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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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9_La Tregua Silenciosa

Nagisa terminó su matcha, la taza vacía ahora. Se sentía un poco más relajado, la tensión del día y de la confrontación inicial con Karma disminuida por el calor de la bebida y la presencia inesperadamente tranquila de su antiguo amigo.

—¿Tienes hambre? —preguntó Nagisa de repente, rompiendo el hechizo. No era una invitación, no del todo, pero tampoco era una orden de irse. Era una pregunta práctica, la de un anfitrión que, a pesar de todo, no podía ignorar las necesidades básicas de su 'invitado'.

Karma se giró, una pequeña sonrisa asomando en sus labios.

—Un poco —admitió, su mirada encontrándose con la de Nagisa.

Nagisa se levantó y se dirigió a la cocina. Karma lo siguió con la mirada. El apartamento de Nagisa era pequeño, y la cocina estaba a la vista desde el salón.

Mientras Nagisa abría la nevera, Karma se atrevió a hablar de nuevo, su voz suave.

—El matcha estaba perfecto, Nagisa. Exactamente como te gusta.

Nagisa se detuvo, su mano aferrada al pomo del frigorífico. Un silencio breve, cargado, se instaló entre ellos. Luego, sin girarse, respondió, su voz casi inaudible:

—¿Aún lo recuerdas...?

La pregunta no era una recriminación, sino un hilo frágil de asombro. Karma sintió cómo el aire vibraba con la delicadeza del momento.

—Lo recuerdo todo —afirmó Karma, su voz grave y sincera—. Cada pequeño detalle tuyo.

Nagisa no respondió. Simplemente,, sacó algunos ingredientes de la nevera: arroz cocido, un poco de pescado blanco ya preparado de su cena de ayer, algunas verduras frescas.

Decidió hacer un Ochazuke simple y reconfortante. Era rápido, fácil de preparar y perfectamente adecuado para una noche fría. Además, no requería demasiada interacción culinaria, lo cual era ideal para el ambiente tenso pero cambiante entre ellos.

Mientras Nagisa cortaba las verduras con movimientos precisos y metódicos, Karma se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, observándolo en silencio.

 El Ochazuke no era el plato más elaborado, pero la imagen de Nagisa preparando la comida, la familiaridad de sus movimientos en ese espacio que una vez habían compartido y que ahora era solo suyo, era una visión que Karma había anhelado durante años.

El vapor del té caliente sobre el arroz, el olor suave del pescado y las verduras llenaron la cocina. Nagisa sirvió dos cuencos, uno para él y otro para Karma.

—Aquí tienes —dijo, colocando el segundo cuenco frente a Karma en la pequeña mesa de la cocina, pues el salón no tenía una mesa de comedor.

Se sentaron uno frente al otro, los cuencos humeantes entre ellos. El calor del Ochazuke era acogedor, pero el calor entre ellos seguía siendo un equilibrio delicado. Por primera vez en mucho tiempo, Karma no solo estaba comiendo en el apartamento de Nagisa, sino que también era el recipiente de su, aunque reticente, hospitalidad.

La cena comenzó en silencio. Nagisa tomó sus palillos con la habitual gracia, sus movimientos fluidos y económicos. Karma, sin embargo, se movía con una lentitud inusual, como si cada bocado fuera un acto consciente, casi reverencial. El sabor del Ochazuke era simple, casero, evocando recuerdos de un tiempo en el que esas comidas compartidas no eran una excepción, sino la norma.

El único sonido era el tintineo ocasional de los palillos contra la cerámica y el suave sorbido del té. Karma no se atrevió a romper la quietud. Sabía que cada palabra podía ser una mina terrestre. En cambio, se concentró en la comida, saboreando cada ingrediente, cada matiz. Era una forma de estar presente, de apreciar el regalo inesperado que Nagisa le estaba ofreciendo.

Nagisa, por su parte, comía con una expresión neutral, su mirada a veces fija en su cuenco, otras veces en algún punto abstracto de la pared detrás de Karma. La presencia de Karma era un eco constante, una vibración en el aire que no podía ignorar. A pesar de su resolución de mantener la distancia, la cercanía, el acto íntimo de compartir una comida, comenzaba a erosionar sus defensas.

Cuando ambos cuencos estuvieron casi vacíos, Nagisa dejó sus palillos. Karma hizo lo mismo, sintiendo el final de este pequeño armisticio acercarse.

—Gracias por la comida —dijo Karma, su voz baja, sincera.

Nagisa asintió. Se levantó y recogió su cuenco. Karma, anticipando su movimiento, se apresuró a recoger el suyo también.

—Yo lavo los platos —se ofreció Karma, antes de que Nagisa pudiera siquiera abrir la boca.

Nagisa lo miró, una ceja ligeramente arqueada. La oferta era inesperada, un gesto doméstico que no cuadraba con el Karma que había dejado años atrás, el que siempre había preferido el caos a la rutina.

—No tienes por qué hacerlo —dijo Nagisa, aunque no sonó como una negativa rotunda.

—Quiero hacerlo —respondió Karma, su voz firme.

Fue un pequeño punto de inflexión. Nagisa se quedó quieto, observándolo. Karma se acercó al fregadero, tomó una esponja y el jabón, y comenzó a lavar los cuencos con un cuidado inesperado. Sus manos, que Nagisa recordaba haber visto empuñando cuchillos de entrenamiento o manipulando documentos complejos, ahora se movían con delicadeza sobre la porcelana.

Nagisa observó en silencio por unos momentos, luego, sin decir una palabra, se acercó y secó los cuencos a medida que Karma los enjuagaba. La sincronía era casi inconsciente, un residuo de una época en la que esas pequeñas interacciones eran parte de su vida diaria. No hablaron. Solo el suave sonido del agua y el roce de la esponja.

Cuando los platos estuvieron limpios y guardados, un nuevo silencio, diferente a los anteriores, se cernió sobre la cocina. Era un silencio compartido de tarea cumplida, un eco de una normalidad lejana.

Nagisa se giró y se apoyó contra la encimera, cruzando los brazos.

—Bien. Ya has comido, te has duchado y has lavado los platos. Karma, deberías irte.

La voz de Nagisa, aunque tranquila, contenía una resolución que no dejaba lugar a dudas. Karma no se sorprendió. Lo había esperado. Se lo merecía.

—Nagisa —Karma se acercó, pero se detuvo a una distancia respetuosa. Sus ojos dorados se clavaron en los de Nagisa, una mezcla de súplica y determinación—. Dame un día. Solo un día para hablar. Para explicar. Si después de eso quieres que me vaya, lo haré. Y no volveré a molestarte. Lo prometo.

Nagisa lo miró fijamente. Un día. Veinticuatro horas. La idea de tener a Karma pululando en su apartamento por un día más era exasperante, una interrupción en la meticulosa calma que había construido. Pero la promesa en los ojos de Karma, la vulnerabilidad que mostraba, era inusual. Y la posibilidad, por mínima que fuera, de obtener las explicaciones que había anhelado durante siete años, era una tentación demasiado grande para ignorarla.

Un largo suspiro escapó de los labios de Nagisa.

—Solo un día —concedió, su voz apenas un murmullo. Había una mezcla de resignación y una curiosidad reacia en su tono—. Pero no creas que un solo día va a borrar siete años de silencio, Karma.

Karma sintió un nudo en la garganta. Un día. Era una oportunidad. Una muy pequeña, pero una oportunidad al fin. Asintió, una promesa muda sellada en sus ojos.

—Gracias, Nagisa.

El futuro aún era incierto, pero la puerta, por ahora, no se cerraría por completo. Solo por un día más.

El siguiente silencio no fue tan pesado como los anteriores. Ya no era un muro, sino un espacio compartido de aire denso. Karma sabía que había ganado un respiro, un plazo. Una pequeña victoria que se sentía gigantesca. Nagisa, por su parte, se sentía agotado, como si hubiera librado una batalla invisible durante todo el día, y la montaña rusa emocional había dejado su cuerpo y su mente exhaustos. Se movió hacia el salón, encendiendo algunas luces tenues que disiparon un poco la penumbra, revelando las suaves texturas del hogar que él había construido en la ausencia de Karma.

—Necesitas dormir —dijo Nagisa, su voz ahora más uniforme, casi mecánica, rehuyendo cualquier profundidad emocional que pudiera invitarlos a la intimidad.

Karma lo miró, cada músculo tenso, esperando la siguiente instrucción, la siguiente limitación. El apartamento de Nagisa era pequeño, cálido, acogedor, pero con una sola habitación. La implicación era clara, dolorosamente obvia.

—El sofá está bien —se apresuró a decir Karma, antes de que Nagisa tuviera que verbalizar la incomodidad, la verdad de su situación. No quería ser una carga, quería ser aceptado, aunque fuera a regañadientes.

Nagisa asintió con un movimiento casi imperceptible de cabeza. No había una cama extra, ni un futón enrollado listo para invitados. El sofá, el mismo donde Karma había pasado la mayor parte del día, esperando como un perro fiel, sería su lecho.

—Hay mantas en el armario del pasillo —indicó Nagisa, señalando una puerta con la cabeza, evitando el contacto visual directo—. Y una almohada extra.

Karma se dirigió al armario, sus movimientos eran casi cautelosos. Sacó una manta gruesa de un tono neutro y una almohada. El aroma, sí, el familiar y reconfortante aroma a limpio y a suavizante de Nagisa, impregnaba la tela. Se sintió, por un instante fugaz, como un adolescente otra vez, durmiendo en casa de un amigo después de una piyamada, pero la situación estaba cargada de una complejidad adulta, de un dolor latente que era demasiado real.

Nagisa se dirigió a su habitación, pero se detuvo en el umbral, su mano en el picaporte. No era su intención, pero una última frase pareció escapar de sus labios, casi contra su voluntad.

—Mañana... hablaremos —dijo, su voz más suave de lo que esperaba, casi una promesa, una oferta que ni él mismo sabía cómo había surgido.

Karma lo observó, el corazón latiéndole con una fuerza renovada.

—Mañana —confirmó Karma, su voz llena de la esperanza contenida que había estado guardando todo el día, una esperanza que ahora se sentía un poco menos irreal.

Nagisa se retiró a su habitación, y el clic suave de la puerta al cerrarse resonó levemente en el silencio del apartamento. Karma suspiró, un sonido largo que liberaba la tensión acumulada. Extendió la manta sobre el sofá, colocando la almohada con cuidado.

Se acostó, el sofá resultando sorprendentemente cómodo después de la noche a la intemperie en el pasillo. La suave luz de las farolas de la calle se filtraba por la ventana, pintando el salón con sombras danzarinas, creando un ambiente extrañamente íntimo.

Mientras cerraba los ojos, Karma se permitió una pequeña sonrisa, una de esas que no se ven a menudo en su rostro habitualmente astuto. Un día más. Era todo lo que había pedido.

 Mañana sería el día de las explicaciones, de intentar deshacer el nudo apretado de siete años de silencio y malentendidos. Y aunque el camino por delante era arduo, lleno de espinas y de una incertidumbre abrumadora, por primera vez en mucho tiempo, Karma sintió que no estaba completamente solo en la oscuridad. Nagisa, a pesar de su distancia, de su dolor, le había concedido una oportunidad. Y eso, por ahora, era suficiente.

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