Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 8: Acero y Sangre Fría
El refugio de las muchachas en la costa era un búnker de concreto frente a un mar picado que no descansaba. Adentro, el ambiente no era mejor. Elena llevaba tres días sin dormir, con los ojos clavados en el diario de Antonio, subrayando nombres con un marcador rojo que parecía sangre sobre el papel.
—Leni, tienes que comer algo —le dijo Maira, poniendo un plato frente a ella con una ternura silenciosa.
Elena ni siquiera la miró. Su mente estaba en la cabaña, en el sabor amargo de ese último beso de Samael y en la forma en que él la entregó a su madre sin parpadear.
—No voy a comer, Maira. Voy a matarlo —respondió Elena, y su voz ya no sonaba quebrada; sonaba como el metal chocando contra el hielo.
Valeria entró en la sala, tirando un par de vendas de boxeo sobre la mesa.
—Si lo vas a matar, no va a ser con esa cara de muerta de hambre. Si quieres ir tras un Blackwood, tienes que dejar de pelear como una aficionada y empezar a pelear como nosotros.
Elena levantó la vista. La determinación de Val era el empujón que necesitaba.
—Enséñame, Val. No quiero que me vuelvan a tocar si yo no lo permito.
Las siguientes semanas fueron un infierno de sudor y dolor. Valeria no tuvo compasión. Elena aprendió a usar su estatura a su favor, a atacar puntos de presión y a manejar el cuchillo como si fuera una extensión de su propia mano. En cada gota de sudor, veía la cara de Samael.
Una noche, mientras Val y Maira habían salido a buscar suministros, Elena se quedó sola entrenando en el sótano. Estaba empapada en sudor, vistiendo solo un top deportivo negro y unos shorts cortos que dejaban ver la nueva firmeza de sus músculos. Estaba golpeando el costal con una furia ciega cuando las luces parpadearon y se apagaron.
Elena agarró su cuchillo táctico de inmediato, pegándose a una columna de concreto. El aroma a sándalo y tormenta inundó el aire antes de que escuchara su voz.
—Entrenas duro, Elena. Pero sigues dejando la puerta de atrás sin vigilancia.
Samael salió de las sombras. Elena se lanzó contra él con una velocidad que lo sorprendió. El choque fue violento; ella buscaba herirlo y él buscaba inmovilizarla. Rodaron por el suelo del gimnasio hasta que Elena logró quedar encima de él, poniéndole el filo del cuchillo en la garganta.
—Dame una razón para no cortarte la garganta aquí mismo, malparido —le escupió ella, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo.
Samael no se movió. Sus ojos grises la recorrieron con una dominación silenciosa que la hizo arder. Estiró una mano y le acarició el muslo sudado, subiendo con una lentitud tortuosa que hizo que Elena soltara un gemido de rabia.
—Porque tus manos tiemblan, y no es por el esfuerzo —susurró él.
Samael invirtió las posiciones con un movimiento brusco, lanzándola contra la lona del ring improvisado. Se metió entre sus piernas, atrapando sus muñecas sobre su cabeza con una sola mano, mientras con la otra le arrancaba el top deportivo, dejando sus pechos libres bajo la luz tenue de emergencia.
Él la besó con una pasión desesperada, un beso que sabía a castigo y a reclamo. Elena intentó morderlo, pero Samael le respondió con un mordisco en el labio inferior que le sacó una gota de sangre. Él bajó su cabeza, devorando sus pezones con un hambre que la hizo arquear la espalda, mientras sus dedos se hundían en su intimidad, ya empapada y palpitante por la adrenalina del combate.
Samael se despojó del pantalón y la tomó allí mismo, sin poder esperar un segundo más, en el suelo frío y duro, con una urgencia que no permitía delicadezas. Fue un encuentro brutal; cada estocada de Samael era una forma de decirle que ella seguía bajo su mando, mientras Elena le clavaba las uñas en los hombros, odiándose a sí misma por buscar más profundidad, más fuerza.
Él la sujetó por la cintura, levantándola ligeramente para que el contacto fuera total, mientras susurraba cosas posesivas en su oído que la hacían perder la razón. El sudor de ambos se mezclaba, creando una fricción eléctrica que llevó a Elena a un clímax violento, gritando su nombre mientras el placer la quebrantaba por completo. Samael se entregó segundos después, hundiéndose en ella con un gruñido de pura dominación y alivio.
Cuando terminaron, Samael se levantó y se arregló la ropa con una calma que a Elena le dolió más que cualquier golpe. La dejó allí, temblando sobre la lona.
—Mi madre envió a Silas a esta zona hoy. No vine a jugar, Elena. Vine a decirte que quemes ese diario. Si ella lo encuentra, no habrá lugar en el mundo donde pueda esconderte. Ni siquiera yo podré salvarte.
Sin decir más, desapareció en la oscuridad. Elena se quedó sola, con el cuerpo ardiendo y el alma más confundida que nunca.