Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 9
Capítulo 9: Afuera somos desconocidos
Sebastián no preguntó por Andrés en la sala.
Tampoco lo hizo en el pasillo, ni frente a Paola, ni cuando Marcos recogió las carpetas numeradas una por una para llevarlas a destrucción. Cumplió el papel de Director Montero hasta el último segundo, firmó el acta, despidió a la delegación brasileña y dejó que Valentina saliera con su gafete de `Intérprete externa` como si no hubiera visto cómo se le había ido la sangre de la cara.
La alcanzó en el estacionamiento subterráneo.
—Profesora Solís.
Valentina se detuvo junto a una columna marcada con el número 4B.
—Director Montero.
Él miró alrededor. Había cámaras, dos empleados esperando el elevador y un guardia junto a la caseta.
—¿Cinco minutos?
—Estoy trabajando.
—La sesión terminó.
—Sigo bajo contrato hasta entregar mis notas.
Sebastián aceptó el golpe.
—Entonces cuando termines.
No era una pregunta.
Valentina debería haber dicho que no. En cambio, media hora después, ya sin gafete y con la carpeta devuelta, lo encontró en una sala pequeña junto al área de dirección. Marcos cerró la puerta por fuera sin mirar de más.
El silencio cayó pesado.
—No voy a preguntarte quién es Andrés Castellano —dijo Sebastián.
Valentina soltó el aire por la nariz.
—Acaba de hacerlo.
—No. Acabo de decirte que vi tu reacción.
—Mi reacción no es asunto suyo.
—Correcto.
La respuesta la descolocó.
Sebastián estaba de pie junto a la ventana, sin saco, con las mangas perfectamente abotonadas. No parecía celoso. No parecía molesto. Eso la hizo sentirse peor, porque una parte ridícula de ella había esperado una pregunta que pudiera rechazar.
—No quiero hablar de él —dijo.
—Entonces no hablamos de él.
Valentina lo miró.
—Necesito agregar una regla.
—Te escucho.
Esta vez no sacó libreta. No hacía falta. La frase llevaba formándose desde el momento en que lo vio en la suite, desde la camioneta negra, desde La Hacienda, desde cada saludo público que le tocaba la piel.
—En público, no nos conocemos.
Sebastián no se movió.
—Ya tenemos distancia profesional.
—No es suficiente.
—¿Por Andrés?
—Por mí.
Eso sí lo alcanzó. Lo vio en la mandíbula, en el modo en que bajó apenas la mirada antes de volver a ella.
Valentina dio un paso hacia la mesa para no sentirse tan pequeña frente a la ventana.
—Tengo veinticinco años. Soy profesora por contrato en una universidad pública, hago trabajos freelance y vivo en un edificio donde el vigilante sabe qué días compro pan. Usted tiene treinta y seis, dirige Grupo Montero y su apellido abre puertas antes de que toque. Si alguien nos ve juntos, no van a decir "qué bonito, se conocen". Van a decir que soy una trepadora.
—Valentina.
—Van a decir que me acosté con usted para conseguir contratos. Que Rodrigo Serna no fue el problema, que yo siempre estuve buscando subir. Que si entro a una reunión, es porque usted me metió. Que si me pagan bien, es porque soy su amante.
La palabra quedó en la sala, fea y caliente.
Sebastián cerró la mano sobre el borde de la mesa.
—No permitiría que hablaran así de ti.
—No podría impedir que lo pensaran.
Él no respondió.
—Y aunque pudiera —continuó ella—, no quiero vivir necesitando que usted cierre bocas por mí. Mi reputación es lo único que tengo que no heredé, no me regalaron y no le debo a nadie.
Sebastián la miró durante tanto tiempo que Valentina sintió ganas de cruzarse de brazos. No lo hizo.
—¿Qué significa "no nos conocemos"? —preguntó al fin.
—Si coincidimos en un evento, somos dos personas que tal vez se han visto por trabajo. Nada más. No me saluda si no es necesario. No me busca con la mirada. No me manda a Marcos. No me lleva en su camioneta. No aparece en mi edificio.
—Eso ya estaba.
—Ahora está más claro.
—¿Y en privado?
Valentina apretó los labios.
—En privado veremos si hay algo que valga la pena cuidar.
La frase le salió antes de poder retirarla.
Sebastián la sostuvo con la mirada. Por primera vez en toda la conversación, algo parecido a una herida le cruzó la cara y desapareció de inmediato.
—Afuera somos desconocidos —dijo él.
Valentina tragó saliva.
—Sí.
—Adentro todavía no sabes.
—No lo complique.
—Lo estoy resumiendo.
Era absurdo que quisiera sonreír en ese momento.
No sonrió.
Sebastián tomó su saco del respaldo de la silla.
—De acuerdo.
Tan simple.
Tan caro.
Valentina lo sintió en el espacio entre los dos, como si acabara de pedirle que se quitara algo visible de encima.
—Gracias.
—No me agradezcas esto.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta.
La honestidad la dejó sin respuesta.
Tres noches después, Valentina entendió cuánto le disgustaba.
La Gala Becas del Río se celebró en el Club Social La Ceiba, con mesas redondas, arreglos de flores blancas y un escenario donde la universidad agradecía donativos para estudiantes de bajos recursos. Valentina asistió como parte del equipo de interpretación y apoyo académico de USV. Llevaba un vestido verde oscuro prestado por Luciana y unos aretes pequeños de perla falsa que Carmen juraba que parecían finos.
Sebastián estaba en la mesa principal.
Ella lo vio al entrar.
Él también la vio.
Y no hizo nada.
Perfecto.
Exactamente lo que ella había pedido.
Durante la primera media hora, la regla funcionó como una máquina cruel. Rector Sandoval la llamó para apoyar a una representante extranjera de la fundación invitada; Valentina tradujo una conversación breve sobre becas de movilidad, sonrió, explicó el programa de lenguas de USV y consiguió que la mujer prometiera revisar un convenio de intercambio.
Cuando volvió a la mesa de apoyo, Paola le apretó el brazo.
—Eso fue excelente. Sandoval ya te vio cara de recurso institucional.
—No sé si eso es bueno.
—Es bueno si aprendes a cobrarlo.
Valentina rió bajo.
Dos señoras de la mesa vecina la miraron de arriba abajo cuando escucharon su nombre. Una preguntó en voz baja si era "la joven intérprete de los Montero". La otra contestó que ahora todos querían pegarse a los apellidos grandes.
Valentina siguió sonriendo.
Por dentro, la regla dejó de parecer exagerada.
Desde la mesa principal, Sebastián escuchaba el discurso de un empresario con la misma expresión de siempre. Nadie habría notado que su mirada había pasado una vez por la zona de traductores.
Valentina sí.
Y también notó que no levantó el teléfono, no mandó a Marcos, no cruzó la sala para decirle "bien hecho".
Cumplía.
Eso era lo insoportable.
Entonces Felipe Navarro apareció junto a la mesa de traductores con dos copas de agua mineral y una sonrisa de viejo compañero de posgrado.
—Valentina Solís, la mujer que humilló a tres profesores con una tesis sobre traducción jurídica.
Valentina soltó una risa antes de poder detenerse.
—Felipe, tú lloraste con esa tesis.
—Por admiración académica. Y por falta de sueño.
La risa le salió más libre esta vez. Necesitaba reírse. Necesitaba recordar que había mundos donde nadie la miraba como secreto, riesgo o escándalo.
Desde la mesa principal, Sebastián levantó su copa de agua.
No hacia ella.
Hacia un donante que acababa de hablarle.
Pero sus dedos apretaron el cristal un segundo de más.
Valentina siguió riéndose con Felipe.
Y Sebastián, por acuerdo de ambos, no pudo acercarse.