Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.
El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.
Se la mandó a él.
Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Dicen que el cariño que llega tarde ya no vale gran cosa.
Cuando la persona que llega tarde es tu propia madre, duele igual.
Quizá más.
Después de preguntarle qué tenía que ver con ella si yo tenía novio o no, una imagen me cruzó la cabeza sin permiso.
Darío.
Parpadeé.
¿Por qué pensaba en él en un momento así?
Me di un golpecito en la nuca, como si pudiera sacar esa tontería de mi cabeza.
Seguro era tensión.
Sólo tensión.
La voz de Marcela volvió por el teléfono.
—Kiara, no me hables así. De verdad me preocupo por ti. Si no tienes novio, conozco a un muchacho bastante confiable. Podrías conocerlo. Si se llevan bien, siguen hablando. Si no, no pasa nada. Yo puedo buscarte otra opción.
—¿Presentarme a alguien?
Me quedé helada.
—No hace falta.
—Es un buen hombre. Si estuvieras con alguien así, yo estaría más tranquila.
Su voz sonaba llena de preocupación.
Como si de pronto, después de tantos años de silencio, hubiera descubierto que era mi madre.
Me dieron ganas de reír.
Si de verdad se preocupaba por mí, ¿dónde estuvo todo este tiempo?
La llamada de Marcela no venía de amor.
Venía de la escena en la residencia Zárate.
Venía de miedo.
Quería acomodarme en otro lado.
Sacarme del camino.
Convertirme en un problema resuelto.
Bajé los ojos.
Me sentí cansada.
—Arréglalo tú —dije—. Cuando tengas hora y lugar, me mandas el mensaje. Iré a conocerlo.
—Kiara...
Marcela se quedó sorprendida.
Seguramente esperaba discutir más.
Luego su voz se llenó de alivio.
—Entonces mañana. ¿Puedes mañana?
—Al mediodía. Después de las doce. Mejor con comida.
—Está bien.
Colgó.
Después de acordar con el hombre, me mandó el lugar.
Respondí que iría.
En la residencia Zárate, Marcela le mostró la conversación a Camila.
Camila tampoco esperaba que fuera tan fácil.
Pero era un buen inicio.
No le importaba a dónde fuera yo.
Sólo quería que dejara de estar cerca de Darío.
—Tía, disculpe la molestia. Tengo cosas que resolver. Me voy.
Marcela se levantó enseguida.
—Te acompaño a la puerta. Me hace bien caminar un poco.
Camila sonrió.
No rechazó la cortesía.
Al día siguiente llegué puntual al restaurante.
Era un lugar de estilo antiguo, con madera oscura, luz cálida y separaciones entre mesas que daban privacidad. No se parecía a los restaurantes ruidosos del centro. Ahí las conversaciones eran bajas y los pasos de los meseros sonaban suaves sobre el piso.
La anfitriona me guió hasta una mesa detrás de un separador de madera tallado con flores.
—Aquí es, señorita.
—Gracias.
Al levantar la mirada, vi a un hombre sentado frente a la mesa.
Traje azul intenso.
Postura tranquila.
Sonrisa amable.
Se puso de pie al verme.
—Hola.
—Hola. Soy Kiara Jiménez.
—Gabriel Alcocer. Mucho gusto.
Su forma de hablar era suave, educada. Nada invasiva.
Volvió a sentarse sólo después de que yo tomé mi lugar.
—No pedí nada porque no sabía tus gustos. ¿Vemos el menú?
Asentí.
No estaba relajada, pero su tranquilidad hacía que el aire no pesara tanto.
Mientras elegíamos, el silencio alrededor no se sentía incómodo.
Yo sabía por qué había aceptado esa cita.
Sabía lo que Marcela quería.
Y aun así, no quería que mi vida cambiara por una comida organizada para apartarme de otro hombre.
Gabriel cerró el menú con una sonrisa.
—Ya elegí.
Iba a buscar algún tema normal cuando mi celular, que estaba en silencio sobre la mesa, se iluminó.
Era doña Petra.
Una vecina del puesto de mi abuela.
El pecho me dio un salto.
Doña Petra me llamaba sólo si había un problema. Yo le había pedido que cuidara a mi abuela cuando yo no pudiera estar cerca.
Gabriel notó mi expresión.
—¿Todo bien?
—Perdón. Tengo que contestar.
—Claro.
Me levanté y fui detrás del separador, a un rincón más tranquilo.
—Doña Petra, ¿pasó algo con mi abuela?
La mujer sonaba alterada, pero al oírme pareció calmarse un poco.
—Kiara, unos tipos vinieron y le destrozaron el puesto a tu abuela. Ven rápido.
—¿Qué? ¿Mi abuela está bien?
—No le pegaron, pero el puesto quedó mal. Ellos siguen aquí. Tu abuela está asustada. Ven cuanto antes.
Al fondo escuché un grito breve.
Se me heló la sangre.
Mi abuela era la persona más importante de mi vida.
No podía quedarme comiendo mientras ella estaba en peligro.
—Cuídela por favor. Ya voy para allá.
Colgué y volví a la mesa.
—Lo siento muchísimo, Gabriel. Tengo una emergencia familiar. No podré quedarme. Te compenso esta comida otro día.
Gabriel vio mi cara y se levantó sin dudar.
—¿Qué pasó? No vayas sola. Te acompaño.
—No, no quiero molestarte.
—No es molestia. Este tiempo ya lo había reservado para ti. Además, dos personas resuelven mejor una urgencia que una sola.
Su voz era tan estable que, por primera vez en varios minutos, pude respirar.
No seguí rechazando.
—Gracias. De verdad.
Salimos de inmediato.