Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 10
La noche en Estácio era inusualmente calurosa, un calor pesado que parecía anunciar la tormenta. Davina esperaba en la plaza, frente al centro comunitario, el lugar que se había convertido en su trinchera. Cuando el deportivo negro de Danilo apareció, zigzagueando entre los baches y la basura, la multitud de vecinos se apartó con una mezcla de miedo y odio.
Danilo bajó del coche. Ya no quedaba rastro del hombre impecable de la oficina. Tenía las ojeras marcadas y la mirada de alguien que ha estado corriendo hacia un abismo.
—Viniste —dijo Davina, cruzada de brazos. Sus ojos buscaban en los de él alguna señal de la mentira.
—Te dije que lo haría —respondió él, acercándose. El silencio de los vecinos que observaban desde las sombras era sepulcral—. Davina, lo de Helenina...
—¿"Lo de Helenina"? —ella soltó una carcajada amarga—. Me hablaste de libertad, de cambiar las cosas, me besaste como si yo fuera lo único real en tu vida... ¡y tienes una esposa! Una mujer que vino aquí hoy a marcar su territorio y a amenazar con destruir todo lo que amo. ¿Quién eres realmente, Danilo? ¿El hombre que me enseñó a volar o el que me está cortando las alas por la espalda?
Danilo la tomó de los hombros, y esta vez no la soltó cuando ella intentó zafarse. Su voz bajó a un susurro desesperado, pero cargado de una verdad cruda.
—Escúchame bien, porque solo lo diré una vez. Mi matrimonio con Helenina no es un matrimonio. Es un contrato de fusión blindado. Hace cinco años, para salvar el imperio de mi padre de una quiebra fraudulenta que lo habría llevado a la cárcel, tuve que firmar un pacto con el clan de los Albuquerque. Helenina es la heredera de ese clan.
Davina lo miró con incredulidad.
—¿Me estás diciendo que te vendiste?
—Me entregué como garantía —corrigió él con dolor—. El contrato estipula que si hay un divorcio antes de que el Proyecto G-4 se complete, pierdo la presidencia, mis bienes son confiscados y, lo peor, las pruebas de los delitos de mi padre serán entregadas a la fiscalía. Ella no es mi mujer, Davina. Es mi carcelera. He pasado cada día de estos cinco años buscando una grieta en ese contrato, una forma de ser libre. Y cuando te conocí... creí que habías sido tú quien finalmente la encontró.
Davina sintió que el suelo se movía. La rabia seguía ahí, pero ahora se mezclaba con una lástima punzante.
—Me usaste para sentirte libre, Danilo. Pero no lo eres. Eres un esclavo en un traje de tres mil dólares. Y mientras tú juegas a los espías con tu contrato, mi gente está a punto de perderlo todo. Vete. Vuelve a tu jaula de oro.
—¡No me voy a ir sin que entiendas que lo que siento por ti es lo único real que tengo! —gritó él, perdiendo la compostura.
En ese instante, un sonido seco, como el de un vidrio rompiéndose, estalló dentro del centro comunitario.
Segundos después, una llamarada naranja y violenta lamió las ventanas de madera.
—¡FUEGO! —gritó alguien desde un balcón—. ¡EL CENTRO ESTÁ ARDIENDO!
El caos estalló en un parpadeo. El fuego, alimentado por la gasolina que alguien había rociado meticulosamente minutos antes, se propagaba con una velocidad aterradora. El centro comunitario no solo era un edificio; era donde estaban los documentos legales de la resistencia, las donaciones de alimentos y, lo más importante, era el refugio de tres ancianos que se quedaban allí por las noches porque no tenían a donde ir.
—¡Doña Rosa! ¡Don Samuel! —gritó Davina, desesperada, corriendo hacia la puerta principal.
—¡Davina, no! ¡Está demasiado avanzado! —Danilo la agarró de la cintura, frenándola justo cuando una explosión de calor la golpeó en el rostro.
—¡Suéltame! ¡Están adentro! ¡Tengo que sacarlos! —Davina luchaba, llorando de rabia y terror.
Danilo miró el edificio en llamas y luego a la mujer que amaba. Supo en ese momento que las palabras ya no servían. Si quería demostrarle quién era, tenía que actuar.
Sin decir una palabra, Danilo se quitó la chaqueta del esmoquin, se cubrió la boca con su camisa de seda y, ante la mirada atónita de Davina y los vecinos, se lanzó directo al infierno naranja.
—¡DANILO! —el grito de Davina se ahogó en el rugido del incendio.
Dentro del edificio, el humo era una pared sólida. Danilo tosía, sintiendo que sus pulmones se quemaban. Encontró a Don Samuel desorientado cerca de la cocina y lo cargó sobre sus hombros, sacándolo hacia la entrada donde los vecinos lo recibieron. Pero faltaba Doña Rosa.
Danilo volvió a entrar. El techo crujía. Una viga de madera envuelta en llamas cayó a pocos centímetros de él. Encontró a la anciana bajo una mesa, desmayada por el humo. La tomó en brazos, pero el camino de regreso estaba bloqueado por una cortina de fuego.
Afuera, Davina estaba de rodillas, rezando, con el rostro manchado de hollín. El Rolls-Royce blanco de Helenina apareció de nuevo en la entrada de la plaza, observando la escena desde la distancia, como una espectadora en un teatro.
De repente, una figura emergió entre las llamas. Danilo salió tambaleándose, con Doña Rosa en brazos. Su camisa estaba quemada, su piel roja por el calor y su cabello chamuscado. Dejó a la mujer en el suelo y colapsó justo cuando el techo del centro comunitario se derrumbaba en un estruendo final.
Davina corrió hacia él, acunando su cabeza en su regazo.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué?
Danilo abrió los ojos con dificultad, buscando a Helenina entre la multitud. Vio el coche blanco alejarse lentamente. Luego miró a Davina y sonrió con sangre entre los dientes.
—Porque un esclavo... no puede salvar a nadie —susurró—. A partir de hoy... ya no tengo nada que perder. Ni la empresa, ni el apellido. Solo te tengo a ti.
Mientras las sirenas de los bomberos se escuchaban a lo lejos, Davina miró los restos humeantes de su lucha. El fuego no había sido un accidente. Había sido un mensaje de Helenina. Pero al mirar a Danilo, herido y derrotado pero finalmente real, supo que la guerra apenas comenzaba.
Habían quemado su centro, pero acababan de encender una llama mucho más peligrosa: la de un hombre poderoso que ya no tiene miedo y una mujer que ya no tiene nada que callar…