Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Cercania 2
Días después, lejos del bullicio del pueblo y del ritmo del taller, caminaron juntos por un sendero que bordeaba el bosque.
El aire era fresco, con ese aroma a tierra y hojas que invitaba a quedarse. La luz del sol se filtraba entre los árboles, dibujando sombras suaves sobre el pasto.
Emily caminaba a su lado, más relajada que nunca.
Ya no había tanta tensión como al principio. Ahora, su cercanía era natural… buscada.
Sus manos se rozaban de vez en cuando, hasta que finalmente fue él quien tomó la suya sin pedir permiso.
Ella no se apartó.
Sonrió.
Siguieron avanzando hasta encontrar un claro tranquilo. Allí, sin necesidad de palabras, se sentaron sobre el pasto.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Era íntimo.
Él la miró.
Ella sostuvo su mirada.
Y como tantas veces antes… la distancia desapareció.
Los besos llegaron primero, suaves, casi cuidadosos… pero no tardaron en volverse más seguros, más cargados de lo que ambos venían conteniendo.
Las manos también hablaron.
Él la acercó, rodeando su cintura.
Ella apoyó una mano en su pecho, sintiendo el ritmo de su respiración.
Por un momento, todo fue eso.
Cercanía.
Calor.
Presencia.
Hasta que él se detuvo.
No se alejó del todo, pero su expresión cambió ligeramente. Más seria. Más… consciente.
—Emily… —dijo en voz baja.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Hubo un pequeño silencio, como si eligiera bien sus palabras.
—Me gustaría que conocieras a mi hijo.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Emily parpadeó, sorprendida.
No esperaba eso.
No tan pronto.
—¿Tu… hijo? —repitió, con suavidad.
El conde asintió.
—Fred.
Al decir su nombre, algo en su expresión se suavizó.
Emily lo notó.
Y eso hizo que su sorpresa se mezclara con algo más… comprensión.
Pero aun así…
—No lo sé… Quizás… es un poco pronto.
No era rechazo.
Era cautela.
El conde la observó con atención.
—Entiendo que para ti pueda ser difícil.. Que yo tenga un hijo.
Emily negó de inmediato.
—No es eso.
Y era verdad.
No le molestaba.
Pero sí… la hacía pensar.
Él continuó, con una calma firme..
—Fred es parte de mi vida. Siempre lo será. Y mi vida… ahora la estoy compartiendo contigo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Emily bajó la mirada un instante, procesando.
Era directo.
Honesto.
Y eso… la desarmaba un poco.
—Lo sé… Y no me incomoda.
Levantó la mirada nuevamente.
—Solo creo que… deberíamos ir poco a poco.
No estaba huyendo.
Solo quería hacer las cosas bien.
El conde guardó silencio unos segundos… y luego asintió levemente.
—Quizás no como algo oficial.. Algo más sencillo. Sin presión.
Emily lo observó.
Pensó en él.
En ese hombre que no ocultaba lo importante.
En ese niño… que no tenía culpa de nada.
Y finalmente… Asintió.
—Está bien.
La respuesta fue simple.
Pero suficiente.
El conde no dijo nada más.
Solo la abrazó.
Con más fuerza que antes.
Como si esa pequeña aceptación significara más de lo que podía expresar con palabras.
Emily cerró los ojos por un instante, dejándose envolver.
Y luego… todo volvió a ese ritmo suave que ya conocían.
Los besos regresaron.
Las caricias también.
Más tranquilos.
Más seguros.
Como si, a pesar de las dudas… algo entre ellos se estuviera construyendo de verdad.
Y en medio de ese claro, rodeados por el silencio del bosque, ambos entendieron que lo que tenían… ya no era algo pasajero.
Era algo que empezaba a echar raíces.
Días después, el conde Harlen llegó a buscarla… pero no estaba solo.
Emily lo vio desde la entrada del taller, y por un instante su atención no fue para él.
Fue para el niño en sus brazos.
Pequeño, de unos cuatro años, con el cabello oscuro y los ojos profundos que claramente había heredado de su padre. Se aferraba ligeramente a su chaqueta, observando todo con una mezcla de curiosidad y timidez.
Emily sonrió de inmediato.
Una sonrisa distinta.
Más suave.
Más cálida.
—Conde —saludó primero, con educación.
Pero no se acercó como otras veces.
No hubo beso.
No hubo ese pequeño gesto íntimo que ya se había vuelto costumbre.
El conde lo notó.
Y aunque no dijo nada, algo en su expresión cambió apenas.
—Lady Emily —respondió él.
Luego bajó la mirada hacia el niño.
—Fred.
El pequeño levantó la vista con algo de duda.
Emily se inclinó un poco, quedando a su altura.
—Hola —dijo con dulzura—. ¿Cómo estás?
Fred dudó un segundo… y luego respondió en voz baja:
—Bien.
Emily sonrió aún más.
—Me alegra. Eres un niño muy lindo.
El pequeño desvió la mirada, pero una pequeña sonrisa tímida apareció en sus labios.
El conde observó la escena en silencio.
Y algo en su pecho se relajó.
El trayecto hacia la laguna fue tranquilo.
Dentro del carruaje, Emily no se sentó especialmente cerca del conde. En cambio, su atención se dirigió casi por completo a Fred.
Le habló con calma, sin invadirlo, haciéndole preguntas simples, dándole espacio para responder.
El niño era tímido.
Pero no distante.
Y poco a poco, empezó a relajarse.
El conde, desde su lugar, los observaba.
Y aunque no intervenía… no podía dejar de notar lo natural que se veía Emily en ese papel.
Cuando llegaron a la laguna, el paisaje era sereno.
El agua reflejaba el cielo, y el aire era limpio, casi silencioso.
El conde descendió primero y ayudó a Fred.
Luego extendió la mano hacia Emily.
Ella la tomó… pero con una formalidad que antes no estaba.
Al bajar, él intentó rodearla con un brazo.
Un gesto casi automático.
Pero Emily, con suavidad, se apartó.
No de forma brusca.
Solo… suficiente.
—Fred ¿Quieres caminar un poco?
El conde retiró la mano.
Y aunque no dijo nada… lo sintió.
El resto del día giró en torno a Fred.
Al principio, el pequeño se mantenía cerca de su padre, observando en silencio.
Pero Emily no se apresuró.
No forzó nada.
Se sentó en el pasto, habló con él, le mostró pequeñas cosas: una hoja, una piedra curiosa, el reflejo del agua.
Sonreía con paciencia.
Con esa dulzura que no era fingida.
Y poco a poco… Fred comenzó a responder.
Primero con palabras cortas.
Luego con pequeñas risas.
Y finalmente… Con confianza.
Para el final de la tarde, el niño ya estaba jugando con ella en el suelo, riendo abiertamente mientras intentaban inventar algún juego improvisado.
Emily reía con él.
Sin preocuparse por la elegancia.
Sin pensar en nada más.
El conde los observaba desde un poco más atrás.
Y algo en su interior se movió.
Era una imagen que no sabía que necesitaba ver.
Pero que ahora… no podía ignorar.
El regreso fue tranquilo.
Fred, agotado por el día, se quedó dormido en brazos de su padre.
Su pequeña cabeza apoyada contra su hombro.
Emily los miró con una sonrisa suave.
—Es adorable —dijo en voz baja.
El conde asintió.
—Lo es.
Hubo un pequeño silencio.
Uno de esos que antes se llenaban con miradas o gestos cercanos.
Pero no esta vez.
Cuando llegaron, Emily descendió del carruaje.
Se volvió hacia él.
—Gracias por el día —dijo con sinceridad.
—Gracias a usted —respondió él.
Y eso fue todo.
No hubo beso.
No hubo cercanía.
Solo una despedida correcta.
Emily entró.
Y la puerta se cerró.
El conde se quedó unos segundos en silencio, aún sosteniendo a Fred dormido.
Luego subió al carruaje.
Pero algo no encajaba.
Había pasado el día con ella.
La había visto sonreír.
La había visto con su hijo.
Y aun así… Sentía una extraña incomodidad.
Una ausencia.
No había podido acercarse.
Ni siquiera un gesto.
Ni un beso.
Y, para su sorpresa… Eso le molestaba más de lo que esperaba.
Apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando hacia la ventana.
Sin poder ignorar esa sensación creciente.
Algo había cambiado.
Y no estaba seguro de si le gustaba.
hermosa novela
ame a Fred