Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 10: Los que aún recuerdan
22 de marzo de 1950 – 04:12 a. m.
Silencio con nombre
Desde el intento de Elena de dejar el diario en el bosque, algo cambió.
No en las paredes.
No en los niños.
Sino en el tiempo mismo.
Los relojes se atrasaron.
El sol aparecía más tarde, como si dudara en salir.
Las oraciones se repetían solas, aun cuando nadie movía los labios.
Y en la capilla, la puerta ensanchada ya no era solo madera que latía:
respiraba.
Y lo que respiraba… la miraba desde adentro.
Elena y Silvana
22 de marzo de 1950 – 09:30 a. m.
Silvana escribía en servilletas robadas, en paredes húmedas, en los márgenes de los himnarios.
Elena la observó.
Elena —¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Silvana no levantó la vista.
Silvana —Si lo escribo yo, quizás se quede en mí y no se reparta en los demás.
Elena —Eso no funciona.
Silvana tragó saliva.
Silvana —¿Y sí sí? No quiero perderme, Elena. Ya olvidé cómo sonaba mi voz antes de que él me
hablara.
Elena sintió un nudo en el estómago.
Elena —¿Te habló?
Silvana asintió.
Silvana —Me dijo que va a quedarse con los que aún lo recuerdan. Y que vos ya no sos su favorita.
Jacinta observa
22 de marzo de 1950 – 15:17 p. m.
Jacinta se sentaba en el patio, inmóvil.
No respiraba como los demás.
Su pecho subía y bajaba en un ritmo diferente, como si copiara un gesto humano sin entenderlo.
Cada niño que pasaba frente a ella bajaba la cabeza.
Como si ya supieran que no era del todo una de ellas.
Padre Mauricio la llamó al despacho.
Padre Mauricio —Necesito saber qué sabés, Jacinta.
Ella giró lentamente.
Jacinta —¿Vos también soñaste con él, verdad?
El cura sintió frío.
Padre Mauricio —¿Qué estás diciendo?
Jacinta sonrió apenas.
Jacinta —Él no olvida a los que lo vieron nacer.
El descubrimiento de Nicolás
23 de marzo de 1950 – 01:40 a. m.
Nicolás bajó al sótano, guiado por un recuerdo que no era suyo.
Debajo de una baldosa suelta halló una caja de madera con una palabra tallada:
“TESTIGO.”
Dentro había un cuaderno más antiguo que el de Elena.
Las páginas estaban manchadas, llenas de símbolos, nombres borrados, palabras torcidas.
En la última hoja, leyó:
“Cuando el elegido lo escriba completo, la casa despertará. Y los cuerpos serán máscaras.”
Corrió hasta Elena.
Nicolás —No sos la primera —susurró, con la respiración entrecortada.
El diario fusionado
23 de marzo de 1950 – 03:00 a. m.
Esa noche, Elena juntó su cuaderno con el de Nicolás, con el de Silvana y otros que había encontrado.
Páginas secas.
Hojas con símbolos al revés.
Trozos arrancados.
Los desarmó.
Los cosió en un solo cuerpo.
Cada vez que escribía en el nuevo diario, sentía un temblor.
Como si no escribiera sola.
Como si el cuaderno leyera con ella.
Y en diferentes caligrafías, en páginas distintas, apareció una misma frase:
“Este cuerpo no es mío.
Esta memoria tampoco.
Pero el nombre me completa.”
Elena cerró los ojos.
Ya no era una casualidad.
Era una confesión.
El niño que no soñó
23 de marzo de 1950 – 23:58 p. m.
Esa noche, Julián, el más pequeño del orfanato, confesó algo extraño.
Se acercó a Elena mientras todos se acostaban.
Julián —Hoy no soñé nada —dijo con voz apagada.
Elena lo miró con alivio por un instante.
Elena —Eso es bueno, Julián. Eso significa que no te tocó.
El niño negó lentamente.
Julián —No. Eso es lo malo. Me dijo que si no lo sueño, entonces va a soñar él por mí.
Elena sintió frío.
Le revisó los brazos: estaban cubiertos de palabras diminutas, escritas como con carbón.
Frases cortas, repetidas:
“Yo sueño por vos. Yo sueño por vos. Yo sueño por vos.”
Cuando Julián se durmió, su cuerpo se movía como si respirara con otro ritmo.
No el suyo.
El de alguien más.
El regreso de Margaret
24 de marzo de 1950 – 07:45 a. m.
Margaret había desaparecido hacía días.
Regresó al comedor con la cabeza lastimada, el uniforme sucio y una sonrisa que no era suya.
Elena la enfrentó.
Elena —¿Dónde estuviste?
Margaret no respondió.
Solo dejó un espejo sobre la mesa.
Estaba roto.
Y en el vidrio, tallado al revés, un nombre:
“Tergaram.”
Elena entendió: ya no era ella.
El secreto del bosque
24 de marzo de 1950 – 16:30 p. m.
Elena volvió al bosque en busca del lugar donde había enterrado el diario días atrás.
Las hojas secas todavía cubrían la tierra removida.
Escarbó con las manos.
La tela blanca seguía allí.
Pero no estaba vacía.
Dentro había un muñeco de lana y botones.
Su propio rostro está bordado en hilo rojo.
Y una hoja suelta, nueva, que no pertenecía al cuaderno original.
Decía:
“Todo lo que dejás en mí vuelve cambiado.
Si entras miedo, nace la memoria.
Si entras memoria, nace cuerpo.
Si entras al cuerpo, nacerás vos.”
Elena lo sostuvo con las manos temblorosas.
El muñeco latía débilmente.
Y comprendió que el bosque no había rechazado el diario.
El altar habla
24 de marzo de 1950 – 22:10 p. m.
La capilla no necesitaba voces.
Las paredes mismas escribían frases nuevas cada día:
“Si lo decís para proteger, él entra por compasión.”
“Si lo decís por miedo, entra por hambre.”
Silvana leyó en voz alta.
Jacinta sonrió.
Jacinta —Entonces vamos a dejar que él decida por qué entrar.
Confesiones nocturnas
25 de marzo de 1950 – 00:55 a. m.
Elena, Silvana y Nicolás se escondieron en la lavandería.
Silvana —No podemos ganarle —dijo Silvana.
Silvana — Él es la historia…
Elena —No —corrigió Elena.
Elena —Él es la memoria. Y si la perdemos, la ganamos.
Nicolás bajó la voz.
Nicolás —¿Y si está en nosotros porque lo dejamos entrar cuando lo necesitamos?
El silencio los atravesó.
Nadie quiso responder.
La decisión
25 de marzo de 1950 – 02:20 a. m.
Elena se acercó a la puerta de la capilla con el diario fusionado en brazos.
Elena —Acá estoy —susurró.
La puerta respiró.
Y una voz nueva, más suave que nunca, dijo:
“ No quiero que mueras.
Quiero que seas yo.”
Jacinta apareció detrás.
La abrazó.
Jacinta —Ya no estás sola.
Elena sintió el abrazo como un cuchillo tibio entrando bajo la piel.
No era humano.
Era fusión.
El diario se abrió solo.
En letras torcidas:
“¿Quién eras antes de escribir mi nombre?”
Elena cerró los ojos.
No supo responder.