Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 13
El cielo sobre "Las Cruces" se había vuelto de un azul eléctrico, metálico y sin una sola nube que prometiera alivio. Pero el verdadero calor no venía del sol, sino de la furia que emanaba de Catrina mientras contemplaba el cauce seco del río que alimentaba sus tierras y las de la tía Elena. Don Elías había desviado el curso de las aguas río arriba, usando maquinaria pesada para levantar una represa ilegal que condenaba al valle a la sed.
En el corral de "La Esperanza", la tierra empezaba a agrietarse como una piel vieja. Las vacas mugían con un sonido ronco, una súplica que le partía el alma a doña Elena, quien observaba el horizonte con los ojos empañados.
Catrina bajó de su caballo, golpeando sus polainas con el látigo. Sus ojos eran dos brasas encendidas. En el porche, Máximo la esperaba, viendo cómo la Jefa cargaba su escopeta con movimientos mecánicos y letales.
—Se acabó la paciencia, Máximo —dijo ella, sin mirarlo. Sus dedos rozaron el metal frío del arma con una familiaridad aterradora—. Elías cree que puede matar a mi ganado de sed. Voy a subir a esa represa y voy a volar cada gramo de piedra que puso ahí. Y si sus hombres se atraviesan, que Dios los confiese.
—Eso es exactamente lo que él quiere —replicó Máximo, poniéndose en su camino. Sus gestos ya no eran los del niño asustado; se movía con una calma que contrastaba con la tormenta de Catrina—. Él quiere que subas con armas. Quiere que haya un tiroteo para que la policía tenga una excusa para arrestarte por asalto y terrorismo. Si disparas hoy, habrás perdido las tierras para mañana.
—¡Mis animales se están muriendo! —gritó ella, acercándose tanto que su aliento cálido golpeó el rostro de él—. No voy a quedarme aquí viendo cómo se secan mientras tú me hablas de leyes que él se pasa por el arco del triunfo. ¡A un lobo no se le convence con palabras, se le detiene con plomo!
Máximo no retrocedió. La tomó de los hombros, un gesto de una audacia que semanas atrás le habría costado un golpe, pero que ahora detuvo a Catrina en seco.
—Escúchame bien. Elías controla el pueblo, pero no controla el país. En la capital, el "desarrollo" es la palabra de moda, pero el "ecocidio" es la palabra que arruina carreras. Si volamos la represa, eres una criminal. Si denunciamos que está secando un valle entero y extinguiendo especies locales para su beneficio personal, es él quien tendrá que dar explicaciones.
Catrina soltó una risa amarga. —¿Prensa? ¿Crees que un periódico va a detener a un hombre que compra jueces?
—No es un periódico, Catrina. Es la opinión pública —Máximo sacó su teléfono, que ahora tenía señal gracias a la repetidora de ella—. Tengo contactos en las cadenas nacionales. Si grabamos el desastre, si mostramos a los campesinos llorando sobre la tierra seca y el cauce vacío, y enviamos eso con la etiqueta de "desastre ecológico provocado por corporaciones", Elías será tóxico para sus aliados políticos. Nadie querrá que lo vean desayunando con un hombre que mata a un pueblo de sed.
La Estrategia del Lente
Catrina bajó el arma, aunque la tensión no abandonó su cuerpo. —¿Y qué pretendes? ¿Que nos convirtamos en actores?
—Pretendo que usemos la verdad como un cuchillo —respondió Máximo. Sus ojos brillaban con la inteligencia estratégica de su estirpe—. Tú conoces cada rincón del río. Llévame donde el daño sea más evidente. Necesito imágenes que duelan.
A regañadientes, Catrina guardó la escopeta, pero mantuvo la pistola en su cinturón. Subieron a la camioneta y se internaron en los límites de la propiedad, donde el río, antes caudaloso, ahora era un cementerio de piedras calientes y peces muertos.
Máximo se movió con una agilidad técnica. Usó el dron de alta resolución que había traído en su equipaje y que hasta ahora solo había servido para tomar fotos de paisajes. El aparato se elevó, capturando la herida abierta en la tierra: de un lado, el verde exuberante de las tierras que Elías ya controlaba; del otro, el ocre agónico de las tierras de Catrina y la tía Elena.
—Mira esto —dijo Máximo, mostrándole la pantalla a Catrina—. El contraste es brutal. Esto no es solo una pelea entre parientes; es un crimen contra el ecosistema.
Catrina observaba las imágenes. Ver su tierra desde arriba, tan vulnerable y herida, le provocó un nudo en la garganta que no pudo ocultar. Sus manos temblaron levemente mientras señalaba una zona donde el lodo se había vuelto polvo.
—Ahí es donde bebían los potros —susurró ella, y por un segundo, la dureza de su voz se quebró.
Máximo la miró de reojo. Sus sentimientos hacia ella se estaban volviendo un laberinto. Admiraba su fuerza, pero esa vulnerabilidad oculta era lo que lo mantenía despierto por las noches. Se acercó y, sin decir nada, puso una mano sobre la de ella.
—Vamos a ganar esta, Jefa. Pero a mi manera.
El Golpe Digital
Esa noche, bajo la luz de una lámpara de aceite en "El Renacer", Máximo trabajó con una intensidad febril. Editó los videos, redactó un comunicado de prensa letal y usó sus cuentas personales —que sumaban miles de seguidores de la alta sociedad— para lanzar el primer anzuelo.
—"Elías Moretti: El hombre que mata de sed a su propia sangre" —leyó Catrina sobre el hombro de él. Frunció el ceño—. Es un titular agresivo.
—Es el único que vende —replicó Máximo—. En dos horas, los directores de noticias de la capital estarán llamando a la oficina de Elías. Mañana a mediodía, habrá cámaras aquí. Él no podrá evitar que el país vea lo que está haciendo sin admitir su culpabilidad.
Catrina se sentó a su lado, observando el teclado del computador como si fuera un arma extraña. —Tú vives en un mundo de sombras y espejos, Máximo. Todo son imágenes.
—A veces, las sombras son más reales que las balas —respondió él, girándose para verla.
La cercanía era peligrosa. El olor a sudor, tierra y la determinación de ambos llenaba la habitación. Catrina se dio cuenta de que ese "caballero de las finanzas" no solo estaba protegiendo sus tierras; estaba protegiendo su alma de convertirse en la asesina que Elías quería que fuera.
—Si esto funciona —dijo ella, con la voz baja—, te deberé más que la nómina de mis hombres.
—No me debes nada —dijo él, sosteniéndole la mirada—. Estamos en esto juntos. Pacto de sangre, ¿recuerdas?
Al día siguiente, el pueblo se despertó con un rumor diferente. No eran las balas de Catrina lo que resonaba, sino el zumbido de los helicópteros de la prensa nacional. Don Elías, que esperaba una confrontación armada que justificara la intervención del ejército, se encontró en cambio con micrófonos en su puerta y preguntas sobre regulaciones hídricas y ética ambiental.
Desde la colina, Catrina y Máximo observaban el caos mediático. Ella vio cómo la maquinaria pesada de Elías empezaba a retirarse lentamente, ante la mirada de millones de personas a través de las pantallas.
Catrina guardó su escopeta en la funda de la camioneta. Miró a Máximo, quien lucía exhausto pero con una sonrisa de suficiencia que, por primera vez, no le resultó irritante.
—Aprendes rápido, citadino —dijo ella, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Tal vez después de todo, sí sirvas para algo más que para limpiar establos.
—La próxima vez —replicó él, guiñándole un ojo—, te enseño a usar Twitter. Es más efectivo que una .45 para las guerras modernas.
El agua no regresó de inmediato, pero el bloqueo se había roto. Máximo había demostrado que su mundo de "niño rico" tenía una artillería que Catrina nunca imaginó. Y ella, al verlo pelear por su tierra con un arma que no escupía fuego, entendió que el verdadero poder no siempre estaba en el que más gritaba, sino en el que sabía contar la historia. La sequía provocada había unido sus destinos más allá de lo que el barro y la sangre habían logrado. Ahora, el valle esperaba la lluvia, y ellos esperaban el próximo movimiento de un enemigo que acababa de descubrir que el heredero de cristal tenía un filo de diamante.