De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10 LA MENTIRA QUE QUIERE ROMPERLOS
Damián se quedó con la hoja impresa entre las manos, como si fuera de plomo, incapaz de apartar la vista de esas palabras que parecían escritas para destruir cualquier rastro de esperanza que le quedaba. El aire se le escapaba entre los labios entreabiertos, y sintió que las piernas le fallaban, obligándolo a sentarse en el borde de la cama con el papel aún apretado contra los dedos. *“Me comprometo formalmente a no volver a buscarte, ni a intentar comunicarme contigo de ninguna manera. Entiendo que lo mejor para ambos es que cada uno siga su camino por separado. Gael”*. Leyó esas frases una y otra vez, hasta que las letras empezaron a bailar ante sus ojos empañados por las lágrimas, y aunque su corazón le gritaba que algo no encajaba, que esas palabras no sonaban a la persona que le había prometido no abandonarlo nunca, la duda empezó a roerlo por dentro con una crueldad que le partía el alma. ¿Y si era verdad? ¿Y si al final el miedo, las amenazas y todo el peso que caía sobre él habían sido demasiado para Gael? ¿Y si él siempre había sido solo un problema, una carga que al final cualquiera preferiría soltar para estar en paz?
Pasó horas mirando la pared frente a él, sin comer, sin hablar, sin poder apartar la imagen de Gael rindiéndose. Recordó cada abrazo, cada mirada, cada palabra de aliento, y ahora se preguntaba si todo había sido una ilusión, si él había leído más de lo que realmente había. En su aislamiento, sin noticias, sin forma de comprobar nada, la mentira empezó a tomar forma de verdad en su mente, alimentada por la inseguridad que había llevado consigo toda su vida: la certeza profunda de que él no era suficiente para que alguien luchara tanto tiempo por él. Mientras tanto, su padre entraba de vez en cuando, le recordaba con voz tranquila pero cortante que ya no tenía nada fuera de esas cuatro paredes, que era mejor aceptar la realidad y volver a ser el hijo que todos esperaban, y cada una de esas frases parecía clavar un clavo más en la tapa de su propia esperanza.
Al mismo tiempo, al otro lado de la ciudad, Gael vivía su propia pesadilla. No tenía idea de que habían fabricado ese documento en su nombre, ni del daño que estaba causando; lo único que sabía era que cada paso que daba se encontraba con una barrera nueva. Había intentado acudir a las autoridades para explicar su versión, pero nadie quería escucharlo: la denuncia presentada por la familia Vera tenía más peso, los testigos que él quería presentar eran desacreditados de inmediato, y hasta su propia reputación había sido manchada con rumores falsos que circulaban por todas partes. Cuando recibió la visita de un representante de los Vera que le mostró una copia de ese supuesto compromiso firmado por él, Gael sintió una rabia impotente que le hizo temblar las manos: entendió entonces la estrategia completa. No solo querían separarlos físicamente, querían destruir la confianza que los unía, querían que Damián creyera que él lo había abandonado por su propia voluntad para que dejara de luchar.
—Es una falsificación —dijo Gael con voz firme, arrojando el papel sobre la mesa—. Yo no he firmado nada, ni aceptado nada. Y no voy a dejar que creas que esto va a funcionar.
—Puedes negarlo todo lo que quieras —le respondió el hombre con indiferencia—. Lo único que importa es lo que él crea. Y te aseguro que ahora mismo está convencido de que te has ido para siempre.
Esas palabras fueron como un golpe directo al pecho. Gael comprendió que la batalla ya no era solo contra las leyes o las prohibiciones, sino contra la propia mente de Damián, contra la inseguridad que siempre lo había acompañado y que ahora estaban explotando a su favor. Tenía que llegar hasta él, tenía que hacerle saber la verdad antes de que fuera demasiado tarde, antes de que la desesperación hiciera que Damián se rindiera por completo. Pero la vigilancia alrededor de la mansión era más estricta que nunca, y cualquier intento de acercarse era interceptado de inmediato.
Días después, Damián empezó a notar pequeños detalles que no encajaban. Recordó que la letra que aparecía en esa hoja no tenía los mismos rasgos que los mensajes que le había enviado Gael durante meses; que nunca habría dicho que “era mejor seguir caminos separados” sin antes intentar hablar con él, sin darle una explicación cara a cara. Una pequeña chispa de duda empezó a nacer en su interior: ¿y si todo era otra mentira más? ¿Y si Gael seguía luchando por él mientras él se quedaba aquí dejándose vencer por la desesperación? Esa duda le dio fuerzas para empezar a buscar una salida o una forma de hacerle llegar una señal, pero cada intento era descubierto y castigado con más aislamiento.
Gael, por su parte, decidió recurrir a la única persona que aún podía confiar: la madre de Damián. Sabía que corría un riesgo enorme al acercarse a ella, pero no tenía otra opción. Esperó durante horas en un lugar discreto cerca de la entrada de la casa hasta que la vio salir, y se acercó con mucha precaución. Al principio ella se asustó, pero al ver la expresión de Gael, la sinceridad en sus ojos y la preocupación genuina que sentía por su hijo, decidió escucharlo. Le contó sobre la falsificación, sobre cómo estaban manipulando todo para separarlos, y le pidió ayuda para hacerle llegar a Damián un mensaje real, algo que solo ellos dos pudieran entender y que demostrara que él seguía ahí, que no se había rendido.
—Tengo que advertirte —le dijo ella con voz temblorosa— que si mi esposo se entera de que te he hablado o de que te he ayudado, las consecuencias serán terribles para los dos. Pero… he visto cómo ha cambiado mi hijo desde que te conoció. He visto que por primera vez en su vida se atreve a decir lo que piensa, a querer ser él mismo. No puedo dejar que le quiten también eso. Te ayudaré, pero tenemos que tener muchísimo cuidado.
Así fue como, al día siguiente, cuando le llevó la comida, ella logró deslizarle un pequeño trozo de papel doblado entre las páginas de un libro que sabía que Damián solía leer. Al verlo, el corazón le dio un vuelco. Lo leyó con manos temblorosas: *“No te creo nada. No me he ido. No me rendiré. Recuerda la señal de la cámara. Estoy esperando que me des la tuya”*. Era una frase que solo ellos dos podían entender, una referencia a la primera vez que se reconocieron mutuamente. Al leerla, Damián sintió que las lágrimas que había retenido días enteros por fin salían, pero esta vez no eran de tristeza: era alivio, era rabia, era la certeza de que no estaba solo. Con un trozo de carbón que encontró en un rincón, dibujó una pequeña marca en el cristal de la ventana, justo en el lugar donde sabía que si Gael miraba desde la distancia podría verla: una forma de decirle que lo había recibido, que seguía ahí y que también seguía luchando.
Pero la situación se complicó aún más. El padre de Damián descubrió que su esposa había estado hablando con Gael y que algo había pasado. No la confrontó de inmediato, pero empezó a vigilarla con más rigor, y tomó una decisión drástica: planeaba enviar a Damián lejos de la ciudad, a una casa de campo en otra región, donde nadie lo conociera y donde no hubiera ninguna posibilidad de que volviera a tener contacto con Gael ni con nadie que pudiera ayudarlo. Se lo comunicó a Damián esa misma tarde, con la frialdad que lo caracterizaba:
—Partiremos pasado mañana. Allí tendrás tiempo de sobra para olvidar todo esto y volver a centrarte en lo que realmente importa. No te llevarás nada que te recuerde a tu vida aquí.
Damián sintió que el suelo se le hundía. Si lo llevaban lejos, perdería cualquier posibilidad de volver a ver a Gael, cualquier oportunidad de aclarar las cosas. Escribió una respuesta desesperada para que su madre se la hiciera llegar: *“Me van a sacar de la ciudad. Partimos pasado mañana. Por favor, no dejes que me lleven lejos sin verte una última vez”*.
Gael recibió el mensaje esa misma noche y entendió que el tiempo se había acabado. No había más planes lentos, no había más formas discretas: tenían que verse antes de que fuera demasiado tarde, tenían que intentar buscar una salida definitiva o al menos despedirse sabiendo la verdad. Pero sabía que cualquier intento de encontrarse sería extremadamente peligroso, que estarían expuestos a ser descubiertos en cualquier momento, y que las consecuencias podrían ser mucho peores de lo que imaginaban. Aun así, no dudó: no podía dejar que se llevaran a Damián sin que supiera la verdad, sin que supiera que había alguien dispuesto a luchar por él hasta el final.
Esa noche, ambos pasaron las horas en vela, sabiendo que el día siguiente sería decisivo, que lo que decidieran hacer cambiaría todo para siempre. No había garantías de que saldrían bien parados, no había promesas de felicidad, solo la certeza de que preferían arriesgarse juntos que seguir separados y viviendo bajo mentiras. Mientras el silencio envolvía la ciudad, ambos sentían el peso de la realidad sobre sus hombros: la lucha no había terminado, al contrario, estaba por llegar a su momento más crítico y doloroso.