Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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Fanáticas locas
...CAPÍTULO 10...
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...SOFÍA RÍOS ...
El martes empezó como cualquier otro martes: con el despertador sonando, yo apagándolo sin mirar, volviéndolo a ignorar, y después levantándome de golpe cuando vi la hora.
O sea, un caos.
El tipo de caos que me define.
Caminé por el apartamento con el cabello hecho un nido, intentando encontrar mis zapatos mientras peleaba contra el estómago. No sabía si tenía hambre o si me iba a desmayar. Honestamente, podía ser ambas.
Llegué a la oficina intentando disimular mi miseria biológica, pero apenas entré, la luz blanca del techo me dio una bofetada cósmica.
Excelente.
Mi cabeza empezó a latir como si tuviera un tambor dentro y yo solo necesitaba sobrevivir.
—Buenos días, Sofía —dijo Gisela desde su oficina con esa voz demasiado dulce para esta hora.
—Buenos días… —respondí forzando una sonrisa que seguramente parecía una mueca de dolor.
No habían pasado ni diez minutos cuando me sentí mareada. Literalmente mareada. Yo, la mujer que se creía fuerte, sobreviviente de cafés hirviendo, tráficos horrendos y turnos horribles… estaba a punto de desmayarse por enviarle un correo a Leonardo con un informe.
El embarazo es un deporte extremo, pensé mientras mis rodillas temblaban.
Entré al despacho de Gisela con los informes financieros, haciendo esfuerzos heroicos por mantener mi compostura.
—Aquí está lo que pediste —dije, ofreciéndole la carpeta.
Gisela la tomó, pero sus ojos se clavaron en mi cara.
—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato.
—¿Qué? ¿Yo? Nada. Estoy… estoy perfecta —dije justo antes de sentir cómo todo mi estómago se revolvía.
—Sofía… —Gisela me tomó del hombro y me guio a uno de los sofás de cuero. Me hizo sentar con suavidad. Me dio un vaso con agua, yo lo tomé como si fuera un oasis en pleno desierto.
—Es normal en los primeros meses —dijo en voz baja, con una ternura que casi me hizo llorar—Las náuseas, el mareo, el agotamiento… ¿estás comiendo bien?
—Intento —dije mirando el vaso, avergonzada—Pero tengo hambre todo el tiempo. Literal. Todo. El. Tiempo.
—Eso pasa —rió—. Pero si no te alimentas bien, claro que te vas a sentir así. Luego me miró como quien analiza un caso complicado—Sofía, deberías irte a tu casa. Descansa.
—No puedo —dije rápido—. Tengo que seguir trabajando. Necesito el sueldo, y faltan semanas para que la universidad empiece… y no quiero atrasarme…
Gisela me interrumpió levantando una ceja.
—A ver, Sofía: piensa en tu bebé.
Esa palabra todavía me hacía temblar.
Bebé.
Siempre que alguien la decía, sentía que se me encogía el pecho.
—Tu salud no es negociable —continuó Gisela—Y menos en esta etapa. Además… Nathan podría ayudarte con algunos gastos.
—¿Nathan? —pregunté demasiado rápido, atragantándome con el aire.
Gisela ladeó la cabeza.
—Pues sí. Es el papá, ¿cierto? Y siendo quien es, no creo que vaya a dejarte sola económicamente.
Yo me cubrí la cara con las manos.
—Gisela, por favor, baja la voz —susurré.
Ella levantó las manos como en rendición.
—Tranquila, tranquila. Aquí nadie escucha. Abel está en reunión y los demás están ocupados fingiendo trabajar desde que Leonardo llegó.
Yo suspiré, cansada.
Aunque la preocupación de Gisela era real, me desencajaba escuchar Nathan y papá en la misma frase. Todavía se sentía irreal.
—Si necesitas salir antes, vete —me insistió—. Y por favor come algo. Te ves muy pálida.
—Es la luz —dije, mintiendo descaradamente.
Lo peor es que ella tenía razón. Me sentía mal.
No solo mal emocionalmente sino también físicamente. El tipo de mal que hace que cada minuto parezca un episodio dramático.
El resto de la mañana fue un festival de síntomas.
Naúseas, mareos, ganas de llorar sin razón, hambre descomunal: triple.
A eso de las once, me atreví a abrir Twitter para revisar un enlace que me había enviado Carolina…Y ahí las vi.
Las criaturas del infierno.
Las fanáticas de la banda ASTRA.
Las “AstraLovers”.
Sin exagerar: eran capaces de rastrear la sombra de la sombra de los muchachos. Al iniciar el viaje de regreso de los chicos, la noche anterior, habían hecho tendencia global el hashtag:
#ASTRABackHome
… y debajo, claro, aparecía:
#SofíaRíosOut
#AlexHanDeserveBetter
#SofíaLaYokoOno
Yo pegué un suspiro tan largo que pensé que me iba a desfallecer. Porque claro, olvidaba un pequeño detalle:
A las AstraLovers no les caigo muy bien que digamos. Nunca les caí bien. Y nunca, jamás, van a aceptar mi noviazgo con su ídolo.
Las fanáticas tóxicas tenían todo un mandamiento organizado alrededor de mí:
“Si Alex sonríe es por nosotras.”
“Sofía es solo un estorbo temporal.”
“Cuando terminen, él volverá a su verdadera familia (nosotras).”
“Su verdadera familia”.
Ajá.
Locas.
L-O-C-A-S.
Y ni hablar de las fanáticas extremas de Nathan. Las “SolarNath”. Solo por haber sido vista dos veces cerca de él, ya habían intentado descifrar mi árbol genealógico y declararme una amenaza nacional.
Si se enteran que estoy embarazada, pensé tragando saliva. Me acribillan públicamente. Apagué el teléfono y lo lancé dentro de mi bolso como si me quemara.
Pasada la una de la tarde, Gisela volvió a salir con un tupper.
—Come —ordenó.
—Gisela… no puedo comer en horario que no sea…
—Si no comes, voy a llamar a tu hermana —me amenazó.
Me metí la comida a la boca de inmediato. Era arroz con pollo y juro que me supo a gloria celestial.
—Gracias… —murmuré con la boca llena.
—Ay, Sofía —suspiró ella, sentándose a mi lado—Vas a salir adelante. Lo harás. Solo… deja que te cuidemos un poco.
Sentí los ojos llenos de lágrimas otra vez.
Por las hormonas, el cansancio, por miedo. Y también porque, aunque no lo decía en voz alta, sí agradecía tener a alguien que no me juzgara.
Respiré profundo, intentando estabilizarme, y entonces Gisela dijo:
—Por cierto… viste lo que están diciendo las fans de ASTRA hoy, ¿verdad?
Yo gemí.
—¿¡QUÉ MÁS DICEN!?
—Creo que una amenazó con mudarse al país en cuanto Alex anuncie que vuelve —respondió entre risas como si hablara del clima—. Dice que está lista para “recuperarlo”.
—¿Recuperarlo de qué? —pregunté indignada.
—Pues… de ti.
—Ya ni siquiera estará conmigo cuando se entere de la verdad —murmuré bajito.
Ella me miró con tanta empatía que se me estrujó el corazón y pensé en Nathan, el día de la cita prenatal. En su sonrisa cuando escuchó el ritmo del corazón del bebé. En cómo él tomó mi mano como si se estuviera agarrando a la vida misma.
Yo ya tenía la cabeza hecha un desastre.
Entre Alex, Nathan, las fans, el trabajo, la universidad y mi estómago dando volteretas… Lo único que quería era dormirme y despertar en 2040.
Pero no podía. Tenía que enfrentar todo esto. Poco a poco. Gisela se levantó y palmeó mis hombros.
—Anda, termina el día tranquila. Y por favor, piensa en decírselo a Alex pronto.
Sentí el estómago revolverse otra vez.
Pero esta vez no eran por las náuseas.
Era miedo.
Miedo real.