Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 6
El Mercedes negro blindado cruzó los pesados portones de hierro forjado con un siseo casi imperceptible de los neumáticos sobre la grava húmeda. Al fondo del sendero custodiado por cipreses centenarios, la mansión Vancini se erigía contra el cielo encapotado de la tarde como un monolito de piedra gris y ventanales oscuros. No era una casa; era una declaración de propiedad absoluta, una fortaleza de líneas minimalistas y simetría gélida que parecía diseñada para resistir tanto el paso del tiempo como el escrutinio humano.
Leonela miraba a través del cristal tintado, sintiendo que el aire dentro del habitáculo se volvía cada vez más escaso. Llevaba un vestido de sastre color azul noche, ceñido a la cintura, que marcaba con rigor la curva de sus caderas y la línea defensiva de sus hombros. Sus manos, cruzadas sobre el regazo, delataban una fijeza gélida; sus uñas se hundían levemente en las palmas para anclarse a la realidad y contener el pánico interno que amenaba con desbordarla. A su lado, ajeno al peso del contrato matrimonial que acababa de sellar el destino de su madre, Santiago miraba por la ventana abrazando su mochila de dinosaurios con los ojos muy abiertos.
Cuando el chófer abrió la portezuela, el olor a tierra mojada, pino y el sutil aroma a ozono de los sistemas de seguridad perimetral inundó los sentidos de Leonela. Se bajó del vehículo con la elegancia innata de la leona que entra en territorio desconocido, irguiéndose cuan larga era. La brisa fría de la tarde golpeó su rostro, haciendo que el tejido fino de su ropa se adhiriera a su piel y tensara sus pezones bajo la seda de la lencería, una reacción biológica elemental ante la hostilidad climatológica y psicológica del nuevo entorno.
Gael los esperaba en lo alto de la escalinata de mármol blanco. No llevaba abrigo, solo un pantalón de sastre oscuro y una camisa de lino gris con las mangas sutilmente remangadas, revelando la potencia de sus antebrazos curtidos. Su silueta imponente recortaba la entrada de la mansión, y sus ojos grises, fijos y "devoradores", descendieron por la figura de Leonela con una tasación lenta que le erizó el vello de la nuca. El magnetismo animal que emanaba de su presencia cruzó el espacio, una corriente de calor abrasador en medio del invierno artificial de la propiedad que obligó a Leonela a respirar hondo, inflando el pecho con una franqueza cortante.
—Bienvenidos a su nuevo hogar —dijo Gael. Su barítono profundo resonó en el patio de piedra con una lentitud tortuosa, carente de cualquier calidez hospitalaria. Era la voz del dueño que registra la llegada de un activo valioso.
Leonela no respondió. Tomó la mano pequeña de Santiago y subió los peldaños con paso firme, sosteniéndole la mirada al lobo gris hasta que estuvo a escasos centímetros de su pecho firme. La proximidad física encendió una estática pesada; el jazmín dulce de la piel de ella chocó contra el aroma a sándalo, cuero y tabaco de él, una combinación sensorial que entorpecía el juicio de ambos y marcaba el inicio de la cohabitación forzosa.
Las inmensas puertas dobles de la entrada se abrieron para dar paso al gran salón. El interior era una obra maestra de la arquitectura contemporánea, pero carecía por completo de alma. Suelos de granito negro pulido a espejo reflejaban las luces LED indirectas; las paredes, revestidas de paneles de madera oscura y hormigón visto, albergaban obras de arte abstracto en tonos monocromáticos. No había alfombras mullidas, ni portarretratos, ni un solo objeto que sugiriera que un ser humano habitaba aquel santuario del orden corporativo. Era, en toda la extensión de la palabra, una jaula de cristal.
Fue en ese instante de solemnidad asfixiante cuando Santiago rompió el protocolo de la sumisión.
El niño soltó la mano de Leonela y avanzó tres pasos hacia el centro del salón. El sonido de sus zapatillas de lona con luces de colores golpeando el granito sagrado sonó como una profanación alegre. Con un movimiento tosco pero lleno de la vitalidad que el lugar rechazaba, Santiago dejó caer su mochila de dinosaurios —un estallido obsceno de lona verde brillante, cremalleras amarillas y jirones de tela cosidos a mano— justo en medio del reflejo perfecto del suelo negro.
—¡Mira, mamá! ¡Este suelo es como el hielo negro de las películas! —exclamó el niño, su voz infantil rebotando en las molduras del techo de doble altura, rompiendo la estética perfecta, meticulosa y oscura de la mansión.
El brillo de la lona verde y la presencia desinhibida del pequeño actuaron como un prisma, descomponiendo la luz fría del salón y dotando al espacio de un matiz humano que nunca antes había cruzado ese umbral. Los dos guardias apostados junto a la entrada se tensaron de inmediato, mirando a Gael de reojo, esperando la orden de retirar el objeto que perturbaba la simetría del imperio.
Leonela contuvo la respiración, dispuesta a dar un paso al frente para defender la inocencia de su hijo con las garras fuera, pero la reacción de Gael la congeló.
El titán naviero caminó hacia el centro del salón con su zancada depredadora, deteniéndose justo delante de la mochila. Sus ojos grises, que habían obligado a juntas directivas enteras a bajar la cabeza, se clavaron en el juguete textil con una fijeza insondable. Por un microsegundo, la máscara de granito de sus facciones experimentó una grieta imperceptible. Una resolución mortal pareció disolverse en su mirada al contemplar el tirante descosido que Leonela había remendado en la intimidad de su antigua miseria.
Lentamente, Gael se inclinó y recogió la mochila por el asa superior con sus dedos largos y fuertes. Se giró hacia Santiago y, en lugar de reprenderlo, le entregó el objeto con una solemnidad que rozaba el respeto caballeresco.
—El muelle de los dinosaurios se queda en la zona norte del salón, pequeño león —dijo Gael, y su voz bajó a un tono peligrosamente suave, casi humanizado, que hizo que a Leonela le diera un vuelco el corazón—. Aquí las reglas las pongo yo, pero los caballeros tienen derecho a portar sus armas.
Santiago sonrió, tomando la mochila y corriendo hacia uno de los sofás de cuero minimalistas, ajeno por completo a la corriente de deseo absoluto y hostilidad que acababa de reinstalarse entre los dos adultos.
Gael se erigió de nuevo y se acercó a Leonela. La distancia entre ambos se redujo tanto que ella pudo percibir el calor abrasador que emanaba de su camisa de lino gris. Su mirada devoradora recorrió el rostro pálido de la mujer, deteniéndose en el pulso rápido que latía con fuerza en el nacimiento de su cuello. Con un gesto tortuoso, extendió la mano y rozó el hombro cubierto por el traje azul noche, bajando lentamente por su brazo hasta presionar con suavidad su muñeca. El contacto biológico provocó una pulsación líquida en el vientre de Leonela, una mezcla confusa de rabia por su cautiverio y una atracción física innegable que la obligó a tensar la mandíbula para no delatar su agitación.
—Tu hijo tiene más valor que la mitad de mis lugartenientes, Leonela —susurró Gael, su aliento con sabor a tabaco caro rozando sus labios curtidos—. Ha traído color a un lugar que solo conocía el gris. Pero no olvides el trato. Él está a salvo detrás de estos muros de acero, pero tú estás dentro de mi jaula. Y en esta jaula, la leona responde ante el lobo.
—Sé perfectamente lo que firmé, Vancini —replicó ella con una franqueza cortante, retirando el brazo con un movimiento fluido pero sosteniéndole la fijeza de la mirada—. Soportaré tu orden, tus fotógrafos y tu fría casa de piedra porque mi hijo puede reír en tu salón sin una diana en el pecho. Pero no confundas mi presencia con tu victoria. Mi cuerpo puede estar bajo tu techo, pero mi voluntad no tiene dueño.
Gael sonrió con esa cínica resolución que lo caracterizaba, una mueca que demostraba que el desafío de la mujer no hacía más que alimentar la fascinación oscura que sentía por ella. Se dio la vuelta para dar indicaciones al servicio sobre las habitaciones, dejando a Leonela en el centro del gran salón.
La imagen de la mochila de dinosaurios descansando sobre una repisa de mármol de diseño, un faro de color brillante en medio de la suntuosidad monocromática de los Vancini. La mudanza se había consumado; la jaula de cristal había cerrado sus puertas de hierro tras ellos, y mientras la noche caía sobre la propiedad, Leonela comprendía que el asedio psicológico de su nueva vida real apenas comenzaba en los brazos y bajo las reglas del monstruo que ahora gobernaba su libertad.