Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 10
Capítulo 10
Valentín Garza
Emilio llegó a Grupo Cénit con el cuello cubierto hasta donde la camisa permitía.
No era evidente. Ese era el punto. Había elegido una camisa de cuello más alto, se había puesto el saco aunque la mañana estaba tibia y llevaba el blíster de estabilizadores en el bolsillo interior, contra el pecho, como un secreto de plástico y aluminio.
La glándula ya no quemaba.
Latía.
Peor, porque el dolor agudo podía explicarse como crisis pasajera. El latido era insistente, casi paciente. Como si algo bajo la piel hubiera decidido no volver a dormirse.
—Llegas pálido —dijo Andrés cuando Emilio dejó su mochila junto al escritorio.
—Buenos días para usted también.
—No contestaste.
—Dormí mal.
Andrés lo observó un segundo más.
—El señor Luján preguntó si llegaste.
Emilio abrió la laptop.
—Llegué.
—También preguntó si comiste.
Emilio se quedó quieto.
Andrés bajó la voz medio tono.
—No soy yo quien hace las preguntas raras.
Antes de que Emilio pudiera responder, el piso cincuenta y ocho cambió.
No se abrió ninguna puerta con estruendo. No hubo anuncio de recepción ni carrera de asistentes. Solo un aroma dulce, limpio y poderoso se deslizó por el aire, como flor de azahar aplastada entre dedos elegantes. No era agresivo, pero exigía atención. El tipo de presencia que no necesitaba volumen porque todos se enderezaban solos.
Un hombre salió del elevador privado como si el edificio le perteneciera por cortesía.
Valentín Garza era hermoso de una forma que hacía inútiles las palabras comunes. Traje color marfil, cabello oscuro peinado hacia atrás, ojos largos y afilados, boca tranquila. Tenía esa belleza peligrosa de los Omegas de alto nivel que la sociedad fingía querer proteger mientras les temía en silencio.
Dos ejecutivos Alfa bajaron la mirada al verlo pasar.
Valentín sonrió.
No con amabilidad.
Con memoria.
—Andrés Lara —saludó—. Sigues pareciendo acta notarial con zapatos.
—Señor Garza.
—Qué formal. Me lastimas.
—No era mi intención.
—Eso también me lastima.
Emilio entendió de inmediato por qué Sebastián no tenía muchos amigos normales. Al parecer, todos los que lo rodeaban hablaban como si estuvieran lanzando cuchillos envueltos en servilletas finas.
Valentín giró hacia él.
La mirada de zorro lo recorrió sin prisa. No de una manera vulgar. Peor: precisa. Como si en tres segundos hubiera leído la camisa alta, la palidez, la rigidez de hombros y el esfuerzo de Emilio por no tocarse la nuca.
—Tú debes ser Emilio Reyes.
—Sí. Buenos días, señor Garza.
—Valentín. "Señor Garza" es para banqueros y enemigos con mal gusto.
—Valentín —repitió Emilio.
El Omega sonrió un poco más.
—Mucho mejor.
La puerta de la oficina se abrió.
Sebastián apareció con expresión de tormenta controlada.
—Llegas tarde.
—Llegué cuando quise —respondió Valentín—. Es distinto.
—Tengo una reunión en diez minutos.
—Entonces hablarás rápido. Siempre he querido verte intentarlo.
Sebastián miró a Emilio.
Sus ojos se detuvieron medio segundo en el cuello de la camisa.
Emilio giró hacia la pantalla antes de que preguntara algo.
—El expediente de Corporativo Garza está actualizado —dijo—. Incluye participación en infraestructura hospitalaria, fondos de inversión y tres litigios cerrados el año pasado.
Valentín levantó una ceja.
—¿Tres?
—Dos públicos. Uno sellado, pero dejó rastro en el cambio de proveedores del tercer trimestre.
El silencio duró lo justo.
Valentín se volvió hacia Sebastián.
—¿Dónde lo encontraste?
—Trabajando.
—Qué respuesta tan pobre.
—Es la única que vas a recibir.
Valentín caminó hacia el escritorio de Emilio, tomó una hoja del expediente y la leyó de pie, sin pedir permiso. Su aroma a azahar se acercó, envolvente. Emilio sintió la glándula responder con un latido incómodo.
No dolor.
Alerta.
Valentín lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Sus ojos volvieron al rostro de Emilio, pero no dijo nada frente a Sebastián.
—Este análisis de exposición hospitalaria es tuyo —afirmó.
—Sí.
—Conservador, pero no cobarde. Me gusta.
—Gracias.
—No era halago gratuito. Si fuera malo, también te lo diría.
—Eso lo hace más útil.
Valentín rió. Una risa breve, refinada, con filo.
Sebastián no parecía disfrutar el intercambio.
—Garza.
—No gruñas. Me da nostalgia de tus peores años.
La reunión se movió a la sala chica. El tema oficial era una posible participación de Corporativo Garza en la distribución social del supresor de Laboratorios Farías. El tema real era poder: hospitales, clínicas, cadenas de farmacias, fundaciones, reputación pública y quién iba a quedar en la foto cuando el mercado cambiara.
Valentín ocupó la silla frente a Sebastián sin cruzar las piernas, sin levantar la voz y sin ceder un centímetro.
—No voy a poner mi red hospitalaria para que Grupo Cénit se luzca como salvador de Omegas pobres.
—Nadie pidió caridad —dijo Sebastián.
—No. Pediste acceso.
—Con retorno.
—El retorno no me preocupa. La narrativa sí.
Emilio tomó notas en silencio hasta que Valentín lo miró.
—¿Tú qué opinas?
Sebastián giró la cabeza.
—Él no...
—Tiene boca —dijo Valentín—. La he escuchado funcionar.
Emilio dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—Si Corporativo Garza entra como socio visible desde el inicio, el producto no se leerá como arma de Grupo Cénit para controlar mercado. Se leerá como alianza de acceso médico. Pero necesita una cláusula pública: prioridad a clínicas comunitarias y reporte de precios trimestral.
Valentín apoyó el mentón sobre los dedos.
—¿Y quién firma ese reporte?
—Ambos. Si uno manipula, el otro queda obligado a denunciar.
Sebastián lo miró.
Esta vez, Emilio no evitó la mirada.
Valentín sonrió como si acabara de encontrar una joya en una caja equivocada.
—Sebastián, si no le pagas como corresponde, te lo robo.
—Inténtalo.
El aire se enfrió un grado.
Valentín no se movió. Su perfume de azahar se hizo un poco más dulce.
—Qué posesivo para alguien que habla de eficiencia.
Emilio bajó la vista a sus notas, pero ya era tarde. La frase había caído en la mesa como una copa rota.
La reunión terminó con un acuerdo preliminar para revisar estructura de alianza. Cuando Valentín salió, no fue hacia el elevador. Se detuvo junto al escritorio de Emilio.
—¿Tomas café?
—Sí.
—Perfecto. A las cinco, en la cafetería del piso cuarenta y nueve.
Sebastián apareció en la puerta de su oficina.
—Reyes tiene trabajo.
Valentín ni siquiera miró hacia él.
—Entonces trabaja rápido, precioso.
Emilio levantó la cabeza.
—¿Eso fue para mí o para él?
Valentín sonrió.
—Qué listo. A las cinco.
Se fue dejando azahar en el aire y a Sebastián con la mandíbula apretada.
Emilio miró la pantalla de su computadora, el cuello todavía palpitando bajo la tela.
Por primera vez desde la madrugada, no sintió solo miedo.
Sintió curiosidad.