Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Reglas
Valeria pasó la mañana evitando pensar.
Se aferró a planos, correcciones y llamadas como quien se aferra a una baranda en medio de un temblor. Cada línea recta, cada ángulo preciso, era una excusa para no escuchar el pulso incómodo que le vibraba bajo la piel desde hacía días. Desde que Tomás ocupaba el escritorio frente al suyo, desde que su voz grave había vuelto a instalarse en su memoria como una presencia persistente.
Habían trabajado en silencio. Profesional. Impecable.
Exactamente como ella había impuesto desde el primer segundo.
Y, aun así, algo se le estaba escapando de las manos.
El detonante llegó de forma absurda, mínima. Una tontería que no debería haber tenido peso.
Un error en una impresión.
Valeria se dio cuenta al revisar un plano ya enviado a obra. Un detalle mal escalado, apenas unos centímetros, pero suficiente para alterar todo un módulo. Sintió el fastidio treparle por la espalda como un latigazo.
—Esto está mal —dijo, más para sí misma que para él.
Tomás se levantó de inmediato. No invadió su espacio, no se adelantó. Simplemente se acercó lo justo para mirar lo que ella señalaba. Demasiado cerca. Lo suficiente.
Valeria percibió su presencia antes que su sombra. El calor de su cuerpo, el perfume sobrio que no era invasivo, la forma en que su atención se concentraba en el plano con una seriedad absoluta. No había rastro del joven de la noche de aquel sábado. En su lugar solo veía a un hombre atento, contenido.
—Tiene razón —dijo él—. Fue mi error. Lo corrijo ahora mismo y aviso a la obra antes de que avancen.
La naturalidad con la que asumió la responsabilidad la descolocó. No hubo excusas. No hubo nerviosismo. Solo eficiencia.
Cuando estiró el brazo para tomar el plano, sus dedos rozaron los de ella.
Fue apenas un segundo.
Pero el impacto fue brutal.
Valeria retiró la mano como si se hubiese quemado. El aire se volvió espeso. Sintió el recuerdo de la misma piel, de otros roces, de los murmullos contra su cuello, irrumpiendo sin permiso. Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza, traicionero, vivo.
Tomás lo sintió, también se detuvo.
La miró.
No con hambre.
No con desafío.
La miró como si entendiera exactamente lo que estaba pasando… y eligiera no avanzar.
Ese fue el verdadero golpe.
—Perdón —dijo él, dando un paso atrás—. No fue intencional.
Ella asintió, demasiado rápido.
—No pasa nada.
Mintió ella.
Pero sí pasaba. Pasaba todo.
El resto del día se volvió insoportable. Cada silencio era una cuerda tensa. Cada intercambio profesional llevaba una carga que nadie más parecía notar. Valeria se descubrió observándolo sin querer: la forma en que se concentraba, en que anotaba, en que escuchaba sin interrumpir. No había torpeza en él. Tampoco sumisión. Solo una calma que la desarmaba.
Y eso fue lo que la decidió.
No podía permitirse perder el control.
No en su espacio.
No en su trabajo.
No consigo misma.
A poco menos de diez minutos de la hora de terminar el horario de trabajo, respiró hondo y tomó una decisión que le apretó el pecho.
—Tomás —dijo, sin levantar la voz—. ¿puede quedarse un momento?
Él levantó la vista. Asintió sin sorpresa.
—Claro.
Cerró la puerta detrás de él. El clic suave del pestillo sonó demasiado definitivo.
Valeria no le ofreció asiento de inmediato. Caminó hacia su escritorio, apoyó las manos en la superficie de madera y se tomó un segundo para ordenar lo que iba a decir. O intentarlo.
—Necesitamos aclarar algo —empezó, sin rodeos.
Tomás permaneció de pie, recto, atento. No cruzó los brazos. No sonrió.
—Usted dirá.
Ella levantó la mirada. Sus ojos se encontraron. Sintió el golpe conocido, esa electricidad muda que no necesitaba contacto para existir.
—Lo que pasó antes de que empezara a trabajar aquí… —dijo, con voz firme—. No existe.
Lo dijo como una orden. Como una línea trazada con regla de acero.
Tomás no se movió.
—Aquí —continuó ella— el trato va a ser estrictamente profesional. Nada personal. Ninguna referencia. Ninguna… confusión.
Hizo una pausa, respiró.
—Yo no necesito un asistente. Pero mientras estés aquí, quiero que esto funcione sin interferencias. ¿Está claro?
El silencio se estiró.
Valeria esperó una réplica, una ironía, algo. Estaba preparada para defenderse.
Pero Tomás solo asintió.
—Está claro.
La facilidad con la que aceptó la descolocó.
—Acepto todas las reglas —añadió—. Sin objeciones.
Ella parpadeó.
—Bien.
Debería haber terminado ahí. Debería haber abierto la puerta y seguir con su vida.
Pero él habló de nuevo.
—Valeria...—dijo él,pronunciando su nombre sin cargarlo de nada. Ni súplica. Ni desafío.
Ella levantó la vista, contra su mejor juicio.
—Entiendo por qué lo hacés —continuó—. Y lo respeto. —Hizo una breve pausa, como si midiera cada palabra.—Solo quería decirte algo más. Y después no voy a volver a mencionarlo.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—Escucho.
—No me arrepiento de lo que pasó esa noche, mucho menos de haberte conocido.
No hubo sonrisa.
No hubo avance.
No hubo segundas intenciones visibles.
Fue una verdad dicha en voz baja, firme, casi serena.
Y eso fue lo que la desarmó.
Porque no había nada que combatir. Nada que corregir. Nada que expulsar.
Valeria sostuvo su mirada un segundo más… y luego apartó la vista.
—Puede retirarse —dijo, recuperando la dureza—. Mañana tenemos mucho trabajo.
Tomás asintió una vez.
—Como digas.
Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Cuando Valeria quedó sola, se llevó una mano al pecho. Su corazón latía demasiado rápido. No de miedo. De reconocimiento.
Había puesto límites.
Había recuperado el control.
¿O eso quería creer?
Esa noche, al llegar a casa, Samuel la observó sin decir nada. La vio dejar el bolso, quitarse los zapatos con más brusquedad de la habitual, caminar de un lado a otro como un animal encerrado.
—¿Vas a hablar o vas a fingir que no estás al borde del colapso? —preguntó él, sirviendo dos copas de la bebida que solo compartían ellos.
Valeria aceptó la copa. Bebió un sorbo largo.
—Le hablé claro. Le puse reglas.
Samuel arqueó una ceja.
—Ah… la frase favorita de las personas que ya están perdidas.
Ella lo fulminó con la mirada. Después suspiró.
—No me reconozco —admitió—. Y eso me da miedo.
Samuel chocó su copa con la de ella.
—Entonces bienvenida al club, cariño. Al menos sabes cuándo frenar.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Pero incluso en la quietud de su cama, incluso con las reglas claras y la distancia impuesta, su mente volvió a traicionarla.
Porque en la oscuridad, sin permiso, una voz grave pronunció su nombre.
Y esta vez, ella no fingió no escucharlo.