Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Ocho años atrás
Un sonido agudo perforó el silencio.
No era un sonido familiar, no era la alarma de un monitor cardíaco ni el pitido rítmico de una máquina de hospital anunciando que el corazón todavía latía. Era algo más cotidiano, más mundano, más... vivo. Un sonido que pertenecía a otro tiempo, a otra vida, a una versión de sí misma que creía muerta y enterrada bajo años de compromisos y concesiones.
Valeria abrió los ojos de golpe.
El movimiento fue tan brusco que el mundo giró durante un instante, manchas de color bailando frente a su visión como fuegos artificiales que se niegan a apagarse. El corazón le martilleaba en el pecho con una fuerza que dolía, como si quisiera salirse del cuerpo, como si supiera algo que su mente todavía no procesaba.
El techo era blanco. Pero no el blanco inmaculado y frío del mármol italiano de su casa con Alejandro, ni el blanco estéril de un hospital donde podría haber despertado si hubiera sobrevivido. Era un blanco normal, humano, imperfecto. Un blanco con una pequeña mancha de humedad en una esquina que reconoció al instante, que le provocó un vuelco en el estómago que no sabía si era de alegría o de terror.
Esa mancha tenía forma de corazón. La había descubierto cuando tenía catorce años, acostada en la cama durante una tarde de lluvia, buscando figuras en las imperfecciones del techo como quien busca formas en las nubes. Siempre la odió. Siempre quiso pintar el techo para cubrirla, para que su habitación fuera perfecta, para que no hubiera imperfecciones que recordaran a nadie que vivía en una casa modesta, una casa donde el techo se manchaba cuando llovía demasiado.
Pero ahora, ver esa mancha fue lo que la hizo llorar.
Las lágrimas salieron sin aviso, silenciosas al principio y luego convulsivas, sollozos que le sacudían el pecho mientras las manos aferraban las sábanas como si fueran un salvavidas. No era un llanto de tristeza, ni siquiera de alivio. Era algo más primitivo, más difícil de nombrar. Era el llanto de alguien que ha visto el abismo y de repente se encuentra de vuelta en terreno firme, sin entender cómo ha llegado ahí.
Se incorporó tan rápido que la sangre le zumbó en los oídos y las estrellas bailaron ante sus ojos de nuevo, obligándola a cerrar los párpados durante un momento hasta que el mareo pasó. Su habitación. La de cuando tenía veinte años. El mismo escritorio desordenado, con apuntes de clases que ya había olvidado hacía tiempo, cubiertos de garabatos y subrayados de diferentes colores. La misma ropa en la silla, esperando ser doblada, una pila que su madre le había pedido que ordenara "hace tres días, Valeria, tres días, ¿es tan difícil?". El mismo póster de una banda que ya ni recordaba haber escuchado, con las esquinas dobladas por el tiempo y el sol que había desteñido los colores.
Todo igual. Todo exactamente igual.
Corrió al espejo que colgaba sobre el tocador, ese espejo donde tantas veces se había examinado buscando defectos, deseando ser diferente, queriendo ser más bonita, más elegante, más digna de la vida que soñaba.
El reflejo la devolvió la mirada.
Ojos más grandes de lo que recordaba, sin las ojeras profundas que los últimos años le habían grabado como cicatrices permanentes bajo los ojos. Piel más tersa, con ese brillo de juventud que ella nunca supo apreciar cuando lo tenía, preocupada siempre por imperfecciones que ahora veía insignificantes. Expresión más ingenua, más abierta, más... viva. Sin el agotamiento que se había instalado en su rostro como un invitado permanente, sin esa dureza alrededor de la boca que venía de años de sonreír cuando no tenía ganas.
—No puede ser... —susurró, y su voz le sonó extraña, más clara, sin el tono de disculpa perpetua que había desarrollado durante su matrimonio.
Se tocó la mejilla. Estaba caliente. La piel respondía a su contacto con la sensibilidad de los vivos, no con la frialdad que recordaba de sus últimos momentos. Respiró hondo, contando hasta cuatro, soltando el aire lentamente como le habían enseñado en esas clases de yoga que Alejandro había considerado "una pérdida de tiempo para gente sin nada mejor que hacer". El aire entraba y salía de sus pulmones sin esfuerzo, sin ese dolor punzante que había sentido en el suelo de mármol, sin la dificultad creciente que precede al final.
Salió de la habitación como una sonámbula, como si sus pies supieran el camino mejor que su mente, guiados por una memoria corporal que no necesitaba pensamiento consciente. El pasillo era el mismo. Las fotos familiares en las mismas paredes, en los mismos marcos baratos que su padre había comprado en una feria navideña: ella con el uniforme del colegio, sonriendo con la felicidad de quien todavía no sabe lo que es fingir; sus padres en su boda, jóvenes y esperanzados; una foto de toda la familia en la playa cuando ella tenía doce años, con la piel quemada por el sol y el pelo lleno de sal.
El olor a café que siempre preparaba su madre por las mañanas flotaba en el aire, ese olor que en la otra vida había intentado recrear con máquinas caras, con granos importados, con baristas especializados, sin conseguirlo nunca. Porque el olor no era solo café. Era café preparado por su madre en la cafetera vieja, en la cocina donde había crecido, con el tiempo necesario para que los aromas se desarrollaran plenamente. Era hogar, condensado en un aroma.
Se detuvo frente al calendario de la cocina.
Un calendario de esos que regalan en las ferreterías, con imágenes de paisajes genéricos y los días marcados con citas y recordatorios escritos en diferentes colores. La letra de su madre, apresurada y práctica, llenaba los cuadros de anotaciones: "pago de luz", "cumpleaños tía Marta", "reunión de padres", "entregar trabajo final Valeria".
Su mirada se clavó en la fecha.
Ocho años atrás.
Ocho años exactos.
El número parecía brillar en la página, reclamando su atención, exigiendo que lo reconociera. Ocho años antes del día en que Alejandro la empujó. Ocho años antes de su muerte. Ocho años de vida que se extendían ante ella como un camino sin trazar, esperando a que ella decidiera qué dirección tomar.
—Mamá... —llamó, y su voz se rompió en el intento, cargada de algo que no sabía nombrar. No era solo el alivio de verla viva. Era la posibilidad de hacerlo diferente esta vez. De decir todo lo que se quedó sin decir. De ser la hija que debería haber sido.
Su madre apareció desde la cocina, con una espátula en la mano y esa expresión de prisa perpetua que siempre la caracterizó, como si el mundo estuviera constantemente a punto de colapsar si ella no lo mantenía unido. Llevaba el mismo delantal de flores que había usado durante años, con una mancha de grasa en el bolsillo que nunca lograba quitarse por más que lo lavaba, las mismas zapatillas gastadas que usaba solo en casa, el mismo pelo recogido en una trenza que se deshacía por los lados.
—¿Qué? ¿Ya vas a salir? No olvides que hoy tienes que entregar ese trabajo, el de historia, ¿verdad? Y pasa por la tienda a comprar leche, que se nos acabó ayer y tu padre se quejó toda la mañana porque no podía tomar café con leche. Y...
No terminó la frase. Valeria la abrazó con una fuerza que ninguna de las dos esperaba, apretándola contra sí como si fuera a desaparecer en cualquier momento, como si el simple hecho de soltarla pudiera devolverla a ese suelo frío donde había muerto. El cuerpo de su madre era real, sólido, caliente. Podía sentir los huesos bajo la carne, el latido del corazón, el aroma a jabón y café y esa esencia inconfundible que era solo suya.
—¿Valeria? —la voz de su madre pasó de la irritación a la preocupación en cuestión de segundos, y luego a algo más suave, más cercano al miedo—. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? ¿Te duele algo? Hija, me estás asustando.
—Solo... —respiró hondo, sintiendo el calor de su madre, ese calor que había extrañado durante los dos años que sobrevivió a su muerte en la otra vida, esas noches en que lloraba en silencio en una mansión vacía, recordando sus consejos, sus regaños, su forma de poner la mesa, su risa cuando algo de verdad la divertía—. Solo quería abrazarte. Necesitaba abrazarte.
—Qué niña más rara —murmuró su madre, pero sus brazos la rodearon también, con ese gesto automático de quien ha abrazado a su hija miles de veces y conoce el terreno de memoria. Las manos le acariciaron la espalda con movimientos suaves, rítmicos, calmantes—. ¿Segura que estás bien? ¿Te duele algo? ¿Quieres que te prepare un té? ¿Fue algún niño en la universidad? Porque si alguien te hizo algo, vas a tener que decírmelo para que tu padre vaya a hablar con sus padres, y...
—No, mamá. Nada de eso. Solo... tuve un sueño muy feo. Un sueño donde pasaban cosas malas. Donde te perdía.
—Ay, mi niña. Los sueños son solo sueños. Ya estás aquí. Ya despertaste.
Valeria sintió un nudo en la garganta que le impedía hablar. Si supiera su madre lo real que había sido ese sueño. Si supiera que había muerto, que había sentido la vida escaparse, que había visto el vacío en los ojos de quien debía amarla.
Pero no podía decírselo. Sonaría a locura. Y aunque le creyera, ¿qué ganaban con que su madre supiera que en otra versión de la realidad, su hija había terminado en el suelo de una mansión fría, desangrándose mientras su esposo la observaba con indiferencia?
Se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. Estaba viva. Su madre estaba viva. Todavía tenía tiempo. Todavía podía decirle todo lo que en la otra vida se quedó sin decir, todos los "te quiero" que dio por sentado, todas las gracias que nunca pronunció, todos los momentos que dejó pasar creyendo que habría más.
Pero también pensó en Laura. En los mensajes que había ignorado. En la humillación pública que nunca había tenido oportunidad de reparar. En esa cena maldita donde eligió el orgullo antes que el amor de su prima, antes que la verdad, antes que todo lo que importaba.
—Mamá... ¿tú crees que se puede cambiar lo que uno hizo? ¿Qué uno puede... volver atrás y hacerlo diferente?
Su madre frunció el ceño, confundida por el giro de la conversación, por el tono filosófico que no era propio de las mañanas de su hija, que solían estar dominadas por la prisa y las quejas sobre clases aburridas.
—¿A qué viene eso tan temprano? ¿Hiciste algo que no debías?
—No. No exactamente. Solo... pienso en cosas. En gente que lastimé sin querer. En oportunidades que desperdicié.
—Ah, eso. ¿Es por la prima Laura? ¿Por lo de esa cena? Ya se le pasará. Son cosas de primas. Ustedes siempre han tenido sus más y sus menos, desde niñas. Recuerdo cuando peleaban por los juguetes y cinco minutos después ya estaban jugando otra vez.
—¿Y si no se pasa? ¿Y si yo necesito pedirle perdón y ella no quiere escucharme? ¿Y si ya es demasiado tarde para arreglarlo?
Su madre la miró largamente, con esa expresión que solo las madres tienen, esa mezcla de saberlo todo y no saber nada, de entender más de lo que dicen y decir menos de lo que entienden. Dejó la espátula sobre el mostrador y limpió las manos en el delantal antes de responder.
—Si necesitas pedir perdón, pídelo. No esperes a que sea demasiado tarde. Eso es lo único que puedo decirte. El "qué dirán" no importa cuando te quedas con la conciencia tranquila. Y si ella no quiere escucharte, al menos tú tendrás la tranquilidad de haberlo intentado. Pero no creo que sea el caso. Laura te quiere. Siempre te ha querido. Lo que pasó fue... desafortunado. Pero no irreversible.
Valeria sintió el nudo en la garganta apretarse más.
Demasiado tarde. Ella sabía lo que era demasiado tarde. Lo había vivido, lo había sentido, lo había sangrado en el suelo de mármol. En la otra vida, Laura nunca volvió a hablarle después de esa cena. Nunca respondió los mensajes que ella nunca tuvo el valor de enviar. Nunca supo que su prima había muerto hasta que fue demasiado tarde para decir todas las cosas que se habían callado.
—Hoy no voy a la universidad —dijo, con una determinación que sorprendió a su madre.
—¿Qué? ¿Cómo que no vas? Tienes que entregar ese trabajo, Valeria. El profesor dijo que no había excusas, que era el último día, y si no lo entregas...
—Tengo algo que hacer. Algo más importante. Algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.
Su madre suspiró, ese suspiro largo y exasperado de quien ha criado a una hija testaruda y sabe cuando es inútil discutir. Pero también había algo más en su mirada. Quizás vio algo en los ojos de Valeria, algo que le dijo que no era una rabieta adolescente, ni una excusa perezosa, sino algo más profundo, más necesario.
—Está bien. Pero mañana vas. Y ese trabajo lo entregas aunque tengas que rogárselo al profesor. ¿Entendido?
—Entendido.
Cuando Valeria salió de casa, el sol comenzaba a calentar la mañana con esa luz dorada que solo existe en ciertas horas del día, cuando el mundo todavía parece fresco y lleno de posibilidades. La calle estaba igual que siempre: los mismos vecinos paseando perros, los mismos autos estacionados frente a casas que conocía de memoria, el mismo perro del vecino del frente que siempre ladraba cuando alguien pasaba frente a su puerta, como si cada transeúnte fuera un intruso potencial en su territorio.
Caminó hacia la parada del autobús con una mezcla de miedo y determinación que le aceleraba el corazón y le secaba la boca. No sabía si Laura querría verla. No sabía si podría reparar el daño que había causado con sus palabras hirientes, con su desprecio público, con años de silencio orgullosos. No sabía si las cosas que había dicho en esa cena tenían remedio alguno.
Pero en la otra vida, había aprendido una lección fundamental, una verdad que le había costado todo para entender: el arrepentimiento sin acción no servía de nada. Las disculpas que no se piden son tan vacías como las promesas que no se cumplen. El perdón no era algo que se recibía pasivamente, sino algo que se cultivaba con acciones concretas, con humildad real, con la disposición a parecer débil si eso significaba hacer lo correcto.
El autobús llegó con ese ruido característico del motor viejo, las puertas abriéndose con un chirrido que necesitaba aceite. Valeria subió, pagó el pasaje con monedas que sacó del bolsillo, y se sentó junto a la ventana. Durante todo el trayecto, miró pasar la ciudad que creía haber perdido para siempre. Cada esquina, cada semáforo, cada persona que subía y bajaba, cada edificio que reconocía de su vida anterior, todo parecía más brillante, más vivo, más real de lo que había sido en los últimos años de su matrimonio.
Y en cada detalle, en cada imagen que pasaba frente a sus ojos, veía una oportunidad. Una oportunidad para no repetir los mismos errores. Una oportunidad para ser quien debió ser desde el principio. Una oportunidad para elegirse a sí misma, por primera vez en su vida.