Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 9
Capítulo 9: No eres mi dueño
El dolor no llegó como una ola.
Llegó como dientes.
Mateo cayó de rodillas en la capilla abandonada, una mano contra la herida recién cerrada y la otra clavada en la madera de la mesa. El acónito se encendió en su sangre con una inteligencia cruel. No quemaba todo al mismo tiempo. Elegía. Nervios. Músculos. El borde de la columna. La base del cráneo.
*Arrodíllate.*
La orden de Velasco seguía ahí, enterrada detrás de sus ojos.
Mateo intentó levantarse.
El cuerpo no le obedeció.
Al otro lado de la capilla, Kaia se dobló con un gruñido ahogado. Una mano contra las costillas. La otra contra la pared, dedos tensos, uñas arañando la pintura vieja junto a la cruz polvorienta.
Mateo sintió ese arañazo en su propio pecho.
No como una herida.
Como culpa.
—Kaia —logró decir.
—No hables.
Su voz salió rota.
Eso lo asustó más que el dolor.
Kaia nunca sonaba rota.
Afuera llovía con más fuerza. Los pasos corrían por el patio de Valle Seco, lejos y cerca a la vez, pero nadie entró. Tal vez Cruz había ordenado privacidad. Tal vez la capilla olía demasiado a castigo para que alguien quisiera acercarse.
Mateo apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió.
—El estabilizador.
Kaia negó con la cabeza.
—Tu dosis es mañana.
—No me importa.
—A mí sí.
Él soltó una risa que terminó en un jadeo.
—Qué conmovedor.
Kaia se enderezó a medias. Tenía el rostro pálido y los ojos demasiado claros. El dolor hacía que su scent se volviera amargo, una flor blanca aplastada bajo metal caliente.
—Si te doy otra dosis ahora, tu cuerpo puede rechazarla. El sello puede cerrarse más.
—¿Y si no me la das?
—Te vas a retorcer hasta que Velasco se aburra.
—Entonces decide rápido.
Ella lo miró.
El bond tiró entre ellos, tenso y sucio, pero real. Mateo lo sintió en la piel, en el calor bajo las costillas, en el impulso absurdo de arrastrarse hacia ella aunque ella estuviera sufriendo por su culpa.
No.
No por su culpa.
Por Velasco.
Kaia cruzó la capilla como si cada paso le arrancara algo. Sacó un frasco pequeño de su chaqueta. No era el estabilizador transparente de Salazar. Este líquido era más oscuro, con sedimento verde en el fondo.
—¿Qué es?
—Una dosis de emergencia.
—¿Robada?
—Sobrevivir en Sierra Oscura exige vocabulario flexible.
Mateo habría sonreído si no estuviera a punto de vomitar fuego.
Kaia se arrodilló frente a él.
Demasiado cerca.
La lluvia en su scent llenó la capilla. El dolor en su rostro no borraba la concentración. Le sostuvo la mandíbula con dedos firmes y Mateo sintió el contacto como electricidad bajo la piel.
—Traga.
—No me des órdenes.
—Traga, Rojas.
Lo hizo.
El líquido bajó como veneno frío. Primero le apagó la garganta. Después le encendió el estómago. Mateo se dobló hacia adelante y Kaia lo sostuvo por los hombros.
No suave.
Suficiente.
El acónito retrocedió un poco.
No desapareció.
Velasco seguía allí, como una risa detrás de una puerta cerrada. Pero la orden perdió dientes.
Mateo respiró.
Kaia cerró los ojos un segundo.
La mano de ella seguía en su hombro.
Ninguno se movió.
Mateo notó primero el temblor en sus dedos. No era debilidad. Era contención. Kaia sostenía su propio dolor tan fuerte que el cuerpo ya no sabía dónde esconderlo. La forced custody había convertido su sangre en una habitación con una sola lámpara: si uno ardía, el otro veía la luz.
—Tú también necesitas algo —dijo él.
—No.
—Kaia.
Su nombre volvió a alterar el aire.
Ella apretó la mandíbula.
—No voy a gastar dos dosis por una orden de Velasco. Eso es exactamente lo que quiere. Que agotemos lo poco que tenemos.
—Lo que quiere es verte caer.
—Y tú estás demasiado dispuesto a darle espectáculo.
Mateo quiso responder con veneno. Quiso decirle que él no le debía nada, que su dolor no era asunto suyo, que la Moon Goddess podía haberse guardado ese vínculo cruel para una noche menos miserable.
En cambio vio la mancha oscura bajo la venda de su hombro.
Plata.
La herida del bosque seguía abierta.
—Déjame verla.
Kaia lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—No.
—No te estoy pidiendo confianza. Estoy pidiendo información. Si la plata se abrió con el castigo, vas a perder movilidad antes de llegar a la camioneta.
—¿Ahora eres healer?
—Ahora tengo ojos.
Kaia apartó la mano de su hombro. Por un segundo Mateo pensó que se iba a negar otra vez. Después giró apenas, lo suficiente para que él viera la venda bajo la chaqueta abierta.
No era permiso completo.
Era una rendija.
Mateo la tomó.
Levantó el borde de la tela con dos dedos. No tocó piel. Aun así, el calor del bond subió por su mano como si hubiera hundido los dedos en fuego. La herida estaba inflamada, bordes oscuros por la plata, el centro rojo y húmedo.
Kaia no hizo ningún sonido.
Pero su scent se volvió amargo.
—Terca —murmuró él.
—Cautivo.
—Eso no es un insulto si lo repites tanto.
—Lo será cuando encuentre uno mejor.
Mateo presionó la venda de nuevo, más firme.
—Necesitas limpieza y descanso.
—Necesito que no mueras antes de regresar.
La frase salió demasiado directa.
Kaia lo supo.
Mateo también.
El bond respondió con un pulso bajo, caliente, un latido que no era deseo todavía, no exactamente. Era reconocimiento. Algo en ambos cuerpos oyendo una verdad que sus bocas no querían permitir.
—También te alivió a ti —dijo él.
—El crest acepta la custodia.
—No era una pregunta.
Ella soltó sus hombros.
Demasiado rápido.
—No confundas esto.
—¿Con qué? ¿Con bond? ¿Con piedad? ¿Con que tu mano tembló cuando caí?
Kaia se puso de pie.
—No sabes nada de mí.
Mateo apoyó la espalda contra la mesa.
—Sé que Velasco dijo “arrodíllate” y tú sentiste el castigo conmigo.
—Porque él lo diseñó así.
—Sé que me diste una dosis que no querías usar.
—Porque si mueres, yo pago.
—Mentira.
La palabra se quedó entre ellos.
Kaia giró despacio.
Su mirada habría hecho callar a un Warrior.
Mateo no era un Warrior.
—Tu scent cambia cuando mientes —dijo.
La ira llegó primero. Metálica. Afilada. Después, debajo, miedo.
—Y el tuyo cuando estás cerca de mí —respondió ella.
Mateo se quedó inmóvil.
Kaia dio un paso hacia él.
—No creas que eres el único condenado por esto. Cada vez que respiras cerca, mi loba quiere arrancar la puerta de la habitación y esconderte donde nadie pueda tocarte. Cada vez que sangras, algo aquí —se tocó debajo de las costillas— responde antes de que yo decida. ¿Eso quieres oír?
Mateo tragó.
Su lobo se quedó quieto.
Atento.
—Quiero oír que no estoy perdiendo la cabeza.
Kaia sostuvo su mirada.
La lluvia llenó el silencio.
—No la estás perdiendo.
Fue peor que una caricia.
Más íntimo que el contacto.
Mateo cerró los ojos un instante.
—Entonces es real.
—Sí.
—Y aun así no es suyo.
Kaia tardó un segundo en responder.
—No.
Mateo abrió los ojos.
—No eres mi dueña.
Ella levantó la barbilla.
—Y tú no eres el mío.
El bond tiró, como si la mentira de ambos le diera risa a la Moon Goddess.
Mateo soltó el aire despacio.
—Entonces hagamos una regla.
Kaia no apartó la mirada.
—Odio las reglas.
—Las de él. Esta es nuestra. —La palabra nuestra casi lo hizo reír, por lo peligrosa, por lo imposible—. Si esto existe, no le pertenece. Ni a Velasco. Ni a tu pack. Ni a mi sangre. Nadie lo usa para arrodillarnos sin que al menos intentemos morder.
El scent de Kaia cambió.
No se suavizó.
Se afirmó.
Como tierra después de lluvia aceptando una raíz.
—Esa regla va a matarte —dijo.
—Probablemente.
—No me gusta desperdiciar recursos.
—Entonces mantenme vivo.
Ella lo miró como si quisiera odiarlo por haber hecho que eso sonara menos a broma que a pacto.
Y por primera vez, no negó querer hacerlo.
La puerta de la capilla se abrió de golpe.
Beta Cruz entró empapado por la lluvia, con una pistola en la mano y la mirada dura.
—Encontramos al atacante. Muerto. Se cortó la garganta antes de hablar.
Kaia se enderezó de inmediato.
Demasiado rápido.
Mateo vio cómo el dolor le cruzaba la cara antes de que ella lo enterrara.
—¿Scent?
—Cubierto con hierbas. Profesional. Pero dejó esto.
Cruz arrojó un objeto pequeño sobre la mesa de la capilla. Una cuenta de madera roja, ennegrecida por los bordes. No tenía crest oficial, pero Kaia la reconoció. Mateo lo supo por el modo en que su scent se volvió metal.
—Barranca Roja —dijo ella.
—O alguien quiere que miremos hacia allá —respondió Cruz.
Mateo tomó la cuenta con la punta de los dedos. Olía a humo, a manos desconocidas y a una capa casi invisible de tinta cara.
—No solo hacia allá.
Cruz lo observó.
—¿Qué hueles?
Mateo casi respondió nada. Casi protegió el poco instinto que el sello le dejaba. Pero Kaia estaba herida, Velasco los había alcanzado desde kilómetros, y cada mentira que guardaran podía convertirse en otra cadena.
—Alguien de oficina —dijo—. No un atacante de frontera. Papel, tinta, acónito limpio. Alguien que toca documentos antes que cuchillos.
Cruz no miró a Kaia.
No necesitó hacerlo.
Ambos pensaron en Sierra Oscura.
Kaia se apartó de Mateo.
Cruz los olió.
Su expresión no cambió, pero su silencio sí.
—Necesitamos volver a Sierra Oscura —dijo—. Ahora.
Mateo miró a Kaia.
Ella ya había vuelto a cerrar todas sus puertas.
Pero el scent de laurel seguía temblando.
Y esta vez él sabía por qué.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás