El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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LA MUERTE DEL REY AZERION.
...Reino de Zayon...
—Muy bien, Kael. Has estado practicando.
El príncipe Erian lanzó una estocada rápida hacia su hermano. Kael la esquivó con dificultad, haciendo un esfuerzo para no perder el ritmo ni caer hacia atrás.
—Cuando seas rey, yo seré tu mejor guerrero —dijo Kael orgulloso. —. Debo ser el mejor para protegerte, mi rey.
Erian sonrió, orgulloso.
—Eso espero. No esperaba menos de mi hermano.
Kael, con apenas nueve años, jadeaba mientras sostenía la espada de madera. Le temblaban un poco los brazos, pero no bajó la guardia. Erian volvió a atacar y el pequeño bloqueó como pudo, retrocediendo un paso, luego otro. La madera chocaba una y otra vez;
Pero el pequeño no se daba por vencido, no se dejaba de su hermano mayor, quien no parecia tener reparo en que era diez años mayor que el.
Kael peleaba como si el reino dependiera de él, por lo que hizo un movimiento rápido, aunque torpe, que tomó por sorpresa a Erian quien apenas logró bloquearlo.
Este último iba a contraatacar cuando un guardia irrumpió en el salón de entrenamiento.
—Majestad —dijo, inclinándose con prisa—. Es su padre… deben ir a verlo ahora mismo.
Las espadas de madera cayeron al suelo casi al mismo tiempo.
Erian salió corriendo y Kael lo siguió.
El palacio siempre había sido grande, pero en ese momento les pareció interminable.
Cuando por fin llegaron, Erian empujó las puertas sin pensarlo.
Se quedó tieso cuando abrió las puertas de par en par.
Trago saliva, la respiración agitada y el miedo incrustado en el pecho.
La reina estaba al borde de la cama, llorando en silencio rodeada de sanadores y doncellas que cuidaban del rey.
Erian no podía moverse… hasta que escuchó la voz débil de su padre.
—Hijo… acércate.
Erian caminó despacio, sus ojos azulestemblan y sentia la garganta cerrada. Se arrodilló junto a la cama y tomó la mano de su padre, sientiendo lo fría que está se estaba tornando.
—Padre… —susurró, y la voz le tembló.
El rey Azerion, aún con sus cabellos negros, reunió la poca fuerza que le quedaba.
—E… Erian…
—No hable, por favor —pidió el chico.
Su padre negó débilmente.
—Cuida… a tu madre… y a tu hermano… —tosió con fuerza—. A tu familia. — reunió todas sus fuerzas, para decir la últimas palabras— Y al reino. Sobre todo tu reino. — Hizo énfasis en este último. —Ese es el deber de un rey… no rendirse nunca por su reino.
—Lo prometo —dijo Erian apretando la mano de su padre con fuerza —. Te lo prometo, padre.
El rey asíntio y su cabeza cayó sin fuerza, cin los párpados cerrados y su último aliento.
—No… —jadeó la reina Ravenna—. ¡Azerion!
El grito de la viuda llenó la habitación cayendo de rodillas, extendió las manos y se aferró al cuerpo sin vida de su esposo llorando sin consuelo.
Erian posó sus manos en los hombros de sus madre. Una lagrima rodó por su mejilla, pero él era el nuev rey y debia mantenerse fuerte.
Kael, que observaba todo desde la entrada sin comprender del todo lo que significaba la muerte, sabía una cosa: su padre no volvería y eso le dolió más de lo que podía comprender.
La reina, entre sollozos, trató de recomponerse. Se limpió el rostro y tomó la mano de Kael.
—Ven, Kael… vamos afuera.
—Quiero despedirme de papá — dijo el niño deteniendo a su madre.
Ravenna miró a Erian, buscando una respuesta, pero Kael no esperó. Subió a la cama, besó la frente de su padre y después bajó sin decir nada.
—Encárguense de los preparativos —ordenó Erian con la voz rota una vez que su madre y Kael se habían retirado—. Avisen al pueblo que su majestad, el rey Azerion… ya no está entre nosotros.
—Sí, majestad —respondieron las doncellas antes de retirarse.
Erian clavó sus destellantes ojos azules, producto de la magia que poseía en su padre, reconociendo que el había sido un excelente rey.
¿Podría ser siquiera lo mitad de buen rey que fue el?
El príncipe, ahora rey tenía catorce años. Demasiado joven para un cargo de tal magnitud.
Siento el peso del reino sobre sus hombros… y por primera vez, sentia no podia ni dar un paso por el peso.
****************
En el centro del templo, dentro del ataúd, yacía el cuerpo del rey Azerion. El Líder de la Orden Espiritual movía lentamente un caldero con incienso, y el humo espeso se clavaba en el pecho de todos los presentes, como parte del ritual para darle descanso a su líder.
El templo estaba caliente por la cantidad de velas encendidas alrededor del ataúd y cada vez se volvía mas difícil respirar.
Todo el pueblo se había reunido en masa, fuera del templo, intentando acercarse lo más posible, debido a que su querido rey había muerto, y nadie quería marcharse sin despedirse.
Cuando el funeral terminó y los nobles ofrecieron su último pésame a la familia real, la Suprema Corte se reunió para decidir el destino del reino.
—Erian es demasiado joven para asumir el trono. No debe hacerlo aún — opinó el duque Sorak, —. Esto se había discutido incluso antes de la muerte de su majestad. Su edad podría hacernos ver como un reino vulnerable.
Sorak protegía las tierras fronterizas. Su territorio era extenso, estratégico. Todos en la sala sabían lo que eso implicaba. Nadie ignoraba el peso de su voz.
—Nadie va a quitarle a mi hijo lo que le corresponde por derecho —respondió la reina, firme—. Nadie.
No permitiría que pensaran que hablaba desde el dolor o la emoción. No allí.
—Hermana —intervino Enzo, su hermano y Mano del Rey—, nadie quiere quitarle nada a mis sobrinos. Pero quizá… solo quizá… sería mejor que alguien tome el mando por un tiempo. Hasta que Erian termine su formación cuando cumpla la mayoría de edad.
La reina lo miró con dureza.
—¿Alguien como quién? —preguntó—. ¿Como tú?
Enzo bajó la mirada. No respondió.
—¿Y qué pasará cuando mi hijo esté listo y quiera reclamar el trono? —continuó ella. — ¿De verdad creen que quien se siente ahí va a levantarse sin más y devolver el poder?
El silencio fue respuesta suficiente.
—Mi hijo es maduro y responsable pese a su edad —añadió—. Y con el apoyo de este consejo, podrá gobernar con sabiduría.
La tensión se hizo visible. No todos miraban a la reina; algunos observaban a Sorak, otros evitaban mirar a cualquiera.
El General Supremo dio un paso al frente.
—Coincido con la reina. Permitir que otra persona tome el poder podría desatar una guerra interna. Y hay algo más —añadió—. El trono no solo concede autoridad política y militar. También concede magia a la familia real.
Hizo una breve pausa.
—Si alguien más lo toma, la reina y sus hijos perderían esa magia. Y quien se sentara en el trono la absorbería por completo. Sería casi imposible quitarlo después.
Sorak chasqueó la lengua.
—Lo que ocurre es que su majestad no confía en su propia corte —replicó—. Si confiara, estaría de acuerdo conmigo. La familia real es la única capaz de activar la magia del trono, ¿o no?
La reina enfurecía con las palabras as del duque.
El Sabio del Reino habló entonces, acomodándose la túnica.
—Así es… pero existen situaciones en las que el trono puede confundirse.
Varias miradas se giraron hacia él.
—El trono reconoce la sangre real —continuó—, pero también la presencia, la fuerza interior y el equilibrio del heredero. Si un príncipe es demasiado joven… o inestable… el trono puede dudar. Y durante esa duda, podría permitir que otra persona lo reclame. Cualquiera con sangre real podria hacerlo. — Hizo una pausa — Eso incluye familiares lejanos o líderes de otros reinos.
Un murmullo recorrió la sala.
La reina frunció el ceño.
—¿Dudar… de mi hijo?
—No de su legitimidad, majestad —aclaró el Sabio—, de ser así, su hijos no podrían poseer ese azul intenso en sus ojos, pero si de su madurez. Es raro, pero ha ocurrido antes. Si el trono no responde de inmediato a Erian, se abriría una ventana peligrosa. Y es peligroso coronarlo y qie el trono no lo reconozca, si lo sentamos podría matarlo solo para rechazarlo.
Los ojos de Sorak brillaron.
—Entonces sería más prudente elegir a alguien con experiencia —dijo—. Alguien que pueda sostener el trono mientras el príncipe crece.
El General Supremo dio un paso brusco.
—Todos entendemos a qué se refiere, duque.
—Hablo de seguridad, los demas reinos saben que el príncipe es joven —respondió Sorak—. Y no dudarán en querer tomar el trono y la corona.
La reina apretó los dedos contra la mesa.
—Mi hijo tiene la estabilidad y la fuerza necesarias —dijo—. Y el trono lo sabrá.
El Sabio respiró hondo.
—Majestad… esto no es una opinión. Es una advertencia. Para que el trono reconozca a Erian sin dudas, debe realizarse el Rito del Sello.
La sala quedó en silencio.
—¿El Rito del Sello? —preguntó Enzo—. Ese ritual no se ha realizado en generaciones.
—Porque no ha sido necesario —respondió el Sabio—. Hasta ahora. El príncipe deberá presentarse ante el trono y permitir que su energía sea evaluada. Si es aceptado, será coronado de inmediato. Y podrá sentarse con confianza en el trono.
Sorak cruzó los brazos, satisfecho.
—Me parece justo —dijo—. Que el trono decida.
La reina sintió un nudo en el estómago.
No por su hijo.
Sino por lo que veía en los ojos del duque.
—Si mi hijo no puede tomar el trono —dijo con calma—, yo gobernaré hasta que esté listo.
—Una mujer no puede tomar el trono —replicó Sorak, sin disimular su desdén.
El consejo estaba lleno de hombres que jamás aceptarían recibir órdenes de una mujer. A la reina no le tembló ni un músculo, pero por dentro ardía.
—Majestad… el trono no le permitirá tomar el mando —intervino el sabio Imogüen.
—¿Y por qué? ¿Porque soy mujer? —preguntó ella, con voz baja y firme.
—No —respondió el Sabio—. Porque la sangre real provenía del rey. Usted fue reconocida al casarse con él, pero no porta la sangre antigua. Si hubiera nacido dentro de la familia real, el trono la aceptaría sin importar su sexo. No solo usted no puede tomarlo… ninguno de los presentes puede.
El silencio cayó pesado.
—No hay otra opción más que realizar el rito —dijo Enzo, sin rodeos.
Ashra, el General Supremo, dio un paso adelante.
—No se preocupe, majestad. Este consejo es leal a la familia real.
La reina lo observó. Sus palabras sonaban sinceras… pero recordó la advertencia de su esposo antes de morir:
“No confíes en todos. Algunos solo esperan verme caer para devorar lo que quede.”
El ministro de moneda, que había permanecido en silencio, se levantó lentamente.
—Somos leales a usted, majestad —dijo inclinando la cabeza—. No se preocupe.
Pero la reina sí se preocupaba.
Se acercó a sabio Imogüen para preguntar
—¿Qué pasará si mi hijo no puede tomar el trono?
El Sabio bajó la voz.
—Entonces, majestad, la corona quedará vulnerable. Y otros reinos podrían intentar tomar el poder.
—¿No hay manera de que el trono me reconozca? —preguntó ella—. Al menos mientras nos aseguramos de que Erian esté listo.
El Sabio la miró con seriedad.
—La hay, majestad… pero no creo que usted quiera hacerle eso a su hijo.