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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Serena Mora despertó con la sensación de haber olvidado algo importante.

La fogata ya era ceniza. Tomás Calvo revisaba las marcas de protección alrededor del campamento, Alicia Nieves repartía pan seco con una paciencia casi maternal y Valentina Rojas discutía con un guardia de Héctor sobre la manera correcta de cargar un carruaje dañado.

Lilo estaba sentado sobre la piedra de comunicación.

Eso nunca era buena señal.

—¿Qué hice? —preguntó Serena, todavía envuelta en la manta.

—Buenos días para ti también.

—Lilo.

El loro movió las alas.

—Hablaste dormida.

Serena se quedó helada.

—¿Qué dije?

—Algo sobre una tesis, un archivo y no encadenar a Adrián si se asusta.

Serena cerró los ojos.

—Dime que nadie escuchó.

Lilo miró hacia el borde del campamento.

Adrián Navarro estaba de pie junto a una roca, ajustándose la venda de la muñeca. No la miraba. Esa era precisamente la señal de que había escuchado demasiado.

—Perfecto —murmuró Serena—. Maravilloso. Me encanta empezar el día arruinando mi coartada imaginaria.

—Técnicamente nunca tuviste coartada.

—No ayudes.

El viaje continuó antes de que el sol terminara de subir.

Tomás decidió evitar la ruta abierta y conducir al grupo por un camino lateral entre barrancas bajas. Valentina caminaba delante, impaciente, quemando con una chispa las ramas que estorbaban más de lo necesario. Alicia iba cerca de los heridos. Serena caminaba a ratos para no quedarse tiesa dentro del carruaje, aunque cada piedra del camino parecía decidida a probar su falta de coordinación.

Adrián se mantuvo a varios pasos de ella.

No lejos.

Tampoco cerca.

Esa distancia incómoda la acompañó toda la mañana.

—Paso lateral —recordó Valentina cuando Serena tropezó por tercera vez.

—Estoy haciendo un estudio profundo del suelo.

—El suelo ya te ganó.

—Qué cruel es la educación arcana.

Valentina sonrió sin mirar atrás.

Tomás, que iba al frente, levantó una mano para detener al grupo.

El camino estaba bloqueado.

Un árbol enorme había caído atravesado entre dos paredes de piedra. A un lado, un carruaje elegante esperaba detenido, negro con bordes dorados, demasiado limpio para esa ruta de polvo. Dos sirvientes intentaban mover ramas sin éxito. Otro hombre, vestido con ropa fina de viaje y botas impecables, estaba sentado sobre el tronco como si el desastre fuera un escenario construido para él.

León Castellar levantó la mirada.

Serena lo reconoció antes de que él dijera una sola palabra.

En la novela, León era el tipo de personaje que entraba en una escena con una sonrisa arrogante, provocaba a todos, perdía la paciencia con facilidad y aun así conseguía que el lector siguiera esperando su regreso. Segundo príncipe de un reino lejano, abandonado por la corte en demasiadas formas, orgulloso hasta la estupidez.

En persona, era más irritante.

Y, por desgracia, más guapo.

—Por fin —dijo León—. Gente con manos útiles.

Valentina se cruzó de brazos.

—¿Perdón?

León bajó del tronco con una agilidad perfecta y sacudió una mota inexistente de su manga.

—El camino está bloqueado. Ustedes son muchos. Nosotros somos pocos. La lógica se explica sola.

—La lógica dice que tú también tienes manos —respondió Serena.

León la miró por primera vez.

Sus ojos eran claros, atentos, demasiado vivos. Recorrieron la capa sencilla de Serena, las botas manchadas, el cabello mal recogido y la piedra de comunicación atada a su cinturón. Luego se detuvieron en su cara.

—Qué atrevida.

—Qué observador.

Valentina soltó una carcajada.

Tomás cerró los ojos un segundo, como si pidiera paciencia a una fuerza superior.

León inclinó la cabeza, divertido.

—No sabes quién soy.

—Estoy calculando si importa.

Uno de los sirvientes casi dejó caer una rama.

Alicia dio un paso discreto hacia Serena.

—Serena...

—¿Qué? —Serena mantuvo la sonrisa—. Si es alguien importante, seguro nos lo dirá en los próximos tres segundos.

León sonrió más.

—León Castellar.

Ahí estaba.

Tomás hizo una inclinación formal.

—Alteza.

Valentina no se inclinó tanto. Alicia sí, con educación.

Serena tardó medio segundo más de lo prudente. No por rebeldía planeada, sino porque su cerebro se quedó atorado en la palabra "alteza" y en la idea de que acababa de hablarle a un príncipe como si fuera un compañero molesto de clase.

Se inclinó al fin.

—Serena Mora.

—De Ciudad Azul —dijo León—. He oído de tu familia.

—Espero que cosas fiscalmente responsables.

Tomás tosió.

León soltó una risa breve.

—No exactamente.

Tomás caminó hacia el tronco caído y revisó la raíz atascada entre las piedras.

—Con Éter de tierra podríamos levantarlo —dijo—, pero ninguno de nosotros lo maneja bien.

—Yo puedo quemarlo —ofreció Valentina.

—Y dejar brasas en medio del camino —respondió Alicia—. Con los carruajes dañados, no es buena idea.

León se apoyó contra su carruaje.

—Mis hombres llevan media hora intentándolo. Si la Orden tampoco puede, tendré que considerar que su fama está exagerada.

Valentina levantó una mano.

Serena la tomó de la muñeca antes de que saliera fuego.

—No. Necesitamos el camino, no un príncipe rostizado.

—Qué imagen tan específica —dijo León.

—Fue una tentación muy específica.

Lilo se acercó al oído de Serena.

—Sugerencia de conocimiento moderno: principio de palanca y tracción angular.

Serena parpadeó.

—¿Me estás diciendo que derrotemos a la realeza con física básica?

—No uses la palabra física. Genera preguntas.

Serena caminó hasta el tronco. No tenía Don arcano, pero sí había sobrevivido a suficientes mudanzas estudiantiles como para saber que empujar algo enorme de frente era la forma más rápida de quedar en ridículo.

—Necesito cuerdas, dos ramas largas y a todos empujando desde ese lado, no desde aquí.

León arqueó una ceja.

—¿Das órdenes además de comentarios?

—Cuando la gente empuja mal, sí.

Tomás estudió el ángulo del tronco y asintió.

—Tiene sentido. Si liberamos la raíz primero, rodará hacia el desnivel.

—Exacto —dijo Serena, aliviada de que alguien con autoridad tradujera su idea a un idioma respetable.

Valentina sonrió.

—Mira nada más. Polvo útil.

—Voy a tomar eso como progreso.

Cinco minutos después, las cuerdas estaban atadas. A la señal de Tomás, los guardias tiraron desde un lado, Valentina quemó solo las ramas pequeñas que atrapaban la raíz y León, después de mirar como si aquello estuviera por debajo de su dignidad, terminó empujando con los demás.

El tronco crujió.

Luego rodó hacia la barranca con un golpe sordo.

El camino quedó abierto.

Serena se sacudió las manos, intentando no parecer demasiado satisfecha.

León la miraba distinto.

No con gratitud. Eso habría sido pedir demasiado.

Con curiosidad.

Su mirada pasó entonces a Adrián.

El humor se le apagó un poco.

Adrián estaba detrás de Serena, callado, con el hombro vendado bajo la capa y los ojos fijos en León. No había sombra visible en el suelo, pero el aire alrededor de él parecía más denso cuando alguien lo miraba demasiado.

—¿Y él? —preguntó León.

—Adrián Navarro —dijo Serena.

—No pregunté su nombre.

—Pues fue lo que obtuviste.

Valentina se cubrió la boca con el dorso de la mano, encantada.

León volvió a mirar a Serena. La irritación y el interés se mezclaron en su rostro con una claridad peligrosa.

—Interesante.

—No suelo confiar en la gente que dice eso después de conocerme.

—Haces bien.

Tomás intervino antes de que la conversación se convirtiera en otra cosa.

—Alteza, también vamos a Monte Celeste. Si movemos el árbol juntos, todos avanzamos.

León miró el tronco. Luego miró a sus sirvientes, a los discípulos, a Serena y por último a Adrián.

—Muy bien. Pero si vamos a compartir camino, aclaremos algo.

Serena ya sabía que no le iba a gustar.

—Dime.

León señaló a Adrián con una sonrisa afilada.

—No viajo de espaldas a alguien que parece querer matar a medio mundo.

Adrián no se movió, pero Serena dio un paso hasta quedar entre ambos, igual que la noche anterior, igual que en la mazmorra, aunque esta vez él no estaba encadenado.

—Entonces camina de lado.

Por primera vez, León Castellar se quedó sin respuesta inmediata.

Luego sonrió como si acabara de encontrar entretenimiento para todo el viaje.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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