Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Conde Harlen 2
Siguieron caminando sin darse cuenta del paso del tiempo.
Lo que había comenzado como una conversación formal pronto se volvió algo mucho más natural. Emily hablaba con entusiasmo, moviendo ligeramente las manos al explicar, sonriendo sin reservas… y, de vez en cuando, dejando escapar pequeños comentarios con un toque juguetón que no pasaban desapercibidos.
El conde Harlen, por su parte, escuchaba.
Pero no solo eso.
La observaba.
Con una atención que no era común en él.
Había conocido a muchas damas. Elegantes, educadas, cuidadosas con cada palabra. Pero Emily… era distinta.
Había sinceridad en su forma de hablar.
Calidez.
Y un carisma que no parecía forzado, sino natural, casi inevitable.
—Entonces.. si entiendo bien… lo que necesitan es un espacio adecuado, materiales constantes… y organización.
Emily asintió, animada.
—Exacto. No es algo imposible, pero tampoco algo que pueda hacer sola.
El conde guardó silencio unos segundos, pensando.
Luego, con calma, respondió..
—Me encargaré de la construcción del taller.
Emily se detuvo en seco.
—¿En serio?
Él la miró directamente.
—Sí.
No había grandilocuencia en su tono. Solo decisión.
Por un instante, Emily no supo qué decir.
Y luego… sonrió.
No una sonrisa educada.
Una real.
—Eso significa que… —dijo, inclinando levemente la cabeza, con un brillo juguetón en los ojos
—tendremos que vernos pronto otra vez.
El conde sostuvo su mirada.
Y, lentamente… sonrió también.
—Así parece.
El camino de regreso se sintió más corto.
O quizás más ligero.
Cuando llegaron frente a la casa, el murmullo de las ancianas aún se escuchaba desde dentro.
Emily se volvió hacia él.
—Gracias.. No solo por la ayuda… sino por venir.
El conde negó levemente.
—Creo que fui yo quien ganó más con esta visita.
Emily alzó una ceja, divertida.
—¿Ah, sí?
Él asintió.
—Estoy gratamente sorprendido por usted, Lady Emily.
Hubo un pequeño silencio.
Emily lo sostuvo apenas un segundo… y luego sonrió, con esa chispa que ya le era tan propia.
—Entonces aún puede sorprenderse más.
El conde no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, por un momento… no encontró palabras.
Emily lo observó, divertida por su reacción, y con una leve reverencia se giró hacia la puerta.
—Nos veremos pronto, conde.
—Sí… Pronto.
Ella entró.
Y la puerta se cerró.
Pero la imagen de su sonrisa… permaneció.
Y sin darse cuenta… Él también sonrió.
Cuando regresó al carruaje, su asistente lo esperaba como siempre.
Un hombre mayor, de mirada aguda y años de lealtad silenciosa.
Al verlo acercarse, frunció ligeramente el ceño… sorprendido.
Porque algo era diferente.
Muy diferente.
—Mi señor… ¿Todo ha ido bien?
El conde subió al carruaje sin borrar del todo esa expresión.
—Sí.
El asistente lo observó unos segundos más.
Y luego, con la confianza que solo los años permiten, añadió..
—Hace tiempo… quizás años… o tal vez desde que era un adolescente… que no lo veía sonreír así.
El silencio se instaló por un instante.
El carruaje comenzó a moverse.
El conde Harlen miró por la ventana, sin dejar de pensar en la tarde, en la conversación… en ella.
Y entonces, sin negar lo evidente… Asintió.
—Supongo que tiene razón.
Y aunque no lo dijo en voz alta, lo sabía.
Algo había cambiado.
Y esta vez… no quería ignorarlo.
Los días que siguieron trajeron consigo una rutina… distinta.
Al principio fue sutil.
Una visita para revisar el terreno.
Otra para hablar de materiales.
Luego, una excusa sobre la orientación de la luz en el futuro taller.
Y después… ya no hizo falta que las excusas fueran tan sólidas.
El conde Harlen comenzó a aparecer con más frecuencia.
Siempre correcto. Siempre respetuoso.
Pero cada vez… más presente.
Emily lo notó desde el principio.
No era ingenua.
Sabía que no hacía falta supervisar cada detalle con tanta dedicación. Sabía que muchas de sus visitas podían haberse resuelto con un mensaje o un intermediario.
Pero no dijo nada.
Porque, en el fondo…
No quería que dejara de venir.
Cada vez que lo veía acercarse, algo en su expresión cambiaba. Su sonrisa aparecía casi de inmediato, ligera, natural… con ese toque coqueto que no necesitaba esfuerzo.
—Conde.. Qué coincidencia verlo otra vez.
Él sostenía la mirada un segundo más de lo habitual.
—Coincidencia… sí.
Pero ambos sabían que no lo era.
Las ancianas también comenzaron a notarlo.
—Ese conde viene mucho —murmuró una un día, sin disimular.
—Demasiado —añadió otra, con una sonrisa cómplice.
Emily fingía no escuchar… aunque el leve color en sus mejillas la delataba.
—Debe estar muy preocupado por el taller —respondía, intentando mantener la compostura.
Las risas suaves no tardaban en aparecer.
Las conversaciones entre ellos también cambiaron.
Al principio eran prácticas: medidas, tiempos, costos.
Pero poco a poco… se volvieron personales.
Él le contaba detalles del avance de la construcción, sí.
Pero también se quedaba un poco más.
Preguntaba por su día.
Escuchaba cuando ella hablaba de las ancianas, de las mantas, de las pequeñas cosas que la hacían sonreír.
Y Emily… No se contenía.
Reía. Comentaba. Se inclinaba ligeramente hacia él al hablar. Lo miraba con esa mezcla de curiosidad y cercanía que hacía que todo se sintiera más íntimo.
No lo negaba.
Le gustaba.
Le gustaba su forma de escuchar, su calma, esa manera tranquila de estar presente sin imponerse.
Y le gustaba, también, la forma en que él comenzaba a relajarse cuando estaba con ella.
—El taller estará listo antes de lo previsto —le dijo un día, revisando unos papeles que claramente no eran urgentes.
Emily cruzó las manos detrás de la espalda, balanceándose apenas sobre sus pies.
—¿Eso significa que ya no tendrá excusas para venir tan seguido?
El conde la miró.
Directamente.
—Puedo encontrar otras.
Emily sostuvo su mirada un segundo… y luego sonrió.
—Me alegra escuchar eso.
El aire entre ellos se volvió más ligero con cada encuentro.
Más cercano.
Más… evidente.
Él ya no fingía tanto.
Ella tampoco.
Y aunque ninguno lo decía en voz alta, ambos entendían lo que estaba pasando.
Las visitas no eran solo por el taller.
Nunca lo fueron.
Y Emily, apoyada contra la mesa mientras lo observaba hablar una tarde, pensó con una sonrisa suave..
[No hace falta que lo diga…]
Porque lo sabía.
Cada vez que él aparecía, no era por deber.
Era por ella.
Y, sinceramente… eso le gustaba más de lo que esperaba.
hermosa novela
ame a Fred