⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Lo que quería
La luz del atardecer teñía las paredes del refugio de un color naranja profundo, casi como la miel que Cass solía servir en su cafetería. El día había sido extrañamente silencioso. Kenny se había encerrado en su oficina desde el amanecer, moviendo piezas, haciendo llamadas y enviando a sus hombres a borrar cualquier rastro que quedara de la organización de Danilo. El Alfa estaba limpiando el mundo para que su Omega pudiera caminar tranquilo, pero su ausencia en la habitación se sentía como un hueco frío en el pecho del joven.
Santi, fiel a su naturaleza de bibliotecario, se había pasado las horas leyendo en voz alta para su amigo. Sabía que, aunque Cass estuviera inconsciente, las palabras y el tono calmado lo ayudarían a estabilizarse. El doctor ya se había retirado, asegurando que el colapso había pasado y que solo era cuestión de tiempo.
Justo cuando el sol empezó a esconderse tras el horizonte, Cass abrió los ojos.
No hubo confusión ni miedo. Lo primero que hizo fue inhalar profundamente. El aire olía a los libros de Santi, pero debajo de eso, muy tenuemente, percibió el rastro de roble y romero. Su cuerpo reaccionó de inmediato. El lazo en su cuello dio un latido violento, enviando una señal directa al corazón de Kenny en la otra habitación.
—Santi… —susurró Cass, su voz sonando rasposa pero firme.
—¡Cassy! —Santi dejó caer el libro y se acercó, tocándole la frente—. Estás fresco. Por fin has vuelto. ¿Cómo te sientes? ¿Quieres agua? ¿Quieres que llame al doctor?
Cass miró a su amigo y forzó una pequeña sonrisa, pero sus ojos estaban brillantes, desenfocados por una necesidad que Santi no podía entender.
—Necesito a Kenny —dijo Cass, intentando incorporarse—. Santi, tráelo. Ahora.
Santi suspiró, entendiendo que la biología del Omega estaba reclamando lo suyo tras la fiebre del lazo. Salió de la habitación y, apenas unos segundos después, la puerta se abrió con una fuerza que solo Kenny poseía.
El Alfa entró como si viniera de una guerra. Estaba despeinado, con la camisa abierta y emanando un aroma a roble tan potente que Santi decidió que era mejor retirarse y darles privacidad. Kenny se detuvo al pie de la cama, observando a su pareja con una mezcla de alivio y un hambre posesiva que hizo que el aire se calentara al instante.
—Despertaste —dijo Kenny, su voz vibrando en los huesos del muchacho.
—Ven aquí —ordenó Cass, extendiendo sus brazos.
Kenny no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se lanzó sobre la cama, atrapando al chico en un abrazo que casi le quita el aliento. El contacto de sus cuerpos fue como juntar dos cables pelados. Cass hundió la cara en el cuello de Kenny, inhalando su aroma con desesperación, mientras el Alfa enterraba su nariz en la miel y el café del Omega.
—Te necesito dentro de mí —susurró Cass contra el oído de Kenny—. La marca me está quemando. Quiero sentir que eres mío de verdad.
Kenny soltó un gruñido bajo y empezó a despojar a Cass de la ropa con una urgencia diabólica. No hubo espacio para la delicadeza. En segundos, ambos estaban piel contra piel. Kenny se posicionó entre las piernas del Omega, usando sus manos para abrirle paso con una preparación lenta pero firme, usando sus propios dedos con saliva para masajear y relajar al Omega, asegurándose de que estuviera listo para recibirlo.
Cass jadeaba, su espalda arqueándose sobre las sábanas.
—Más… por favor, Kenny —suplicaba Cass, sus uñas clavándose en los hombros tatuados del Alfa.
Kenny bajó para morder suavemente el cuello del chico, justo al lado de la marca definitiva, mientras sus dedos continuaban su labor, preparando el cuerpo del Omega con una humedad necesaria.
—Vas a ser mi mayor desastre, Cassy —dijo Kenny con una voz sucia y cargada de deseo—. Voy a reclamarte de tal forma que no vas a poder caminar mañana sin pensar en mi nombre.
Sin más demora, Kenny se unió a él en un solo movimiento. Cass soltó un grito que fue ahogado por el beso rudo de Kenny. La sensación fue abrumadora; era el choque de dos mundos, la miel siendo inundada por el roble. Kenny empezó a moverse con un ritmo salvaje, una posición de poder que obligaba al muchacho a aferrarse a su cuello para no perderse.
—Eres mi Omega… dímelo —exigía Kenny entre embestidas, sus ojos fijos en los de Cass—. Di que eres de este criminal.
—Soy tuyo… todo yo es tuyo —gemía Cass, su rostro empapado de sudor y placer—. Tú me encantas… ¡Kenny, me encanta!
La intensidad subió cuando Kenny cambió la posición, girando a Cass para que quedara de espaldas, con sus manos apoyadas en el colchón. Desde atrás, la posesividad del Alfa se volvió total. Kenny lo sujetaba de las caderas con una fuerza que dejaría marcas, marcando el ritmo con una autoridad que hacía que el lazo biológico vibrara al máximo. Cada estocada era un sello, cada beso en su espalda era una promesa de protección eterna.
Cass sentía que su mente se borraba. Ya no existía Danilo, ni la cafetería, ni el miedo. Solo existía el calor de Kenny, la forma en que sus cuerpos encajaban y ese aroma a bosque quemado que lo llenaba todo. El placer era tan alto que Cass sentía que estaba cayendo al vacío, pero con la seguridad de que Kenny lo atraparía.
Finalmente, el clímax los alcanzó a ambos en una explosión de feromonas que saturó la habitación. Kenny se aferró a Cass, mordiendo suavemente su nuca mientras ambos llegaban al límite, sus respiraciones mezclándose en un solo suspiro agotado.
Se quedaron así por un largo rato, entrelazados entre las sábanas húmedas. Kenny no se alejó; mantuvo su peso sobre Cass, protegiéndolo incluso en el descanso. El sol ya se había ido por completo, y la luna empezaba a asomarse por la ventana.
—Ya no hay marcha atrás, dulce Omega —dijo Kenny, besando la marca de Cass con una ternura inesperada—. Ahora que te he reclamado así, el mundo puede intentar lo que quiera. Estás atado a mí para siempre.
Cass sonrió en la oscuridad, sintiendo el latido del corazón de Kenny contra su espalda. Estaba cansado, su cuerpo dolía de una forma deliciosa y su vida era un caos absoluto.
—Lo sé —respondió Cass—. Y es exactamente lo que quería.
No perdieron el tiempo. Kenny volvió a embestirlo.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho