Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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El Despertar de la Sangre
Eleanor Bianchi
— ¡Suelten a mi conejo!
Mi grito no fue una petición; fue una sentencia que rasgó el aire cenizo del inframundo. Mi voz, cargada con la autoridad de los Bianchi, resonó contra las paredes de piedra, silenciando por un instante el murmullo de los nobles. Odette, desde su posición segura tras el trono, sonreía con esa superioridad de quien se sabe intocable, pero ella no se movió. No lo necesitaba. Ella no luchaba; para eso tenía a su demonio humanoide, una aberración de clasificación A que extendió sus inmensas alas de cuervo, proyectando una sombra de muerte sobre el cuerpo maltrecho de Paipper.
Vi las garras de esa criatura hundirse con más fuerza en los hombros de mi sirviente. Vi cómo las orejas de Paipper se agitaban con espasmos de agonía y algo dentro de mí se rompió para siempre. No era solo el deseo de proteger una propiedad. Era la furia de ver cómo intentaban destruir lo único que me pertenecía por derecho emocional, lo único que no había sido impuesto por un linaje manchado.
A pocos metros de mí, Azrael y Perseo permanecían en tensión. Azrael, con su palidez de vampiro y la elegancia letal que lo caracterizaba, apretó los puños, dejando que sus colmillos asomaran apenas bajo el labio. Perseo, el guardián del inframundo, aferró su arma con una fuerza que hizo crujir sus nudillos. Sus miradas se cruzaron con la mía por apenas una milésima de segundo. No necesité emitir ni una sola orden verbal; el vínculo que nos unía fue suficiente. Entendieron el mensaje sin palabras: luchen, resistan, con o sin él, este suelo hoy se regará con la sangre de nuestros enemigos.
La batalla estalló como un volcán.
El demonio cuervo de Odette soltó un graznido que heló la sangre de los presentes y se lanzó al ataque. Azrael se movió con la velocidad sobrenatural de su raza, convirtiéndose en un borrón de movimiento que interceptó los primeros zarpazos del humanoide. Perseo, por su parte, invocó las cadenas del guardián, intentando inmovilizar las alas de la bestia que amenazaba con derrumbar el salón.
Yo no esperé a ver el resultado. Corrí.
Mis botas golpeaban el suelo con un ritmo frenético mientras esquivaba las ondas de choque que generaba el combate de los demonios. Mi objetivo era uno solo. El demonio cuervo intentó apartarme con un coletazo de su ala, pero me deslicé por el suelo, pasando por debajo de su alcance, y con un movimiento rápido obligué a la criatura a retroceder lo suficiente para que soltara a Paipper.
Mi conejo cayó al suelo como un fardo de ropa vieja. Me arrojé a su lado ignorando el caos que nos rodeaba. Sus muñecas estaban en carne viva, quemadas por cuerdas mágicas que brillaban con un tono violáceo repulsivo. Con manos temblorosas pero decididas, comencé a desatar los nudos, sintiendo el calor de la magia hostil quemándome las palmas.
— Paipper... mírame, quédate conmigo —susurré, mi voz apenas un ruego en medio del estruendo.
Él levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de terror, se enfocaron en mí con una lentitud dolorosa. Sus labios se movieron, secos, agrietados, y un aliento de voz escapó de su garganta.
— Ama... —susurró mi nombre.
— Shh, tranquilo, ya estoy aquí. No voy a dejar que te toquen de nuevo.
Intenté tranquilizarlo, pero la realidad nos golpeaba de frente. A pesar de ser poderosos, Azrael y Perseo estaban sufriendo. El demonio de Odette era una clasificación A pura, una máquina de matar diseñada para la guerra. Perseo sangraba por un costado y Azrael había sido lanzado contra una columna, dejando una grieta en el mármol. Odette, protegida por la duquesa Roberta, soltaba risitas nerviosas pero triunfales. Estábamos perdiendo.
Pero entonces, el aire se volvió pesado. Una presión atmosférica tan brutal que hizo que las antorchas se apagaran de golpe. El ambiente se cargó de una electricidad estática que erizó cada vello de mi cuerpo.
Y entonces, apareció él.
Un destello blanco, tan puro y violento que cegó a todos los presentes, inundó la estancia. En el centro de la explosión de luz, la silueta de Gio se recortaba contra el caos. No era el Gio de siempre; era la personificación de la furia absoluta. Gio, el amo y señor, el rey del inframundo, el único cuya clasificación A era un insulto para su verdadero poder, había llegado.
Su presencia era una tormenta que reclamaba su territorio. Sin mediar palabra, Gio se lanzó a la batalla. Sus movimientos no eran rápidos; eran instantáneos. El demonio cuervo, que un segundo antes parecía invencible frente a Azrael y Perseo, fue interceptado en el aire. Gio lo sujetó por la base de las alas y lo estampó contra el suelo con una fuerza que sacudió los cimientos de todo el castillo Bianchi.
La batalla se volvió feroz. Gio desató su furia de una manera que nunca antes había presenciado. No era solo fuerza física; era una autoridad metafísica que doblegaba la voluntad de cualquier otra entidad en la sala. El demonio cuervo intentó defenderse, lanzando ataques de sombras, pero Gio los atravesó como si fueran humo. Lo golpeó una, dos, tres veces, cada impacto sonando como un trueno, hasta que el poderoso humanoide cayó rendido, con las alas rotas y el cuerpo casi pulverizado por la presión del poder de Gio.
El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido de la pelea.
Odette, al ver a su gran campeón reducido a nada, cayó arrodillada al suelo. Sus ojos estaban desorbitados, mirando los restos de su demonio que apenas lograba respirar. Su seguridad se había evaporado, reemplazada por un temblor incontrolable que recorría todo su cuerpo.
Me puse en pie, ayudando a Paipper a sostenerse, aunque sus piernas flaqueaban y buscaba mi apoyo instintivamente. Me adelanté unos pasos, dejando que mi aura, ahora potenciada por el cambio que sentía en mis propias venas, llenara el vacío. Miré a Odette directamente a los ojos, con todo el desprecio que había acumulado durante años.
— Escúchame bien, hermana —mi voz sonó fuerte, gélida, cargada de una promesa de muerte—. Esta es la única vez que te perdonaré la vida por el simple hecho de compartir una parte de mi supuesta sangre. Pero graba esto en tu mente podrida: si me vuelves a retar, si vuelves a poner una mano sobre lo que es mío, te mataré. No habrá demonio, ni rango, ni siquiera tumadre podra salvarte de mi mano.
Con un gesto, señalé la salida. Los cinco —Gio, Azrael, Perseo, Paipper y yo— nos retiramos de aquel coliseo en ruinas, dejando atrás la humillación de los que se habían atrevido a traicionarme.
Caminamos en silencio hasta llegar a mi pequeña mansión, aquel refugio alejado de las intrigas del ducado familiar. Al entrar, el ambiente seguía cargado. El poder de Gio aún vibraba en el aire como un zumbido sordo. Me quité la capa manchada de sangre y me senté en uno de los sillones, indicándole a Paipper que se sentara a mi lado.
Gio se detuvo en el centro del salón y se cruzó de brazos, observándome con sus ojos felinos, analizando cada uno de mis gestos.
— ¿Qué estás tramando, Eleanor? —preguntó sin rodeos—. Nos llamaste a una batalla suicida, nos hiciste arriesgar el cuello... y ahora te comportas como otra persona.
Miré a los tres demonios que me rodeaban. Azrael limpiaba una herida en su labio y Perseo mantenía su guardia, aunque sus ojos mostraban un respeto nuevo.
— Primero que nada, gracias por venir —dije, mirando a cada uno de ellos—. Sé que no tenían por qué hacerlo, especialmente tú, Gio. Pero siento que esto es solo el principio. Algo más va a pasar, un misterio que late bajo el suelo de este ducado que Roberta apenas estaba empezando a despertar. Ella y su hija traman algo y no solo contra mi, contra todo el reino.
Hice una pausa, midiendo mis palabras.
— Una vez que resuelva este misterio, yo prometí dejarlos libres para siempre. Pero para llegar a ese punto, necesito tiempo y, sobre todo, su ayuda.
Me puse de pie, sintiendo ese calor sobrenatural recorrer mi columna, una fuerza que antes no conocía.
— Aunque por mis venas corre un gran poder, creo que no podré sola. Ya no soy la misma, he cambiado. Y ustedes saben que lo que yo prometo, lo cumplo. Tienen mi palabra de que sus deudas quedarán saldadas si me ayudan a terminar con esta oscuridad de una vez por todas.
Gio soltó una carcajada seca, una risa que no tenía alegría, sino una especie de aceptación reticente ante lo inevitable.
— Eres una mujer peligrosa, Eleanor Bianchi. Casi tanto como el trono que reclamas.
Se giró hacia los otros y les hizo una seña con la cabeza.
— Vámonos. Ya hemos hecho suficiente por hoy.
Azrael y Perseo me dirigieron una última mirada y siguieron a Gio hacia la salida, perdiéndose en la penumbra del pasillo. En pocos segundos, la mansión quedó en silencio, exceptuando el crepitar de la chimenea.
Paipper se había quedado sentado a mi lado. Sus manos vendadas descansaban sobre sus rodillas y sus ojos de color rosado brillante me observaban con una profundidad que me hizo detenerme. Me acerqué a él y le puse una mano en la mejilla, comprobando sus heridas.
— Deberías descansar, Paipper. Ha sido demasiado para ti hoy.
Él no se movió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia mi mano, buscando el contacto de mi piel.
— Ama... de verdad que estoy sorprendido —dijo con voz suave, pero extrañamente firme—. Por primera vez... creo que yo no me quiero ir.
Me quedé helada. Después de todo el dolor, de las humillaciones que sufrió bajo mi nombre, después de haberle ofrecido la libertad que tanto le había quitado... él decía eso.
— ¿Por qué? —pregunté, y la palabra quedó suspendida en el aire, cargada de una incertidumbre que ninguno de los dos sabía cómo resolver.