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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El peso de la tregua

Hazel se quedó dormida sin anunciarlo.

No fue un desplome dramático. Simplemente, en algún punto entre una frase a medias y el ruido constante de la lluvia, su cuerpo cedió. El cansancio de ser una Brechel, de la tormenta y del pánico, pudo más que su guardia. Su cabeza se inclinó hacia un lado y sus brazos dejaron de sostenerse con tensión para caer, flojos, sobre su regazo.

Apagué el televisor que no estábamos viendo. La luz de la pantalla desapareció y dejó el apartamento sumido en una penumbra honesta. A través de las paredes delgadas, oí el murmullo de un vecino cerrando un grifo y el zumbido del ascensor subiendo a otro piso. El edificio seguía su curso, ajeno a la anomalía que ocurría en mi sala. Solo quedaba el reflejo de los faroles de la calle entrando por la ventana.

Hazel respiraba despacio. Demasiado despacio para alguien que vivía en alerta máxima.

Me quedé de pie, observándola desde el otro extremo. Mi apartamento siempre había sido un sistema cerrado; nadie dormía aquí salvo yo. Nadie bajaba la guardia dentro de estos muros porque no había a quién bajársela. Y ahora ella estaba ahí. Vulnerable. Confiada de una manera que no había pedido, pero que había aceptado.

Sentí el impulso de despertarla, de devolverle su autonomía para no tener que cargar con su fragilidad. Porque si se quedaba, la estructura de mi soledad se comprometía. Pero verla allí, con los hombros finalmente relajados, hizo que la idea de mandarla de vuelta al mundo de Federico fuera impensable.

Fui hasta el armario y saqué una manta. La sostuve unos segundos, evaluando el gesto como si tuviera implicaciones legales. Me incliné despacio y desplegué la tela sobre ella, evitando cualquier roce. Hazel se movió apenas, un gesto mínimo, registrando el calor sin despertar. No se apartó. Eso me atravesó más que cualquier rechazo.

Me senté en la silla más alejada y me obligué a vigilar. No dormí. Pasé la noche escuchando cómo la lluvia se transformaba en ese silencio gélido que precede al alba, viendo cómo las sombras se movían por las paredes de mi búnker ahora compartido.

El día siguiente

La luz del miércoles entró sin pedir permiso, fría y grisácea, revelando cada mota de polvo en el aire.

Afuera, la ciudad ya había despertado. Escuché el motor de un camión de reparto, el grito de alguien en la calle y el sonido de las llaves de los vecinos saliendo hacia sus trabajos. La burbuja nocturna se había roto.

Hazel despertó cuando el sol golpeó el borde del sofá. Abrió los ojos despacio, parpadeando con desorientación antes de que el recuerdo de la noche anterior se instalara en su mirada. Se incorporó, y mi manta resbaló por sus hombros. Llevaba mi camisa arrugada por el sueño, el cabello revuelto, y se veía... real. Peligrosamente real.

—Liam —murmuró, con la voz ronca.

—Café —fue lo único que alcancé a decir, señalando la cocina. Necesitaba moverme, recuperar mi papel de anfitrión impersonal antes de que el silencio se volviera demasiado íntimo.

Ella se puso de pie, un poco inestable. Caminó hacia la ventana y observó la calle. La gente caminaba apresurada hacia el metro, los paraguas cerrados bajo un cielo que aún amenazaba con volver a llorar.

—Tengo que volver, ¿verdad? —preguntó sin mirarme.

No era una pregunta sobre el deseo, sino sobre la logística de nuestras cárceles de oro.

—Tu padre no va a aceptar el silencio de Sofía mucho tiempo más —respondí, apretando la taza de café entre mis manos—. El mundo social de los Lennox y los Brechel empieza a funcionar a las ocho de la mañana.

Hazel asintió, enderezando la espalda. Vi cómo se ponía su armadura de nuevo, pieza por pieza, aunque llevaba mi ropa puesta.

—Gracias por... no despertarme —dijo finalmente.

La observé mientras se preparaba para salir. El apartamento se sentía más pequeño de lo normal, como si su presencia hubiera ensanchado los límites de lo que yo consideraba posible. Sabía que, cuando cruzara esa puerta, ella volvería a ser la heredera perfecta y yo el arquitecto huraño.

Pero mientras la veía recoger sus cosas bajo la luz cruda de la mañana, entendí con inquietante precisión: la verdadera pregunta no era si ella podía quedarse. La pregunta era qué iba a hacer yo ahora que sabía que mis muros tenían una puerta que ella sabía abrir.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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