Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 9 – ECOS DEL PASADO
El sol apenas se filtraba por las cortinas de su habitación cuando Camila despertó. El celular aún reposaba sobre su pecho, apagado; la llamada nocturna se había cortado abruptamente cuando la batería murió, dejando el silencio como único testigo de sus confesiones.
Se sentó despacio en la cama, repasando mentalmente cada palabra, cada tono de voz de la noche anterior. Su corazón latía más ligero, con una libertad extraña, como si la conversación hubiese liberado finalmente algo que llevaba años encerrado bajo llave en un rincón oscuro de su alma.
Al llegar al trabajo, el ambiente de la oficina se sentía distinto, menos opresivo. Sobre su escritorio, una pequeña caja envuelta con una cinta de seda negra la esperaba. No tenía tarjeta, ni remitente, ni una sola palabra escrita. Pero al abrirla, sus dedos rozaron una delicada pulsera de plata con un colgante en forma de luna creciente.
Camila no necesitaba una firma para saber de quién venía. La luna, su confidente en tantas noches de insomnio pensando en él, ahora colgaba de su muñeca. Sabía, con una certeza absoluta, que era de Leví.
—¿Un admirador secreto con muy buen gusto? —preguntó Clara, su compañera, apoyándose en el cubículo con una sonrisa llena de picardía—. Ese brillo en tus ojos te delata, Camila.
Ella no respondió. Solo sonrió de forma enigmática, guardándose el detalle muy dentro, en ese lugar donde se guardan los secretos que son demasiado hermosos para ser compartidos con el ruido del mundo. Durante el almuerzo, sus pensamientos eran pájaros que volaban hacia cada momento compartido con él.
Desde su reencuentro, sentía que caminaba en una frontera invisible entre sus recuerdos de adolescente y su presente de mujer, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo para darle una segunda oportunidad.
Más tarde, ya en la calidez de su casa, el celular vibró con una urgencia familiar. Era un mensaje de él:
“¿Aún piensas en esa tarde de lluvia en el colegio? Porque yo todavía siento el frío de ese día en los huesos... y la calidez de tu sonrisa quemándome el pecho.”
Camila se quedó mirando la pantalla, sintiendo un nudo en la garganta. Salió al balcón, respiró el aire fresco de la noche y, con los dedos temblando ligeramente, escribió:
“¿Y si algún día te dijera que quise besarte ese día, pero tenía un miedo atroz de que fuera demasiado pronto para ambos?”
La respuesta de Leví no tardó ni diez segundos:
“Yo no lo hice porque sentí que eras demasiado para mí. Un tesoro que no sabía cómo cuidar. Y la verdad... lo sigues siendo.”
Camila cerró los ojos, dejando que las palabras se asentaran. ¿Cuántas veces había soñado con una honestidad así? Con alguien que no le temiera a la vulnerabilidad, que hablara claro, sin los juegos de poder que tanto abundaban en su mundo laboral.
Esa misma noche, Leví le propuso un plan que la transportó al pasado: verse el fin de semana en el viejo parque donde solían reunirse con el grupo del colegio. El lugar seguía casi igual, con los mismos árboles robustos, pero ellos ya no eran los mismos jóvenes asustados.
—Quiero mostrarte algo que nadie más sabe que existe —le susurró él cuando se encontraron bajo la luz anaranjada de las farolas.
La guio hacia la antigua biblioteca abandonada del edificio lateral del colegio, un lugar que ahora funcionaba como un pequeño centro cultural autogestionado.
Caminaron entre estanterías que olían a papel viejo y madera. En una de las paredes de ladrillo visto, oculto tras una columna, seguía allí un grabado hecho con torpeza pero con mucha intención: “L + C”.
—¿Lo hiciste tú? —preguntó ella con una risa que amenazaba con convertirse en llanto.
—El último día, horas antes de marcharme para siempre —admitió él, dando un paso hacia ella—. No sabía si el destino me permitiría volver, pero quería dejar algo de ti conmigo. Aunque fuera un secreto escondido entre ladrillos viejos.
Camila acarició la inscripción con la yema de los dedos, sintiendo la rugosidad del muro. No supo si fue la emoción acumulada o el viento frío que soplaba afuera, pero algo dentro de ella se quebró con una ternura infinita.
—¿Y si esta vez decides no irte? —susurró sin ser capaz de mirarlo a los ojos.
Leví se acercó lo suficiente para que sus respiraciones se mezclaran en el aire quieto de la biblioteca.
—No pienso irme nunca más, Camila. No ahora que por fin entiendo que mi lugar siempre fue donde estuvieras tú.
Y aunque no se besaron en ese instante, todo lo que había estado suspendido en el aire durante años quedó finalmente dicho.
Porque el amor no siempre empieza con una explosión de fuego. A veces, nace de forma más pura entre ruinas, letras olvidadas y promesas que, después de mucho dar vueltas, regresan a casa para quedarse.