Ahora Maeve está frente al formidable edificio-rascacielos de uno de los bancos más famosos y ricos del mundo.
¿Quién era ella al fin?
¿No lo presentía aún? Peor iba a saberlo, ¿quizá hoy? Quizá nunca. O tal vez después de un tiempo más.
Mientras tanto, la ingenua Maeve, recién salida de la rutina: mansión y sacristía, y de la escuela privada a la cual fue mantenida casi solitaria, se apresta a salir del automóvil, pues Hugh nunca se digna abrir la puerta, así que ella con los ojos deslumbrados por la belleza de la metrópoli de los rascacielos, la más moderna del mundo, se levanta del asiento de forma natural pero su estilo es como de una estrella del cine que está causando sensación en el planeta.
Al ponerse de pie, mirando hacia el tope de predio, ha recibido como una gracia del cielo, una chispa luminosa invisible para el resto, que de pronto la ha tornado en esa su triste realidad, más que una estrella, una bellísima reina, y de pronto como llevado por un latigazo, salta no camina, el flamante mayordomo de su tía, alcanza a abrir la portezuela como para que ella nunca lo olvide... Qué extraño, jamás lo hubo hecho, ni cuando ella era una niña, al llegar a vivir con ellos, totalmente abandonada del mundo, allá afuera.
Maeve ni siquiera se ha percatado, del acto de Hugh, sonriente ahora, de pronto al abrir la puerta y franquear el paso para que ella mire el alto edificio al que irán a subir.
Así con ese traje oscuro, pero con un cubre espalda de armiño que su tía le alcanzó desde adelante, diciéndole que se lo ponga "pues en Nueva York es húmedo", se veía flamante, su cuerpo perfecto, las pantorrillas de una verdadera diva; caminó por la vereda y entró a la sala de recepción del banco, sin notar tampoco, la mirada de Hugh a doña Deirdre, y el guiño rápido de esta al mayordomo, que parecía un verdadero paje, más aún cuando llegaron a la puerta de cristal y les atendieron dos elegantes funcionarios de la entidad bancaria.
— Please my lady, come by (Por favor, señorita, pase). –Le dijo a Maeve uno de los funcionarios y ella reaccionó algo aturdida, en cuanto su tía disimuló cualquier molestia: el hall magnífico y la escalinata brillante por la cual llegaron a un elevador y les hicieron pasar y subir al piso 12, pareció estar acomodado para su llegada, con ramos de flores y dulces en una mesita para servirse a gusto.
Les hicieron esperar unos dos minutos.
La tía y el mayordomo, estiraban las bocas cuando vino un joven e hizo firmar un libro de presencia y visita al despacho de la Dirección Financiera del City Bank of New York, primero a ella y después a la tía.
El mayordomo creyó que también él firmaría, pero el secretario de recepción fue amable al decirle que por favor, él podía tomar asiento allí, en la antesala, y aguardar la reunión solicitada.
Al entrar, Maeve, adelante de la tía como solicitó el secretario, sintió que sus pies se hundían en la alfombra dorada y caminó por el despacho de forma que no se notara el nervioso momento que estaba pasando. No comprendía por qué ella era atendida como si fuera la protagonista de la visita.
Supuso que su tía, era la esperada y las atenciones mostraban una confusión o algo que era difícil entender y no hubo tiempo de preguntarle a su tía y como ella, era demasiado dura para preguntar y la tía más aún para dialogar con ella, quedó, completamente fuera de onda.
— Please lady – recién después: —Madam please, here – Solicitó el secretario, indicándole un sillón elegante y para la señora otro asiento, al lado izquierdo; unos varios centímetros más atrás de la línea de frente del gran escritorio del Director, que miró a la señora la cual estaba también perpleja ante esas supuestas equivocaciones de atención y le dijo:
— ¿Madame Deirdre Blewitt?
— Yes.
— ¿Lady Maeve Blewitt?
— Yes – respondió tímidamente la joven.
— Okay, please, set down.
Ellas se sentaron.
Maeve no podía ni mirar a su tía. La vio unos segundos de reojo, colorada y mucho más seria que normalmente.
— Soy Barry O'Sullivan el Director general Central New York City Bank, y atendiendo a vuestra solicitud marqué para hoy esta visita a la que daré un tiempo especial, puesto que son varios tópicos los que debemos tratar.
— Perdón señor Director, pero yo no solicité una reunión – anticipó doña Deirdre.
— Sí madame, cabalmente, usted no solicitó una reunión.
— Entonces, acláreme el motivo estimado señor Director.
— Sí madame, el asunto principal es referente a la solicitud suya, de revisar los intereses que usted como antigua socia de nuestro banco tiene y que se han incrementado a lo largo del tiempo de forma considerable.
Doña Deirdre se lleva la mano, inflando el pecho con suma alegría.
— Cómo, cuánto aproximadamente si puede decirme.
— Es alto muy alto el monto, madame. Son casi noventa años de función de esta entidad bancaria y su capital fue casi intocable, de tal modo que, puede usted imaginarse.
— Oh…—Suponía que... Pero no así tanto. Pensé que en los años de recesión, de la época...
— Sí, madam, lo bueno fue que esas etapas, nuestra entidad estaba protegida por los valores en oro puro y la reserva era cuantiosa, de tal modo que no se sintieron las altas y bajas de la economía internacional ni siquiera en la segunda guerra mundial, bien... eso es muy largo de explicar.
— ¿Podré ver entonces, luego que sea posible, los montos?
— Será muy difícil aún madame.
— Dígame... por qué.
— Usted no imagina.
— Qué señor.
— Que las normas de la entidad en esos aspectos, son demasiado fuertes, celosas y potentemente controladas.
— No entiendo... nuevamente.
— Esas condiciones no son aptas para que usted como...
El piso bajo los pies de doña Deirdre parece haberse desplomado.
— Yo soy la titular de la cuenta principal... ¿Acaso no?
— Sí señora... Pero eso tuvo una calidad.
— Qué calidad.
— Usted, figura como titular sí, pero de la cuenta como socia adjunta de la cuenta patrimonial.
— Esto se está poniendo más difícil de aceptar y entender señor director.
— Lo creo señora, es realmente difícil.
— ¿Usted me habla de la cuenta común?
— No hay cuenta común. Esa cuenta es de un socio único, madame.
— Pero no es mi cuenta principal, vuelvo a preguntar.
— No madam, le explico, pero deberá entender que es algo muy serio.
Doña Deirdre queda estupefacta. Mira rapidamente a su sobrina, la ve, que ella mira fijamente al director, pero como si mirara nada.
Maeve no mueve más que los parpados al abrirlos y cerrarlos por necesidad.
Doña Deirdre ve que no puede sacarla de allí, mostraría sus nervios que están a flor de piel.
— Dígame entonces...
— Este banco se inicio en tiempos del oro... de cuando los irlandeses recorrieron desde Nueva York hasta Arizona tras la fiebre del oro.
— Sí, pero que tiene que ver la historia de la fiebre del oro... yo sé que mis ancestrales irlandeses estuvieron en Arizona y mis padres recibieron una herencia y así abrieron sus cuentas en varios bancos, no solamente en este.
— Sus familiares estuvieron entre los fundadores del banco, y eso es la historia que creo que usted no conoce…
— Por favor... usted me está asustando.
— Sirvan agua a la madame y a la señorita... Mire, madame Deirdre...
Doña Deirdre recibe el vaso de agua de una charola que trae el secretario.
—Se llamaba Mark O'Higgins. Era un joven muy aventurero, encontró una veta de oro formidable en Arizona... depositó el total de su hallazgo como uno de los primeros accionistas de la entidad financiera que dio origen a este poderoso banco.
— ¿Y quién es este señor, O'Higgins... es, o mejor decir, fue mi familiar?
— Sí, señora.
— ¡Ayy! – exclamó doña Deirdre.
— Maeve miró a su tía y se quiso levantar para ayudarla pues pareció quererse desmayar, pero ella le detuvo levantando la mano para que se tranquilicen tanto ella como el director y el secretario.
— Madame, le dije que esta reunión será larga. Si gusta, puedo detener la reunión un rato.
— No... ya estoy bien, ya estoy bien señor... puede continuar señor Director.
Doña Deirdre está inmovil.
Como que su piso se haya levantado de nuevo y se acomoda a sus ambiciones que la llenan de nueva vitalidad.
Pero es ahora que el director parece estar pasando mal y toma de la charola un vaso y bebe a la par de Maeve y de nuevo con doña Deirdre que toma otro sorbo de agua y se persigna discretamente.
El director eleva las manos e indica que hará una pausa, pues ha quedado de pie y debe sentarse nuevamente relajado ante lo que tiene pendiente para decir.
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Comments
José Luís DURÁN
Oh!
2023-07-19
1