el Hospital de Clínicas del sur de Manhatam. De allí escapó ella》
Abre su libro de mapas urbanos.
Efectivamente. Cerca de ese hospital hay dos templos muy famosos por su magnificencia.
Una muchacha de esa costumbre se sentiría muy admirada al ver lo mejor, y ese templo es el de San Patricio, para comenzar.
Allí irá.
Retorna media cuadra, yendo rápido entre la gente y toma su automóvil.
El templo de San Patricio es enorme. Pasa por la parroquia. Interroga mostrando una de las fotos, aquella del confesionario.
Nada en San Patricio, va a otro y otro más y así, toda la mañana:
《No... No la hemos visto... Nadie así ha venido aquí... ¿Está extraviada? ¿Qué le pasó a esa niña?... ¿Usted es policía?》
Ufff...más preguntas comprometedoras, que alguna pista.
《Dos últimos templos me quedan en esta área... será otra decepción si me dan alguna respuesta positiva
— Buenos días...
— Buen día os dé Dios.
— Busco alguien así...
— ¡Vaya! ¡Es ella!
— ¿La conoce?
— Sí claro...
— Qué alegría.
— Mira José Antonio – grita el capellán a un joven clérigo del templo aquel –, es la hija de doña Virginia, la que se casará pronto... usted es el novio? Ella se llama Rebeca, son nuestras antiguas feligresas.
— Uy... Esto es patético. Hasta una novia me quieren inventar...
— ¿Cómo dice? Señor, esa foto es de la feligresa Rebeca Smith, aquí... aquí será el casamiento de esa joven… Vuelva... ¡Loco!
—¡Uy! ¡¡¡Hasta de loco me hago insultar, por buscar a esta loca!!!
Anthony está agitado y molesto... ha dejado el carro a más de tres cuadras.
Camina y llega a una plaza arborizada, se sienta.
El sol de las 11:00 le viene de pleno al rostro.
Se ha cansado. Alguien pasa vendiendo algo.
— ¿Algodones de azúcar?
— Dame uno. ¿Cuánto?
— Un dólar.
— ¿Qué color?
— Cualquiera.
— Este rosado es rico.
— Gracias.
— De nada.
— Está muy bueno. Los haces tú...
— Sí... aquí mismo dentro del carrito viene una máquina... descanso un poco y hago un buen tanto, y sigo por la calle Broadway, hasta la 8.ª y la 59, frente al Central Park. Esta normalmente es mi ruta, aunque a veces vuelvo por la 7ma., o la 5ta avenida.
— Esto es un buen trabajo.
— Sí, comienzo a las ocho de la mañana, así haga sol, lluvia o nieve... aunque me desvele, siempre estoy aquí… Todo el día hay alguien que guste de algodones de azúcar, los niños especialmente. Vienen muchos niños a las iglesias, ¿sabe?
— Sí... he visto.
— Si no es a las catequesis, es por las primeras comuniones...
— Qué bonito.
— Hay mucha juventud.
— Sí, así veo. Dime: ¿Qué templo más hay por aquí?
— Mire, siguiendo recto, en una cuadra más abajo, está la Iglesia de San Pablo; y a este lado, por la transversal, vea, allí se ve, es la iglesia Católica Romana de San Pedro.
— Ok... muchas gracias y cómo te llamas.
— Joe.
— Okay Joe... mucho gusto.
— Igualmente... Y tu cómo te llamas amigo.
— Ah... Tony.
— Okay Tony, mucho gusto, adiós.
— Que te vaya bien Joe.
— Y a ti, amigo. Dios te bendiga.
— Igualmente.
Joe se aleja seguido por otros compradores.
Anthony mira el templo, le pasa el algodón casi intacto a un niño de la calle y atraviesa hacia la cuadra de la iglesia de San Pedro.
Camina por la acera, muy inquieto, su ansiedad va aumentando. Se detiene en el frontis de la Iglesia.
El destino caprichoso a veces, ha ocasionado que pierda a la pieza más cercana para lograr un buen inicio del juego al que ha ingresado.
Pero, ni modo. Allá va Joe, que gira le hace señal de adiós, a lo que responde rápidamente.
Ese templo es el primero y acabará siendo la última posibilidad de su búsqueda en aquella área.
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