Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 10: Mi esposo duerme encadenado.
Descubrí que ser reina de un reino que oficialmente no existía era en verdad mucho más complicado de lo que parecía.
—No soy reina —insistí.
La mujer frente a mí, sin embargo, continuó haciendo una profunda reverencia.
—Por supuesto, mi reina.
—Alamea está bien.
—Como ordene, mi reina.
Dejé escapar un largo suspiro. Habían transcurrido tres días desde nuestra llegada a Draeven y absolutamente nadie parecía interesado en colaborar conmigo: los sirvientes me llamaban reina, los soldados inclinaban la cabeza a mi paso, los comerciantes que llegaban a la fortaleza hacían reverencias e incluso los niños se sumaban al gesto.
Killian, naturalmente, encontraba toda la situación bastante entretenida.
—Podrías simplemente aceptarlo —comentó aquella mañana durante el desayuno.
—Usted podría explicarles que no soy reina.
—Podría.
Esperé una respuesta razonable, pero Killian se limitó a beber tranquilamente de su taza.
—¿Y? —lo presioné.
—No quiero.
Le lancé una mirada asesina, a la que él respondió apenas levantando la comisura de la boca.
Draeven también estaba comenzando a cambiar mi percepción sobre mi esposo. En Veridian, Killian era una sombra incómoda: los nobles evitaban acercarse a él y las conversaciones se apagaban en cuanto entraba en una habitación. Aquí, en cambio, ocurría todo lo contrario. Los soldados buscaban su opinión y los habitantes se acercaban para pedirle consejo en problemas que iban desde disputas comerciales hasta cosechas perdidas por las heladas.
Y Killian escuchaba. No siempre era amable y definitivamente no era paciente, pero escuchaba. Resultaba cada vez más difícil reconciliar a aquel hombre con el monstruo descrito por el Imperio; quizá esa era precisamente la razón por la que Cassiel y el emperador le temían tanto.
Aquella noche me despertó un ruido repentino. Abrí los ojos en la penumbra de la habitación sin saber muy bien qué me había sacudido, hasta que volvió a escucharse: un golpe profundo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.
Me incorporé en la cama y noté que Morvath no estaba, algo muy extraño, ya que desde nuestra llegada el enorme lobo había adquirido la irritante costumbre de dormir pegado a mi puerta. Me puse una bata a toda prisa y salí a un corredor completamente vacío.
—¿Morvath?
Nadie respondió.
Avancé en silencio por el pasillo hasta encontrar al primer guardia cerca de las escaleras.
—¿Qué ocurre?
El hombre palideció al verme y dio un paso al frente.
—Debería regresar a su habitación.
—Eso no responde mi pregunta.
En ese instante, otro golpe profundo recorrió toda la estructura de la fortaleza, acompañado esta vez por algo más perturbador: un rugido desgarrador. El guardia llevó de inmediato una mano hacia el pomo de su espada.
—Mi reina, por favor...
—¿Dónde está Killian?
El silencio del soldado fue absoluto.
—¿Dónde está mi esposo? —insistí.
—En las cámaras inferiores.
Recordé entonces Veridian: las marcas oscuras, los ojos negros y aquel gruñido amenazante bajo la superficie.
—¿Morvath está con él?
El hombre guardó silencio de nuevo, y esa sola evasiva me bastó. Me dirigí con paso firme hacia las escaleras.
—¡Mi reina! —el guardia comenzó a seguirme—. No puede bajar.
—Observe cómo lo hago.
—El Rey dio órdenes expresas —advirtió con desesperación.
Me detuve en seco y me giré.
—¿Qué órdenes?
El soldado parecía preferir enfrentarse a un ejército entero antes que darme una respuesta, pero terminó cediendo:
—Ordenó que durante la luna nueva nadie, bajo ninguna circunstancia, se acerque a las cámaras inferiores.
Eché una mirada rápida hacia la ventana más cercana y contemplé el firmamento: el cielo estaba completamente negro, sin el menor rastro de luz. No había luna.
Un nuevo rugido, mucho más violento que el anterior, hizo temblar las paredes. Sin hacer más preguntas, comencé a descender.
Las escaleras de caracol parecían no terminar nunca y, cuanto más bajaba, más gélido y pesado se volvía el aire. Las paredes de piedra pulida dieron paso a la roca viva de la montaña, iluminada apenas por antorchas distantes. Aunque varios soldados custodiaban cada nivel e intentaron cortarme el paso, ninguno consiguió convencerme de volver.
Finalmente, llegué al fondo y me topé con una enorme puerta de hierro reforzado. Ronan guardaba la entrada y me cortó el paso antes de que pudiera articular palabra.
—No.
—Quiero verlo —exigí.
—No.
—Es mi esposo.
—Precisamente por eso.
Un impacto violento estremeció la pesada puerta de hierro y, justo después, escuché el sonido metálico de unas cadenas arrastrándose con furia al otro lado.
Miré a Ronan, buscando respuestas en su rostro.
—¿Está encadenado?
Su expresión de dolor sombrío confirmó mis peores sospechas.
—Abra.
—No —respondió con firmeza.
—Ronan...
—Puede llamarme traidor, insolente o cualquier cosa que considere apropiada, pero no voy a abrir esa puerta.
—¿Qué le ocurre? —insistí, sintiendo cómo el pánico empezaba a ganar terreno.
El hombre observó los remaches de hierro de la puerta antes de responder:
—Morvath.
—Explíquese.
Ronan soltó el aire lentamente, pesadamente.
—El vínculo entre ellos no siempre es estable. Durante la luna nueva, Morvath se fortalece.
—¿Y Killian?
—Pierde el control.
Recordé la mirada del emperador en la capital, sus ojos volviéndose completamente negros.
—¿Puede convertirse en Morvath?
—No exactamente.
Aquella respuesta, tan ambigua como ominosa, no me tranquilizó en absoluto.
—¿Desde cuándo ocurre esto?
—Desde Vhalen.
Por supuesto. Todo regresaba siempre a la misma tragedia: Vhalen.
—¿Por qué las cadenas?
Ronan me miró fijamente a los ojos.
—Porque la primera vez que ocurrió mató a siete hombres mientras intentábamos contenerlo.
El estómago se me contrajo súbitamente y un rugido ensordecedor hizo vibrar de nuevo la estructura de la puerta.
—¿Cuánto dura? —pregunté con la voz temblorosa.
—Hasta el amanecer.
—¿Y simplemente lo dejan ahí abajo, solo?
—Es lo que él mismo ordena.
Sin dudarlo, me acerqué hasta casi pegar el rostro al hierro frío.
—¡Killian!
Ronan me sujetó del brazo de inmediato para apartarme.
—No lo haga.
En ese preciso instante, algo impactó con una fuerza descomunal contra la puerta desde el interior, haciendo crujir las bisagras, y una voz cavernosa pronunció mi nombre a través del metal:
—Alamea...
La voz era apenas reconocible, un sonido rasgado que me heló la sangre. Me quedé inmóvil en el sitio.
era Killian.
—Estoy aquí —dije, pegándome más al hierro.
—¡Vete! —ordenó él, pero su voz parecía mezclarse en un eco perturbador con otra mucho más profunda y salvaje.
—No me iré hasta que me expliques qué está ocurriendo.
Una risa extraña y oscura llegó desde el otro lado.
—Ahora no es el momento para tu curiosidad.
—Nunca parece ser el momento.
De pronto, el sonido metálico de las cadenas al tensarse precedió a un gemido sordo de dolor. Toda mi irritación se evaporó al instante, reemplazada por una punzada de angustia.
—Abra la puerta —le ordené a Ronan.
—Alamea, escuche la razón —advirtió él, interponiéndose.
—Cuando lo toqué en Veridian, las marcas retrocedieron —insistí sin dar un paso atrás.
—No sabemos qué significa eso.
—Precisamente por eso debo entrar.
—Podría matarla.
—Morvath se arrodilló ante mí —sentencié.
Aquello consiguió silenciarlo de golpe. Sostuve su mirada con firmeza hasta que terminó por ceder.
—Abra —repetí.
Ronan soltó una maldición entre dientes y sacó una pesada llave de hierro.
—Si Killian me mata después de esto, juro que pienso perseguirla desde el más allá.
—Lo tendré presente.
La cerradura giró con un chasquido pesado y la puerta se abrió lentamente. El aire que brotó del interior era glacial, casi irrespirable. La cámara, de planta circular, estaba excavada directamente en la roca viva de la montaña, con extraños símbolos antiguos grabados a lo largo de todas las paredes.
En el centro del recinto se encontraba Killian. Estaba de rodillas y con el torso desnudo, sujetado por gruesas cadenas de hierro que aprisionaban sus muñecas y tobillos. Las marcas negras, convertidas en grietas de pura sombra, cubrían casi la totalidad de su piel.
Contuve la respiración ante la escena.
—Killian...
Él levantó la cabeza despacio. Sus ojos eran cuencas de un negro absoluto y sin fondo.
—Te dije que te fueras —murmuró, haciendo que las cadenas se tensaran con violencia a su alrededor.
—¿Esto ocurre cada luna nueva? —pregunté, dando un paso al frente a pesar del peligro.
—Alamea...
—Podrías haberlo mencionado antes de casarnos.
Una sonrisa extraña y sombría apareció en su rostro.
—Si sobrevivo esta noche, actualizaré nuestras condiciones matrimoniales.
Di un paso al frente, pero Ronan me sujetó con fuerza del brazo.
—No dé ni uno más —advirtió.
Killian comenzó a respirar con marcada dificultad mientras las marcas oscuras avanzaban deprisa, trepando hacia su rostro. En ese preciso instante, escuché una voz. No provenía del rey ni de nadie en la sala; retumbaba directamente dentro de mi cabeza.
Ven.
Un estremecimiento helado me recorrió la espina dorsal.
—Morvath... —murmuré.
Killian levantó violentamente la cabeza al escuchar el nombre.
—¿Qué dijiste?
Ven.
La voz en mi mente se volvió aún más clara e imperiosa, incitándome a dar otro paso hacia el centro de la cámara.
—Alamea, no —advirtió esta vez el propio Killian, con un matiz de auténtico pánico en su voz cavernosa.
Una de las gruesas cadenas de hierro crujió bajo una tensión insoportable. Retrocedí instintivamente un milímetro, pero el movimiento desató la fuerza contenida: Killian soltó un grito desgarrador mientras el eslabón de su muñeca derecha se quebraba en mil pedazos.
Al instante, Ronan desenvainó la espada y los soldados detrás de él imitaron el gesto, llenando la estancia con el eco del acero.
—¡Fuera! —rugió Killian con violencia, clavando sus ojos en mí. Por un instante, ya no reconocí nada humano en aquella mirada de penumbra absoluta.
La segunda cadena comenzó a tensarse hasta ceder con un chasquido metálico.
—¡Alamea! —gritó Ronan sujetándome—. ¡Tenemos que salir de aquí ya!
Sin embargo, Morvath volvió a resonar en mi mente, paralizándome:
No.
Me quedé completamente inmóvil mientras la cadena destruida caía pesadamente contra el suelo de roca. Killian comenzó a ponerse de pie, amenazante, y Ronan intentó arrastrarme por la fuerza hacia la salida, pero en ese preciso segundo todas las antorchas de la cámara se apagaron al mismo tiempo.
La oscuridad más densa y absoluta nos envolvió. Escuché un caos sordo de gruñidos salvajes, gritos desesperados y el chocar violento del metal contra la piedra, seguido de un repentino y sepulcral silencio.
De entre las sombras, dos enormes ojos plateados brillaron justo frente a mí. Era Morvath.
No estaba físicamente allí en su forma terrenal; su gigantesca silueta parecía modelada por un humo oscuro y etéreo que envolvía el cuerpo de Killian. El lobo me observó con fijeza y esta vez su voz atravesó mi mente con una claridad tan abrumadora que sentí cómo si alguien me hubiera susurrado al oído:
Por fin.
Dejé de respirar por completo. Killian cayó pesadamente de rodillas a mis pies mientras la sombra del lobo inclinaba la cabeza con reverencia.
Te encontramos.
Una luz plateada y tibia brotó de pronto alrededor de mis manos, iluminando la penumbra. Y fue en ese instante cuando escuché algo más: no una orden ni un murmullo del lobo, sino un nombre. El mío, pronunciado por una dulce voz femenina que no escuchaba desde que tenía doce años.
La voz de mi madre.
—Alamea.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰