Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 10
Capítulo 010: Dolor de distancia
Valeria había dicho “voy contigo” como si su cuerpo estuviera de acuerdo.
No lo estaba.
El auto salió de Casa Marín con Diego al volante, dos guerreros detrás y una camioneta de apoyo siguiendo a distancia. La sierra se abrió frente a ellos, oscura y salpicada de luces lejanas. La carretera vieja subía hacia el límite este como una cicatriz estrecha entre los árboles.
Cada kilómetro lejos de Casa de la Luna apretaba algo dentro de Valeria.
Al principio fue solo incomodidad. Un tirón bajo las costillas. Un calor extraño en la nuca.
Luego empezó el dolor.
No como la plata.
No como el acónito.
Esto era más íntimo. Más humillante. Una mano invisible cerrándose alrededor de su pecho y jalando en dirección contraria.
Hacia Sebastián.
Valeria apoyó la frente contra la ventana fría.
—Baja la velocidad.
Diego la miró de reojo.
—¿Te mareaste?
—No.
—Te ves como si fueras a vomitar.
—Qué observador.
Diego redujo un poco, pero no lo suficiente para detener la presión.
Su teléfono vibró.
Valeria no necesitó verlo para saber quién era.
Sebastián.
Diego miró la pantalla.
—Tu Alpha.
—No es mi...
La frase murió sola.
No era su Alpha marcado. No todavía. Pero su cuerpo no parecía interesado en la precisión legal.
Diego contestó en altavoz antes de que ella pudiera impedírselo.
—Estamos en ruta.
La voz de Sebastián llenó el auto.
—Da la vuelta.
Diego resopló.
—Buenas noches a ti también.
—No era una sugerencia.
Valeria cerró los ojos.
Cedro negro. Tormenta. Cuero cálido.
Solo oírlo hizo que el dolor cediera un poco.
Eso la asustó más que el dolor.
—Sebastián —dijo.
Silencio al otro lado.
Luego:
—Valeria.
Su nombre llegó bajo, tenso, con algo roto por debajo.
Diego dejó de bromear.
—¿Qué pasa?
—Ella no debería estar tan lejos de mí ahora —dijo Sebastián.
Valeria sintió la cara arder.
—Eso suena pésimo.
—Me importa un carajo cómo suena. ¿Te duele?
Diego giró la cabeza hacia ella.
—¿Te duele?
Valeria odiaba a ambos un poco.
—Estoy bien.
Sebastián soltó una risa sin humor.
—Mientes peor cuando estás asustada.
El tirón en el pecho se agudizó, como si el vínculo castigara la mentira.
Valeria apretó una mano sobre el esternón.
Diego lo vio.
—Vale.
—Sigue conduciendo.
—No si te estás...
—Sigue.
La orden no tenía poder de Alpha, pero sí desesperación de hermana. Diego maldijo y volvió los ojos al camino.
Sebastián habló más bajo.
—Escúchame. El vínculo se activó demasiado rápido por el trauma. No está estable. Si te alejas mientras tu loba sigue herida, tu cuerpo va a intentar corregir la distancia.
Valeria tragó saliva.
—¿Corregir cómo?
—Dolor. Ansiedad. Desorientación. Si empeora, puedo sentirlo.
—¿Tú también?
La pausa fue respuesta suficiente.
Al otro lado, algo crujió. Madera, quizá.
—Sí.
El pecho de Valeria se apretó por otro motivo.
Sebastián también estaba sintiendo aquello.
Y aun así no había usado una orden para obligarla a volver.
—Diego está en peligro —dijo ella.
—Lo sé. Ya envié dos equipos.
—Llegarán tarde.
—¿Cómo lo sabes?
Valeria miró la carretera.
Los árboles se cerraban más adelante. En la otra vida no había estado allí, pero la memoria de muerte no siempre era una escena completa. A veces era una sensación. Una frase. Una certeza metida bajo la piel.
También era el modo en que el miedo se repetía.
Primero una orden falsa. Luego una ruta que parecía lógica. Después una voz pidiendo auxilio donde un Marín jamás podría ignorarla. La trampa no necesitaba ser nueva para funcionar; solo necesitaba conocer el corazón de su víctima.
—Porque quieren que él crea que todavía controla la ruta.
Diego redujo más.
—Explícate.
Valeria olió el aire por la ventanilla apenas abierta.
Pino. Tierra húmeda. Gasolina.
Y algo más.
Black salt.
No conocía el nombre antes de leerlo en los reportes de Sebastián, pero el olor era inconfundible: seco, áspero, como piedra quemada. Interfería con los rastros.
—Apaga las luces —dijo.
Diego la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Qué?
—Apágalas. Ahora.
Sebastián oyó.
—Hazlo.
Diego apagó las luces.
El mundo se volvió negro.
Un segundo después, algo cruzó la carretera donde habrían estado los faros: una cadena de púas plateadas tensada entre dos árboles. Sin luces, Diego alcanzó a frenar antes de que las llantas la tocaran.
El auto se detuvo con un golpe seco.
Nadie respiró.
Luego, desde el bosque, un silbido.
La camioneta de apoyo, más atrás, no tuvo tiempo.
Las púas desgarraron las llantas. El vehículo giró, chocó contra un tronco y los guerreros gritaron.
—¡Emboscada! —rugió Diego.
El dolor en el pecho de Valeria explotó.
No por la distancia.
Por miedo.
Sebastián lo sintió.
—Valeria.
Su voz llegó desde el teléfono caído en el piso.
Ella ya estaba abriendo la puerta.
La distancia entre ellos se volvió insoportable en ese instante. No eran kilómetros. Era una cuerda demasiado tensa, cortándole por dentro cada vez que respiraba. Valeria entendió, con una mezcla de vergüenza y terror, que el vínculo no era una metáfora bonita para canciones de luna llena.
Era carne.
Era dolor.
Era su cuerpo recordándole que Sebastián existía aunque ella decidiera no mirar hacia él.
—No salgas del auto —ordenó Diego.
Valeria salió.
La noche la golpeó con frío, tierra y acónito.
Había renegados en los árboles.
No los veía todavía, pero los olía: sangre vieja, piel sin manada, metal sucio. Y debajo, el mismo juramento oscuro que había quemado la muñeca de Marina.
Diego se transformó a medias antes de llegar al frente del auto. Sus garras salieron, los ojos se volvieron dorado oscuro, pero no completó el cambio. No podía. Demasiado poco espacio. Demasiada plata cerca.
—Atrás de mí —dijo.
Valeria intentó obedecer.
El vínculo tiró otra vez, salvaje.
Le dolió tanto que perdió el equilibrio.
En su pecho, algo respondió.
No una palabra humana.
Un gruñido.
Bajo.
Roto.
Suyo.
Valeria se quedó inmóvil.
Su loba.
Por primera vez en esta vida, no susurró.
Gruñó.
*Peligro.*
Desde el teléfono, Sebastián oyó su respiración quebrarse.
—Estoy yendo —dijo.
No preguntó dónde.
Tal vez el vínculo ya se lo estaba diciendo.
Valeria miró el bosque.
Dos pares de ojos amarillos se encendieron entre los árboles.
Luego cuatro.
Luego seis.
Diego enseñó los dientes.
—Vale, cuando te diga, corres.
Ella cerró la mano sobre la lista de nombres que aún llevaba en el bolsillo.
Esta vez no correría hacia el hombre equivocado.
Tampoco abandonaría a su hermano.
El primer renegado saltó.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho