Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
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Lo que queda cuando cae
No hubo escándalo.
No hubo acusaciones formales al día siguiente.
Nadie irrumpió en el aula señalando a Aurelian Vereth como si todo lo ocurrido necesitara una resolución inmediata, porque ese no es el modo en que las estructuras rígidas se rompen, no en un lugar como la academia, donde la reputación pesa más que la evidencia aislada y donde todo cambio real necesita asentarse primero en la mente colectiva antes de tomar forma visible.
Pero el silencio… ya no era el mismo, eso fue lo primero que noté al entrar.
No había tensión como antes, no esa presión incómoda que obligaba a todos a medir cada gesto, cada palabra, ahora había algo distinto, algo más claro, más definido, como si todos compartieran un entendimiento tácito que nadie necesitaba expresar en voz alta.
La imagen había cambiado y eso… era irreversible.
Aurelian entró como siempre, su postura recta, su expresión controlada, su presencia intacta en apariencia, pero la diferencia no estaba en él, estaba en cómo lo recibían.
Las miradas ya no se apartaban con la misma rapidez, ya no había esa aceptación automática, ahora… lo observaban y evaluaban.
Exactamente como él había hecho siempre con nosotros.
—Comencemos —dijo, sin rodeos.
La clase avanzó, y por primera vez desde su llegada, no hubo comentarios innecesarios, no hubo correcciones ambiguas, no hubo ese filo oculto en sus palabras cuando se dirigía a Estefan.
Todo fue… correcto, objetivo, impecable y eso, lejos de restaurar su imagen, hizo que la diferencia con lo anterior fuera aún más evidente. Porque ahora todos sabían que podía hacerlo, que siempre pudo y que no lo hizo.
Mis dedos pasaron lentamente la página del libro frente a mí, aunque mi atención no estaba completamente en el texto, sino en el ambiente, en los pequeños cambios, en cómo los estudiantes ya no reaccionaban como antes, en cómo algunos incluso comenzaban a intercambiar miradas cuando Aurelian hablaba, no de forma desafiante, pero sí… consciente.
Ya no era incuestionable y eso era todo lo que necesitaba.
La clase terminó sin incidentes,, sin errores, sin nada que pudiera señalarse directamente, pero cuando salimos, los murmullos no tardaron en aparecer, más claros y más firmes.
—Siempre pudo haber evaluado así.
—Entonces… ¿por qué antes no?
—¿Era solo con él?
No eran acusaciones, no aún, pero ya no eran dudas silenciosas, eran preguntas compartidas y eso… era mucho más fuerte.
Caminé junto a Estefan, como siempre, pero esta vez no fue él quien habló primero.
—Ya no lo hace —dije.
Él no respondió de inmediato.
—No —admitió después de unos segundos.
Su voz no tenía alivio, no completamente, porque esto… no borraba lo anterior.
Nunca lo haría.
—Pero lo hizo —añadí.
Sus pasos se mantuvieron firmes, pero su mirada se desvió apenas, como si esa verdad aún pesara más de lo que podía expresar.
—No importa —dijo finalmente.
Me detuve, no por completo, solo lo suficiente.
—Sí importa.
Él también se detuvo por un instante.
—No cambia lo que es —continuó, su tono bajo, controlado—. Ni lo que soy.
Ahí estaba la raíz, lo que no se había tocado aún, lo que iba más allá de Aurelian, más allá de la academia, más allá de todo.
—No —respondí con calma—. Pero cambia lo que aceptas.
Su mirada volvió a mí, directa, silenciosa y por un momento… no hubo respuesta.
No porque no la tuviera. Sino porque… no era sencilla. Reanudamos el paso sin añadir más. No hacía falta. Porque esto… no era el final.
Esa noche, en la biblioteca, el silencio volvió a envolverlo todo, pero esta vez no había tensión, no había estrategia en construcción, no había piezas pendientes por encajar, porque el objetivo se había cumplido.
No destruirlo, no expulsarlo, sino… mostrarlo. Y eso… ya estaba hecho.
Mi espíritu flotaba a mi lado, más despierto que de costumbre, su pequeña forma luminosa moviéndose lentamente, como si también percibiera ese cambio, esa estabilidad que llegaba después de haber alterado algo importante.
Cerré el libro con suavidad, apoyando la mano sobre la cubierta mientras organizaba lo que quedaba.
Porque sí… Aurelian Vereth había dejado de ser intocable. Pero eso no significaba que el problema hubiera terminado.
Solo significaba… que ahora era visible. Y lo visible… puede ser enfrentado.
Levanté la mirada, perdiéndola por un instante en el silencio de la biblioteca. Esto no era solo sobre él. Nunca lo fue. Era sobre cambiar el entorno. Sobre evitar que lo destruyeran… poco a poco. Y hoy… dimos el primer paso real. Pero aún queda algo más.
Porque no basta con detener el daño, la autora de este libro fue realmente cruel...
Ahora… Tengo que asegurarme de que no vuelva a ocurrir lo que está escrito en la novela original.