Maeve caminó sus primeros pasos tímidos, temerosos, casi temblando, por un pasillo que le pareció sin fin.
Cuadros, armas, muebles tan bellos como tan antiguos. Bronce, plata y oro, por todos lados.
El mayordomo Hugh le fue a mostrar todos los ambientes, moviendo solamente la mano, e indicando que eran para la tía, apuntando hacia atrás, pues más allá venía ella: doña Deirdre Blewitt, la solterona más rica de la ciudad.
Maeve, antevió su vida allí.
De pronto deseó ser mayor y lo imaginó, vestida con trajes oscuros, mayormente negros, y plomos encendidos, se supuso, pues vio algunas mantillas plomas oscuras colgadas en los percheros cercanos a la biblioteca de su tía.
Pero, la mayor parte de lo que veía era negro. Muebles todos negros, cortinas beiges y fondos de cortinas blancas, pero, por aquí y por allí surgía el duelo, el luto.
Bajo de los cuadros de hombres antiguos, algunos más ancianos, otros más jóvenes, unos cuántos adolescentes y pocos niños, un niño muy bonito, una joven bella. ¿Era su madre? Sí era ella, se aproximó y contemplando intuyó que era su madre, sí, sí, qué linda pero qué extraño todo, varias fotografías en escalera o en forma de semi círculos y su madre en el centro, con varias ropas y peinados, de varias edades, una idéntica a ella, pero con un peinado sofisticado de rulos y tirabuzones.
El mayordomo le movió la cabeza afirmativamente varias veces, diciéndole: sí es ella. ¿Y está de aquí? Sí es ella... y así... una pared completa con fotos de su madre ¿Pero por qué ella nunca hubo visto una foto de su madre en su casa? Qué extraño. ¿Sabía que esa tía era muy rica, ¿pero su madre, murió en la pobreza? ¿Cómo podía ser eso? Ella no lo recuerda, estaba recién viendo la luz de la Tierra cuando nació.
Eso fue lejos de esa ciudad. ¿Por qué?
La pequeña Maeve, así pasaría su infancia y transcurrió de verdad sin darse cuenta, a la adolescencia, entre jardines que regar, aves para enjaular, libros que leer, ver como se ponía la mesa, los cubiertos, las servilletas de seda y organdís, las tazas para el té de su tía y sus muchas visitas, de señoras antiguas y tan beatas o más que ella.
Les ayudaba a pasar, a sentarse, a cubrirse las rodillas con aquellas mantillas de colores oscuros y a cubrir sus pies en el otoño e invierno con pantuflas o chancletas de terciopelo rojo guindo, lo único guinda que se ponía, luego servía limonada en el verano y cortaba las tortas y queques, en primavera, bajo las parras de uva y flores y enredaderas; a batir el omelete de mañanas y a vaciar galletas de Kentucky, en botes de finos vidrios, a rociar las gardenias y rosas minúsculas en los balcones... A ayudar a la peinadora a levantar el moño de su tía y bueno, lo primero que ella le pidió: ver todo lo que era religioso.
Así la bella Maeve se hizo señorita pronto.
Maeve, se acabó de vestir su modelo de siempre: un vestido sencillo, que llevaba unos dobladillos en la parte de los senos, lo que le armaba una cintura perfecta, unas caderas bien hechas que cubría el vestido hasta un dedo más abajo del tope de las rodillas.
Su figura era perfectamente bella. Sus piernas y pantorrillas se exaltaban ante la altura del tacón mediano de zapatos serios para chicas jóvenes como ella, como lo había muchas en esos tiempos: jovencitas beatas, acompañantes de tías y abuelas ricas.
— Ya, ya, ya, vamos Maeve, qué tanto espejo, te los voy a hacer quitar de tu recámara... Sabes que no me gusta, que pases minutos ante el espejo... eso es, es, uyyy, del… Diablo… No... no... no, no me hagas más, eso...
me haces hablar esas palabras...
—¡Tía, tía, no se desmaye... le prometo... haga que don Hugh, arroje el espejo al fuego!
— No, no, no me desmayo, pero no me hagas eso de enojarme y hablar cosas malas... Vamos, vamos, vamos, que ya nos falta unos treinta minutos para comenzar el rosario de la semana de Santa Efigenia.
Y así, recién bajaban del segundo piso para ir nuevamente y cada día al mismo lugar, siempre o casi siempre también al mismo templo, en pleno hermoso centro de la ciudad de Pittsburgh.
Abajo estaba Vicente, el chofer, un hombre de edad avanzada, que les abría la portezuela del carro, siempre con la misma parquedad y gentil cordura. Cerraba con ayuda de Hugh y tomaba el volante y salían de la mansión exactamente a la misma hora.
Por el camino, mejor decir por las calles que iban normalmente, doblando en algunas esquinas y luego saliendo a las avenidas principales que conectan ese barrio elegante con el centro de la ciudad, siempre era igual por lo que para Maeve era como un único camino, un campo árido, sin vida, sin alma, sin atención que llamase a la atención; luces, sombras, figuras, colores en letreros que para ella no decían nada ni vendían nada tampoco, así, avanzaban los días, oraciones y lecturas hasta dentro del carísimo Mercedes Benz del año 1958, y así, llegaban, asistían a lo que iban y retornaban de idéntica manera, el portón lo abría el jardinero antiguo y la jardinera su mujer, y así entraban y Hugh ya les tenía el té listo, los panes, queques y las mismas galletas… Uh decía para sus adentros la bella Maeve.
A veces el té un poco pasado de su sabor, pues su tía compraba en cantidad para tantos tés desde los lunes a los sábados con las torcuatas, apodo que les había puesto, a esas sus amigas que siempre preguntaban o hablaban lo mismo a la chica: —Ya tu sobrina, está jovencita... debéis tener más cuidado con esta señorita, querida Deirdre.
– Sí, ya la veo más voluptuosa... debéis darle a sus vestidos, unos centímetros de la cintura y las caderas, pues ya le queda ajustado ese vestido...
— Ese vestido... dijo esa arpía, esto es un uniforme de joven beata, de pobre muchacha del olvido... — Uiii — Tenía ganas Maeve de gritar y golpear puertas y ventanas, pero la mansión era demasiado grande y nunca acabaría de golpear y sus ganas, eran de, deshacerlo por completo... un verdadero castillo, un verdadero palacio encantado, en el que solamente buitres y urracas entraban y salían peores, cada vez.
Y esa vez sí, se animó en un instante único e irrepetible pues le observarían: tomó del borde de la hoja de una ventana del balcón principal y la aventó y el vidrio de la parte de arriba quebró.
— ¡¡¿Qué fue eso!!! — Gritaron. Tres viejas señoras desde el salón de arriba... Y Rugh vino corriendo: — ¿Qué pasó aquí? —
— Nada, solo el vien...to... el viento.
— Qué viento... exclamó el mayordomo — mirando para todos lados y a Maeve que le dio la espalda y se alejó de allí, esbozando una sonrisa muy privada y discreta y salió hacia su aposento.
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