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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

prólogo

El día que compré mi propia desgracia (con descuento)

Hola. Sí, tú, el que tiene este libro en las manos (o en la pantalla). Me llamo Alejandro. Y si tuviera que describirme en pocas palabras, te diría que soy ese tipo de persona que pide perdón cuando alguien más le pisa el pie en el Metrobus. Soy el que siempre manda el mensaje de "Buenos días, solecito ☀️" sin falta, el que carga las bolsas del súper de la vecina del 5B aunque tenga prisa, y el que cree firmemente que si eres lo suficientemente bueno con el universo, el universo te va a devolver el favor con creces.

Tengo veintiocho años, mido uno ochenta y dos, y tengo el pelo castaño siempre un poco despeinado, no por estilo, sino porque la vida me despeina. Mis amigos dicen que tengo "cara de buena gente", lo cual es una forma amable de decir que tengo cara de que me pueden ver la cara.

Pero bueno, ese martes yo era feliz. Asquerosamente feliz.

Estaba en la calle de Donceles, en el centro de la Ciudad de México, esquivando el olor a garnacha y humanidad, buscando el regalo perfecto para mi novia, Diana. Cumplíamos tres meses. Sí, ya sé, tres meses suena a poco, pero yo ya tenía planeado hasta el nombre de nuestro primer perro.

Entré a una librería de viejo, de esas que huelen a polvo y a historias olvidadas. Buscaba algo especial, algo que gritara "te amo" sin parecer un psicópata intenso (aunque tal vez ya lo parecía). Y entonces lo vi.

Estaba ahí, aventado sobre una mesa de saldos, debajo de unas revistas viejas de Muy Interesante. Era un libro pesado, forrado en una piel roja medio gastada. No tenía título en el lomo, solo unas letras doradas en la portada que decían: La Leyenda del Corazón Valiente.

—Uff, esto se ve potente —murmuré para mis adentros.

Sentí una punzada rara en el estómago, como cuando te comes unos tacos de dudosa procedencia y sabes que vas a sufrir, pero igual te los comes porque están buenos. Lo abrí. El papel era grueso y olía a humedad. Leí la primera frase:

"El amor verdadero solo se revela ante aquel dispuesto a sacrificar su orgullo por un beso."

—¡Exacto! —exclamé, emocionadísimo—. Eso es justo lo que siento por Diana. Orgullo, sacrificio, pasión. ¡Esto es una señal!

El señor que atendía el lugar, un viejito que parecía que llevaba ahí desde la Revolución, me miró con lástima.

—Ese libro no se vende, joven. Se adopta. Y suele salir caro a la larga —dijo con voz rasposa.

—No se preocupe, jefe. Pago lo que sea. A Diana le va a fascinar —le contesté con una sonrisa de oreja a oreja, sacando mi tarjeta de nómina.

El viejo suspiró, negó con la cabeza y me cobró cincuenta pesos. Una ganga. Salí de ahí sintiéndome el protagonista de mi propia comedia romántica. Me subí al metro imaginando la escena: llegaría a su departamento en la Narvarte, le daría el libro, ella lloraría de emoción y me diría que soy el amor de su vida.

Llegué al edificio. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón a mil. Abrí la puerta con mis llaves (porque sí, ya me había dado llaves, otra señal de que íbamos en serio, según yo).

—¡Amor, ya llegué! ¡Te traje una sor...!

La frase se me murió en la garganta.

Diana estaba en el Sillón. Pero el Sillón estaba ocupado. Muy ocupado.

Encima de ella había un tipo enorme, con espalda de refrigerador y tatuajes tribales. Reconocí esa espalda. Era su "primo" el del gimnasio, ese que siempre le daba likes en Instagram a las tres de la mañana.

Se quedaron quietos. El silencio fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

—¿Alejandro? —dijo ella, asomando la cabeza por detrás del hombro del refrigerador humano—. ¿Qué haces aquí tan temprano? Qué incómodo.

Sentí que el aire se me iba. El pecho me empezó a apretar. Me dio ese calor frío que te recorre el cuerpo cuando el cerebro no procesa lo que ven los ojos. Un ataque de ansiedad me golpeó de lleno. Empecé a hiperventilar.

—Yo... yo... —balbuceé, apretando el libro contra mi pecho como si fuera un escudo—. Pensé que... Diana, cumplimos tres meses. Yo pensé que nosotros... que tú y yo íbamos a...

—Ay, Alejandro, por favor —me interrumpió ella, rodando los ojos mientras se cubría un poco con un cojín—. Eres un lindo, de verdad. Pero eres demasiado "bueno". Me empalagas. Necesito a un hombre de verdad, no a un niño que me traiga flores y me pregunte si ya comí.

—Pero... el amor... —intenté decir, sintiendo las lágrimas picándome los ojos.

—Madura, Alejandro —soltó ella con frialdad, dándome el golpe final—. El amor verdadero no existe. Esas son fantasías para gente que no sabe vivir la realidad. Y francamente, me das un poco de pena.

El "primo" soltó una risita burlona. Ese sonido fue lo que me rompió. No pude más. No les grité, no los insulté, no hice nada digno. Hice lo único que sabía hacer: huir.

Di media vuelta y salí corriendo del departamento, bajando las escaleras casi rodando, con la vista nublada por las lágrimas.

Corrí sin rumbo hasta que mis pulmones ardieron. Terminé en el Parque Las Américas, me dejé caer en una banca de metal fría, debajo de un árbol que parecía tan triste como yo. La gente pasaba paseando a sus perros, riéndose, viviendo sus vidas perfectas mientras la mía se acababa de ir ala mierda.

—Soy un estúpido —sollocé, sorbiendo los mocos—. Un estúpido crédulo.

Miré el libro rojo que todavía tenía aferrado en la mano. La Leyenda del Corazón Valiente. Qué chiste.

Lo abrí buscando algún consuelo, alguna frase que me dijera que todo iba a estar bien, que el dolor pasaría. Mis lágrimas cayeron sobre las páginas amarillentas, mojando la tinta.

—Deseo entender... —susurré con la voz rota, sintiéndome más solo que nunca—. Deseo saber por qué el amor es tan difícil. ¡Deseo vivir algo que sea real, carajo!

El libro no me consoló. El libro hizo algo mucho peor.

Empezó a vibrar. Las páginas se calentaron. Una luz dorada y cegadora brotó del papel, iluminando el parque oscurecido como si fuera mediodía. El viento empezó a aullar a mi alrededor, pero nadie más parecía notarlo. Solo yo.

—¿Pero qué chingad...? —alcancé a decir.

Sentí un jalón en el ombligo, como si un gancho invisible me tirara hacia adentro de las páginas. El suelo bajo la banca desapareció. El ruido de los cláxones de la ciudad se apagó de golpe.

Lo último que pensé antes de que la oscuridad me tragara fue: "Seguro esto es porque no le di propina al viejito de la librería".

Y luego, el mundo se apagó.

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