Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
NovelToon tiene autorización de Lilith James para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Alex
El motor ruge suave cuando la camioneta se pone en marcha. Miro de reojo a Olivia y está rígida. Con las manos juntas sobre el regazo, los hombros tensos, la mirada clavada en la ventana como si el vidrio pudiera tragarsela y sacarla de aquí. Pero la conozco lo suficiente —aunque la haya conocido hace nada— para saber que esa frialdad es puro teatro.
No me mira y eso lo hace más divertido.
—¿Siempre te subes a vehículos de “secuestradores” o soy un caso especial?— Pregunto con total calma.
Ella ni gira la cabeza.
—Llévame a mi casa.
—Eso no responde mi pregunta.
Suspira con fuerza.
—No hables.
Sonrío.
Ah, no. Ahora sí voy a hablar.
Me recuesto en el asiento, cruzando un brazo sobre el respaldo, mirándola sin disimulo.
—Dime algo, señorita prometida ejemplar… ¿Siempre besas a los hombres que te dan órdenes o solo a los que no deberías tocar?
Su cuello se pone rojo al instante. Bingo.
—Eres insoportable— Murmura, apretando los dientes.
—Pero no me dijiste que no.
Gira la cara hacia mí por fin, furiosa.
—Quiero irme a mi casa, Alex. Y si vuelvo a verte merodeando donde yo esté, te pondré una orden de alejamiento.
Me río. No puedo evitarlo al escuchar lo que dice.
—Dos cosas por las que sé que no lo harás— Levanto dos dedos. —Primero, para ponerme una orden de alejamiento que no pienso cumplir, tendrías que dar muchas explicaciones… y no te conviene que nadie escuche cierta historia nocturna— Agrego viendo como la frustación se cierne en su rostro al darse cuenta que tengo razón y que sus amenazas no surtirán efecto. —Y segundo— Me inclino un poco hacia ella. —Te gusta tanto como a mí este jueguito de yo te persigo y tú me rechazas.
Su mandíbula se tensa y vuelve a mirar por la ventana, fingiendo que no existo, pero su respiración ya no es estable. Estiro la mano y tomo un mechón de su cabello rojizo, enredándolo apenas entre mis dedos. No tiro fuerte, solo lo suficiente para acercala a mi y obligarla a que me mire.
Ella se queda inmóvil. Sus ojos se mueven hacia mí lentamente… y ahí está. Esa chispa, esa traición en su mirada color tormenta.
No es miedo, es otra cosa y sonrío de lado con la satisfación de ver como lo provoco.
—Ahí estás…— Murmuro. —La verdadera tú.
Tiro de su pelo un poco más fuerte, y el movimiento hace que suelte ese gemido bajo y traicionero que se me queda grabado en la piel.
La tengo inclinada hacia mí, su cabello enredado en mi mano, con su respiración desordenada chocando contra mi control. Podría seguir empujando, podría llevar esto a donde mi cuerpo quiere… pero lo que de verdad me prende no es eso. Es su lucha.
Sus ojos no están rendidos, están confundidos y asustados de sí mismos.
Duda. No por mí, por ella.
Su mirada se va al frente, hacia donde está el chofer, como si el mundo todavía existiera. Como si las reglas todavía pudieran salvarla de sí misma y entiendo al instante.
Aprieto el botón y el panel se eleva, aislándonos.
La recuesto sobre mis piernas, dejando su trasero expuesto para mí.
—Quiero que entiendas que lo que va a pasar ahora, es tu castigo por ponermela dura y no tener el valor para enfrentarla— Mis palabras salen con intención de provocarla, pero algo cambia.
La siento tensarse. No como lo hizo antes por el deseo, por otra cosa.
Su cuerpo se queda rígido, sus manos no me buscan, ni tratan de aferrarse están cerradas contra su pecho, como si se protegiera y ahí es donde freno.
Porque a mí me gusta provocar, empujar, jugar con el borde, no me gusta que me miren como si estuvieran atrapadas.
Suelto su cabello despacio.
—Ey...— Murmuro, bajando el tono. —Mírame.
No la toco ahora, solo la observo.
—Si no quieres, se termina. No necesito obligar a nadie para que me desee, Grimaldi— No sé lo que le pasa. Quiero adentrarme en su cabeza para saber que le dije que le provocó esa reacción.
Pero no será hoy. La ayudo a incorporarse y toma su posición distante de nuevo. Luciendo avergonzada quien sabe porque mierda.