Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 16: Entrada sin refuerzos
Julio no esperó.
Llevaba apenas unos minutos en la puerta de la biblioteca, con Lucía temblando a su lado y las manos manchadas de ese rojo que podía ser cualquier cosa. Había hecho la llamada. Había pedido refuerzos. Pero algo dentro de él —algo que no era el alcohol, ni el cansancio, ni los fantasmas de la niña del atentado— le decía que no podía esperar.
—Julio, en serio —dijo Mario, su compañero, llegando casi sin aliento. Había aparcado el coche patrulla en doble fila y había cruzado la calle corriendo—. Hemos pedido refuerzos. Cinco minutos. Espérate.
—No hay cinco minutos —respondió Julio sin mirarlo.
—¿Cómo que no? La chica está fuera. No hay nadie gritando. No hay ruidos. Podemos esperar.
Julio se giró entonces. Lo miró fijamente. Y Mario, que lo conocía desde la academia, supo que no iba a convencerlo.
—¿Otra vez con tus cosas? —preguntó Mario, bajando la voz—. ¿Otra vez vas a meterte donde no debes por no poder esperar?
—Dentro hay sangre —dijo Julio—. Y un hombre desaparecido. Y una chica que tiembla como si hubiera visto el infierno. No voy a quedarme aquí con los brazos cruzados.
—Por eso te dieron el reconocimiento al mejor de la promoción —murmuró Mario, resignado—. Por cabezón.
Julio esbozó una media sonrisa. La primera en días.
—¿Me acompañas o me esperas aquí?
Mario suspiró. Desabrochó la funda de su pistola y asintió.
—A alguien tiene que sacarte los pies del charco cuando te metas en uno. Que ya sé que te vas a meter.
Entraron.
La biblioteca los recibió con un silencio espeso, de esos que pesan en los oídos. Julio levantó la mano haciendo señas: silencio, despacio, atentos. Mario asintió y se pegó a su espalda, cubriendo el ángulo izquierdo mientras Julio cubría el derecho.
El suelo de madera crujió bajo sus botas. Cada crujido les pareció un disparo en aquel silencio irreal.
Pasaron junto a las primeras estanterías. Libros. Muchos libros. Algunos abiertos sobre las mesas, como si los lectores hubieran salido al baño y nunca hubieran vuelto.
—Huele raro —susurró Mario.
Julio asintió. Olía a humedad, a papel viejo, sí. Pero también a algo metálico. A algo que ambos conocían demasiado bien.
Sangre.
Llegaron al mostrador. Vacío. La silla de Daniel seguía apartada, igual que la había visto Lucía. Sobre la mesa, la taza de café aún tibia. Y el libro abierto.
Julio se acercó despacio. Miró el libro. No entendió el título. Pero entendió la mancha oscura que bordeaba algunas páginas.
—Aquí —susurró, señalando el picaporte de la trastienda—. Mira.
Mario se agachó un poco. Vio la marca roja, aún húmeda, en el metal.
—¿Es sangre?
—No lo sé. Pero lo parece.
Julio rodeó el mostrador con sigilo. Mario lo siguió. La puerta de la trastienda seguía entreabierta, igual que la había dejado Lucía. Igual que la había dejado Daniel antes de huir, o de ser arrastrado, o de lo que fuera que había pasado allí dentro.
Julio apoyó la mano en la madera. Empujó. La puerta se abrió sin hacer ruido, como si alguien la hubiera engrasado para que nadie la oyera.
El interior era más oscuro. Una pequeña ventana alta dejaba pasar un haz de luz pálida que apenas iluminaba el polvo flotando en el aire. Olía a cerrado. A humedad. A algo que ninguno de los dos quería identificar.
—¿Ves algo? —preguntó Mario en un susurro.
Julio no respondió. Avanzó un paso. Otro. Sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra.
Vio cajas de libros apiladas. Una mesa desordenada. Una silla volcada.
Y luego, el zapato.
El mismo zapato que Lucía había visto. El zapato gastado de Daniel, sobresaliendo detrás de una estantería.
Julio levantó la mano. Mario se detuvo.
—Detrás de esa estantería —susurró Julio—. Hay alguien.
—¿Vivo o muerto?
—No lo sé.
Avanzaron juntos, pistolas en alto aunque sin apuntar todavía. El silencio era absoluto. Ni siquiera se oía la respiración del posible herido.
Julio rodeó la estantería.
Y allí estaba.
Daniel.
Tumbado boca arriba, con los ojos cerrados y el rostro pálido como el papel de los libros que tanto quería. Tenía una herida en la cabeza. Sangre. Bastante sangre. Pero el pecho se le movía. Subía y bajaba despacio, muy despacio, pero subía y bajaba.
—Vive —dijo Julio, arrodillándose a su lado—. Mario, llama a una ambulancia. Ya.
Mario no necesitó que se lo repitiera. Salió de la trastienda corriendo, buscando señal en el móvil.
Julio se quedó solo con Daniel. Con el silencio. Con la sangre que seguía brotando, aunque ya no con la misma fuerza.
—Daniel —susurró, acercándose a su oído—. ¿Quién te hizo esto?
Daniel no respondió. Pero sus labios se movieron. Un susurro tan débil que Julio tuvo que pegar casi su oreja a su boca para escucharlo.
—El sótano —dijo Daniel, sin abrir los ojos—. La casa de la abuela. Ahí está.
—¿Quién? —insistió Julio—. ¿Quién está ahí?
Daniel movió la cabeza, apenas un par de centímetros. Su mano temblorosa buscó la de Julio y la apretó con una fuerza que no parecía posible en su estado.
—Bruno —susurró—. Se llama Bruno. Y Lucía… Lucía es suya.
Los ojos de Daniel se cerraron del todo. La mano se aflojó.
Julio sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—¡Mario! —gritó—. ¡Que venga esa ambulancia ya!
Afuera, en la puerta de la biblioteca, Lucía seguía desmayada en el suelo.
Y en algún lugar, muy cerca, alguien encendía un Malboro y sonreía.