Cuando salió Maeve de la sala del Presidente del banco de Nueva York, el mundo había cambiado.
La vida no sería igual jamás.
Por lo menos para ella.
Peor aún sería entonces para doña Deirdre.
Maeve la encontró junto a la ventana.
El viento le golpeaba el rostro. La ventana estaba abierta y la cortina volaba y le rozaba el rostro y se elevaba por encima de su figura.
Maeve se asustó. Parecía que la señora se estaba apegando peligrosamente al borde de la ventana.
El secretario que venía atrás de ella vio a la señora y corrió.
— ¡Madame! ¿Está usted bien? — le quiso tomar del brazo y luego de los hombros, titubeante, pero la señora se desplomó y el joven la sostuvo en sus brazos.
— Se ha desmayado. Traigan alcohol— les pidió a otros empleados que acudieron.
— Llévenla al centro médico de la institución, pronto.
Más tarde, doña Deirdre estaba atendida por un médico, ella descansaba y el mayordomo Hugh, estaba allí y Maeve hablaba con otro médico.
— Tendrá que permanecer por lo menos hasta mañana aquí. Sufrió una fuerte baja de presión y caída del azúcar en la sangre, de tal modo que estará así, decaída por varias horas. ¿Quién podrá quedarse a acompañarla?
— Yo puedo y debo quedarme – Le ganó a decir el mayordomo – Fui contratado por ella para cuidarla.
— Pero debe ser un familiar– ordenó el médico.
— Sí, soy yo, su sobrina.
— Usted no sabe señorita... los medicamentos... que toma mi patrona.
— Está bien. Pero...
— Sí tiene usted razón, lo precisaremos.
— Sí, puede irse usted a su casa...– le espetó Hugh a Maeve en un tono que ella alcanzó a reconocer, pese a decirlo disimuladamente cordial y educado.
Lo había escuchado desde el momento en que llegó a vivir a la casa de su tía.
¿Pero estaba actuando correctamente?
"A su casa", le hubo dicho.
— Pero usted... — Maeve, se calló. No quiso decirle: usted sabe que el último lugar donde nos alojamos fue hoy en aquel hotel en la carretera.
Miró fijamente a Hugh, y este por toda respuesta le hizo movimiento frio, calculado y afirmativo con la cabeza. ¡Quería decirle que se vaya!
Los médicos y enfermeras salieron y entonces le pregunta:
— ¿Usted dice que yo me vaya "a mi casa"?
— Sí, no a Pittsburgh.
— ¿Dónde iré entonces? Si no tengo las llaves.
— Cabalmente; usted sabe que mi patrona las tiene en su pecho, atado en su cadena. No puedo tocar allí y usted tampoco, pues ella nunca acepta eso.
Maeve capta ya lo que este hombre pretende.
— No puedo dejar a mi tía a sus cuidados.
— Señorita Maeve, ya dije que soy quien debe atenderla según las reglas de ella. Si usted insiste, deberé decirle al médico que no me hago cargo de nada aquí y usted deberá firmar un documento.
— Está bien –. Se pone en pie y camina hacia su tía, el mayordomo se le antepone y en eso entra una enfermera y Maeve disimula.
Ambos quedan parados. El mayordomo le ha trancado el paso.
— Señorita, firmé usted aquí...
— ¿Para qué es esto?
— Usted como familiar permite que el señor quede cuidando a su tía como él solicita debido a su cargo de cuidante de ella.
— ¿Es legal? —Interroga Maeve.
— Sí claro. No hay problema.
— Firme, es por el bien de su tía – le pide Hugh, finalmente.
Entonces Maeve firma. Pero su mano tiembla y acaba haciendo unos movimientos diferentes en su rúbrica.
— Está bien señorita, no se preocupe por su tía. Usted puede ir "a la casa". Yo le haré saber cómo estará ella mañana.
Maeve ha quedado, completamente noqueada. Un estado de vacío total le embarga.
Qué es lo que está pasando.
Ella nunca salió de esa mansión de su tía.
Si aprendió a firmar lo hizo sencillamente. Practicó su firma en sus tiempos de soledad.
En la parroquia jamás le pidieron firmar nada. Cualquier compra, pedido, entrega de algo, siempre lo hizo el mayordomo.
Ahora este hombre extraño, la largaba al mundo sin más ni más.
Su maletín estaba en el automóvil dejado en el estacionamiento del banco.
Allí encontraría su cartera.
Entonces, corre por el pasillo y baja unas gradas, son dos pisos, sale al fin al parqueo pero se da cuenta de que no es ahí... ya está en otro edificio, aquí es el centro médico, solamente hay ambulancias y algunos carros privados.
El banco no es ahí, no está cerca siquiera, o sí?... Maeve está descontrolada... allí cerca no está el auto de doña Deirdre.
Recuerda en ese momento que bajaron a su tía en una camilla, y fueron directo a la ambulancia que les esperó en el garage general bajo el predio del Banco.
Luego la ambulancia había recorrido por varias calles y avenidas de Nueva York.
Maeve, que no conocía esa ciudad, y sin mirar casi nada por las dos únicas ventanillas de la ambulancia, no sabría jamás para dónde estaban o hacia qué lado iban en ese momento.
Casi aterrada por lo que estaba pasando, Maeve volvió sobre los pasos avanzados, sube al piso en que están atendiendo a su tía, ya casi descontrolada por no encontrar esa enfermería, pero se alivia al toparse con la espalda de Hugh, quien al toque sobre su hombro, giró y con mirada más que severa, se atreve de nuevo a despedirla así:
— Váyase señorita Maeve. Haga su vida. Búsqueselas usted. Esta unión con su tía, acabó aquí. Olvídese de ella. Ella no quiere verla nunca más.
"Está usted loco" — quiso decirle, pero se lo imaginó volviendo y propinándole un manotazo. Como una vez le levantó la mano para darle en el rostro, por haber hecho caer los pétalos de una rosa del amplio jardín de la casona.
Entonces, fría de pies a cabeza, volteó lentamente y caminó paso a paso hacia dónde sea... Dejó atrás a su tía y al mayordomo aquel, y fue hasta el borde de la salida a la acera, en la cual, la avenida se abrió a sus ojos en pleno centro de la metrópoli de Nueva York.
— Por dónde queda el New York City Bank...— Preguntó varias veces y le indicaban pero ella igual no entendía nada de esas señas.
Las voces para ella no le decían nada en ningún idioma que hablaran esas personas de una metrópoli como Nueva York.
Sin nada en las manos, completamente desorientada, caminó y caminó, fingiendo conocer para evitar que algún mal intencionado quisiera hacerle algo.
Allí en la calle Barcklay ST. como leyó en un letrero, distinguió algo que conocía de alguna vez que había visto en cualquier lugar: la torre de un templo católico muy famoso.
Allí fue apresurando sus pasos.
Ingresó.
El aroma del templo le era conocido. Agradable como un abrazo.
Se hincó y rezó.
Estaba extraviada. Perdida. Abandonada.
Ahí se quedó varios minutos. No sabe si lagrimeó, llorar no podía, sería tonto y peligroso.
Debería mantener la calma. Cuidarse. Estar atenta, mirar aquí y allí y desconfiar de cualquier persona que se le aproximara.
Era como volver a su infancia y hacer lo que su madre antes de fallecer le hubo aconsejado y su padre al llevarla a esa ciudad supuestamente donde vivía una tía...
¿Qué tía era esa?
Pasaron varios minutos, muchos minutos.
Casi espantada, por momentos se levantaba e iba mirando a los santos y santas, luego volvía y se sentaba en otro lugar.
Los feligreses eran pocos a esa hora.
No se darían cuenta de su estado ni se harían problemas, mejor decir, ella no quería dar problemas a nadie.
¡Caramba! Estar así, con todo ese bodrio de cosas en la cabeza, ¿qué podría contar?
— Sí –Estoy perdida, abandonada, despreciada, burlada —se repetía a cada rato, después de un Ave María y un padre nuestro e imploraciones que iban y venían — Sí– estaba. Pero no podría decirlo.
No podría por Dios que es tan grande, ir a la Policía, nadie le creería nada. Era una joven bonita, estaba bien vestida y sola.
¿Qué historia iba a contar?
Mira casi aterrada el entorno de esa selva de piedra y vidrio. Es un mundo inhóspito y completamente difícil de entenderlo, en ese estado psicológico que se encuentra
...***...
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 116 Episodes
Comments