Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 10
Capítulo 10: El baile de la manada
La Gala de Luna llena era la mentira más bonita de Silver Crown.
Para los humanos, una cena benéfica del Grupo Valcárcel con empresarios de Monterrey, fundaciones médicas y cámaras discretas.
Para la manada, una demostración de poder.
Cada mesa estaba colocada según jerarquía. Cada copa servida marcaba alianzas. Cada baile decía más que un contrato. Bajo los candelabros y los arreglos de flores blancas, los lobos olían miedo, deseo, deuda y traición.
Celeste entró con la chaqueta azul noche de la boutique.
No con Damián.
Eso fue decisión suya.
Llegó con Mateo, lo bastante temprano para ver dónde se sentaba cada familia y lo bastante tarde para que todos notaran que ya no usaba negro de servicio.
Los murmullos la tocaron como lluvia fina.
—Es ella.
—La esposa.
—No Luna.
—Todavía.
Celeste fingió no leer labios.
Mateo le ofreció una copa sin alcohol.
—Bienvenida a la parte más aburrida y mortal de la política de manada.
Ella escribió:
Pensé que eso era el desayuno.
Mateo sonrió.
—Vas aprendiendo.
Damián estaba al otro lado del salón, rodeado de los Mayores y líderes de familias afiliadas. Traje negro. El escudo de Silver Crown en el puño. Ojos atentos a todo.
La vio en cuanto entró.
El aroma de cedro oscuro se movió en el aire, imposible para humanos, evidente para cualquier lobo.
Celeste sintió el tirón en el pecho.
No avanzó.
Damián tampoco.
Pero la sala notó el hilo.
Bianca lo notó más que nadie.
—Qué valiente venir vestida como si tuvieras rango —dijo al acercarse con una copa de vino.
Celeste levantó el teléfono.
Qué valiente repetir frases que ya fracasaron.
Mateo casi se atragantó con su bebida.
Bianca sonrió con los labios, no con los ojos.
—Disfruta mientras puedas. El Consejo no tardará en pedir claridad. Un Alpha necesita una Luna que pueda hablar por la manada.
Celeste no respondió.
No porque no tuviera respuesta.
Porque detrás de Bianca, un hombre de la familia Robles acababa de entregar una carpeta a Elder Arturo, y el aroma que salió de ese papel era agrio: tinta fresca, mentira y ansiedad.
Celeste tocó el brazo de Mateo.
Él siguió su mirada.
—¿Qué viste?
Ella escribió:
Documento nuevo. Pretenden presentarlo como antiguo.
Mateo perdió la sonrisa.
—¿Segura?
Celeste inhaló con cuidado. El bloqueo de acónito seguía robándole fuerza, pero esa mentira estaba demasiado cerca.
Asintió.
El programa del gala incluía una firma pública de cooperación entre Silver Crown y tres familias afiliadas para financiar una expansión de la Clínica Santa Luna. Los humanos verían filantropía. La manada sabía que ese acuerdo también definía quién controlaría el acceso médico de los Omegas y pacientes bajo protección.
Elena estaba en esa clínica.
Celeste se movió antes de pedir permiso.
Mateo la siguió.
Elder Arturo ya estaba de pie junto a Damián, mostrando la carpeta.
—Solo una actualización menor —decía—. La familia Robles ofrece cubrir parte del costo a cambio de administrar el ala de pacientes crónicos.
Inés inclinó la cabeza, evaluando.
Damián tomó el documento.
Celeste llegó a su lado.
Demasiado cerca.
El vínculo no confirmado reaccionó con una descarga desde sus dedos hasta el hombro. Damián inhaló apenas. Sus ojos rozaron los de ella.
No aquí, decía su rostro.
Sí aquí, respondió Celeste con el suyo.
Le tendió el teléfono.
Revise la fecha del sello. La tinta está fresca. Y Robles tiene deuda con Falcón.
Damián leyó.
Su aroma cambió a tormenta fría.
—Mateo.
—Ya busco —respondió él, sacando su propio teléfono.
Arturo miró a Celeste.
—¿Hay algún problema?
Damián no respondió por ella.
Le devolvió el teléfono.
Celeste escribió:
El documento no es una actualización. Es una transferencia de control médico disfrazada.
Damián leyó en voz alta.
Los lobos cercanos quedaron en silencio.
Un humano de la fundación sonrió incómodo, sin entender por qué todos habían dejado de respirar.
El representante Robles se puso rojo.
—Eso es una acusación seria de una mujer que ni siquiera...
Damián lo miró.
El hombre cerró la boca.
Mateo levantó su teléfono.
—Confirmado. Robles recibió pagos de una cuenta vinculada a Falcón hace tres semanas. Y el archivo digital del contrato fue creado ayer a las 23:48.
El murmullo que recorrió la sala fue distinto al de la burla.
Ahora olía a sorpresa.
Celeste sintió muchas miradas encima. No en su garganta. No en su silencio.
En su mente.
Damián cerró la carpeta.
—La firma se cancela.
Elder Arturo tensó la mano sobre el bastón.
—Alpha Damián, cancelar delante de humanos puede afectar la imagen del Grupo.
—Entonces daremos una razón humana.
Damián se volvió hacia el micrófono preparado para el anuncio.
—Señoras y señores —dijo con voz impecable—, el Grupo Valcárcel ha decidido ampliar personalmente el financiamiento de la Clínica Santa Luna. Ninguna familia externa administrará pacientes vulnerables. La salud no será negociada esta noche.
Aplausos humanos.
Silencio en los lobos.
Celeste entendió el golpe político: Damián acababa de quitar una pieza al Consejo sin revelar la guerra interna.
Y lo había hecho usando la observación de ella.
Inés la miró como si fuera la primera vez que veía algo más que un problema.
Bianca estaba pálida.
Elder Arturo sonrió.
No de derrota.
De interés.
Eso fue lo que inquietó a Celeste.
Damián se acercó un poco, lo justo para que su aroma cubriera el borde del suyo ante todos.
Protección.
Advertencia.
Posesión, si ella se descuidaba.
—Bien visto —dijo en voz baja.
Celeste escribió:
No lo hice por usted.
Él leyó y casi sonrió.
—Lo sé.
La orquesta cambió de pieza. Varios invitados comenzaron a bailar para cubrir la tensión. Damián le ofreció la mano.
La sala entera miró.
Celeste también.
Si aceptaba, el Consejo hablaría.
Si rechazaba, Bianca sonreiría.
Su loba susurró desde la oscuridad:
*Un paso.*
Celeste puso su mano sobre la de Damián.
El contacto encendió un relámpago bajo su piel.
No era amor.
Todavía no.
Era destino abriendo los ojos en medio de una sala llena de enemigos.
Y también estrategia.
Celeste no olvidó ni una mirada durante el baile: quién bajó los ojos, quién olió miedo, quién miró a Bianca antes de aplaudir. El cuerpo de Damián cerca del suyo podía desordenarla, sí, pero la mujer que había sobrevivido a Red Thorn sabía hacer inventario incluso con el corazón golpeando.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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