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LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Amor-odio / Malentendidos / Completas
Popularitas:966
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 4

La humedad de aquella noche de viernes se pegaba a la piel como una advertencia silenciosa. En la mansión De la Vega, el ambiente era inusualmente eléctrico. Se celebraba la inauguración de "The Velvet", el club más exclusivo de la ciudad, y como era de esperar, los De la Vega eran los invitados de honor. O mejor dicho, Isabella lo era.

—Ponte esto, Marina. No discutas —ordenó Isabella, lanzándome un vestido de lentejuelas plateadas que apenas cubría lo indispensable—. Esta noche no quiero a la bibliotecaria a mi lado. Quiero a una hermana que sepa divertirse. O que al menos lo aparente.

Mis padres ya se habían marchado en su limusina privada, dejándonos a cargo del deportivo descapotable de Isabella, un regalo de Arturo por su último "éxito" social. Ella estaba eufórica. Sus ojos brillaban con una intensidad febril y el olor a ginebra ya emanaba de sus poros antes siquiera de salir de la casa.

—Isabella, has bebido tres copas mientras te maquillabas —le advertí, sintiendo un escalofrío—. Deja que conduzca el chófer. O déjame a mí, yo no he probado gota.

Ella soltó una carcajada estridente que rebotó en las paredes del garaje.

—¿Tú? ¿Conducir mi coche? Por favor, Marina. Ni siquiera sabes cómo encender el aire acondicionado sin pedir permiso. Súbete y cállate. Esta es mi noche.

El trayecto al club fue un borrón de luces de neón y música a todo volumen. Isabella conducía como si las leyes de la física no se aplicaran a ella. Cada curva era un desafío, cada semáforo una sugerencia que decidía ignorar. Yo me aferraba al asiento, con los nudillos blancos y el estómago revuelto.

La noche del exceso

"The Velvet" era un hormiguero de vanidad. El aire olía a tabaco de diseño, sudor caro y una desesperación sorda por ser notado. Isabella fue recibida como una deidad pagana. Los camareros le traían botellas de champán sin que ella tuviera que pedirlas. Se movía por la pista de baile como una llama, consumiendo la atención de todos los hombres de la sala, incluido Federico, que la observaba con una mezcla de adoración y posesión.

Yo me quedé en la barra, observando el espectáculo. Era la misma dinámica de siempre: Isabella brillando, yo siendo la sombra necesaria para que su luz pareciera más intensa. Pero esa noche, algo era diferente. Isabella no solo estaba celebrando; estaba perdiendo el control.

—¿Otra copa, "pariente"? —se burló Federico, acercándose a mí con la mirada turbia—. Deberías aprender de tu hermana. Ella sabe cómo vivir. Tú pareces un funeral andante.

—Alguien tiene que mantener la sobriedad en esta familia, Federico —respondí con sequedad.

A las tres de la mañana, la situación se volvió insostenible. Isabella estaba visiblemente ebria, discutiendo con una de sus "amigas" por una nimiedad y volcando copas sobre los invitados.

—Nos vamos, Isabella —dije, tomándola del brazo con firmeza.

—¡Suéltame, mosquita muerta! —gritó, aunque sus piernas flaquearon—. Está bien, vámonos. Este lugar ya me aburre. Todos son tan... predecibles.

Caminamos hacia el estacionamiento. El aire frío de la madrugada pareció empeorar su estado en lugar de despejarla. Le arrebaté las llaves de la mano, pero ella, con una agilidad sorprendente nacida de la furia, me dio un empujón que me hizo caer contra otro coche y me las quitó de nuevo.

—¡Nadie conduce mi coche más que yo! —sentenció, subiéndose al asiento del conductor—. Súbete o quédate aquí a esperar un taxi como la clase media que eres.

Por puro instinto de protección, o quizás por la estupidez de creer que podía controlarla, me subí al asiento del copiloto. Fue el error más grande de mi vida.

El rugido del motor y el silencio del golpe

Isabella arrancó el motor. El rugido del deportivo rompió el silencio de la noche. Salió del estacionamiento quemando llanta, dejando tras de sí una nube de humo y el eco de su risa histérica.

—¡Baja la velocidad, por favor! —le supliqué, pegada al respaldo—. Hay mucha niebla, no se ve nada.

—¡Mírate! ¡Tienes miedo de vivir! —gritaba ella, acelerando aún más—. ¡Soy una De la Vega, Marina! ¡A nosotros no nos pasa nada malo! ¡El mundo se aparta cuando pasamos!

Entramos en la zona residencial, una carretera flanqueada por árboles altos y poca iluminación. La niebla se espesaba en los valles bajos. Isabella iba a más de ciento veinte kilómetros por hora en una zona de sesenta. Estaba tarareando una canción de la radio, moviendo la cabeza, con la mirada perdida en algún punto que no era la carretera.

Entonces, sucedió.

Fue una fracción de segundo. Una figura emergió de la penumbra al borde del camino. Era una chica joven, con una chaqueta reflectante, caminando junto a una bicicleta. Quizás volvía de trabajar, quizás solo cruzaba hacia su casa.

—¡Isabella, cuidado! —grité.

Pero los reflejos de Isabella estaban anestesiados por el alcohol. No frenó. Ni siquiera intentó girar el volante.

El sonido fue un crack seco, metálico y horriblemente húmedo a la vez. El cuerpo de la chica impactó contra el capó, golpeó el parabrisas —que se astilló en mil pedazos como una telaraña de cristal— y salió despedido hacia la cuneta como un muñeco de trapo.

El coche derrapó violentamente. El olor a goma quemada y el humo del motor inundaron la cabina. Finalmente, el deportivo se detuvo tras chocar contra un poste de luz a unos cincuenta metros de distancia.

Silencio. Un silencio absoluto y aterrador, roto solo por el goteo de algún líquido del radiador y el pitido constante de mis propios oídos.

—¿Qué... qué ha sido eso? —susurró Isabella. El golpe la había despejado de golpe, pero sus ojos estaban vacíos de humanidad, solo llenos de un pánico primario.

—Has... has atropellado a alguien, Isabella —dije, sintiendo que mi propia voz venía de otro planeta. Me temblaban las manos tanto que no podía abrir la puerta—. Tenemos que ayudarla. Llama a una ambulancia. ¡Rápido!

Logré salir del coche. Mis piernas fallaron y caí sobre el asfalto frío. Me levanté y corrí hacia atrás, hacia donde el cuerpo había quedado tendido.

Allí estaba ella. Era casi una niña. Sus ojos estaban abiertos, mirando hacia un cielo que ya no podía ver. Un hilo de sangre corría por su frente, perdiéndose en el asfalto. La bicicleta estaba destrozada a unos metros, con una rueda todavía girando lentamente, emitiendo un chasquido rítmico que me perseguiría en mis pesadillas durante años.

Le tomé el pulso. Nada. El frío de su piel me quemó los dedos.

—Está muerta —sollocé, tapándome la boca—. ¡Isabella, está muerta!

Isabella se acercó lentamente, tambaleándose. Al ver el cuerpo, no lloró. No se arrodilló. Su rostro se transformó en una máscara de horror, pero no por la víctima, sino por ella misma. Se pasó las manos por el cabello, desesperada.

—No puede ser. No, no, no. Mi vida... mi compromiso con Federico... papá me va a matar. ¡Voy a ir a la cárcel, Marina! ¡Mi vida se ha acabado!

—¡Eso es lo que te preocupa! —le grité, fuera de mí—. ¡Has matado a una persona! ¡Llama a la policía ahora mismo!

Isabella se quedó paralizada, mirando el coche destrozado y el cadáver. En ese momento, vi cómo los engranajes de su mente, esa mente que Arturo tanto admiraba por su frialdad, empezaban a girar para buscar una salida.

—No podemos llamar —dijo ella, su voz volviéndose repentinamente cortante, gélida—. No he sido yo.

—¿De qué hablas? Yo estaba a tu lado.

Isabella me miró fijamente. El pánico se había convertido en una resolución perversa.

—Escúchame, Marina. Si yo voy a la cárcel, la familia De la Vega se hunde. El banco de Federico cancelará la fusión. Papá perderá todo. Mamá no lo soportará. ¿Quieres destruir a tus padres? ¿Después de todo lo que han hecho por traerte de vuelta?

—¡Es un asesinato, Isabella! ¡O un homicidio imprudencial! No puedes simplemente...

—Tú no tienes nada que perder —continuó ella, acercándose a mí, ignorando el cuerpo que yacía a sus pies—. Tú no tienes un compromiso. No tienes un futuro trazado en esta ciudad. Nadie te conoce.

Me quedé helada. Empecé a retroceder, sintiendo que el monstruo que se ocultaba tras su cara bonita finalmente había salido a cazar.

—¿Qué estás diciendo?

—Digo que tú ibas conduciendo —susurró ella, y cada palabra era un latigazo—. Tú querías probar el coche. Me insististe. Yo estaba demasiado ebria y te cedí el volante. Tú no habías bebido, así que el juicio será leve. Papá te pondrá los mejores abogados. Saldrás en un año, tal vez menos. Pero si soy yo... si soy yo, es el fin de todo.

—¡Estás loca! ¡No pienso mentir por algo así!

Isabella se acercó más, tomándome por los hombros. Sus uñas se clavaron en mi carne.

—Piénsalo, Marina. Si me culpas, te quedarás sola. Papá y mamá te odiarán por destruir su imperio. Te echarán a la calle sin un centavo. Pero si me ayudas... si nos salvas... serás la heroína de esta familia. Te lo daremos todo cuando salgas. Tendrás el amor que tanto buscas.

—No —dije, zafándome de su agarre—. Voy a decir la verdad.

En ese momento, las luces de otro coche aparecieron a lo lejos, acercándose por la carretera. El pánico de Isabella alcanzó su clímax. Empezó a llorar de forma histérica, desgarrándose el vestido y despeinándose.

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —empezó a gritar hacia el coche que se acercaba—. ¡Mi hermana ha tenido un accidente! ¡Marina, por qué corriste tanto! ¡Te dije que te detuvieras!

Me quedé paralizada, viendo cómo ella empezaba a construir la mentira frente a mis ojos. El coche se detuvo. Era un guardia de seguridad privado que hacía la ronda por la zona. Bajó con una linterna, iluminando la escena dantesca: el coche destrozado, el cuerpo de la chica y a Isabella sollozando en el suelo, señalándome con un dedo acusador.

—¡Ella conducía! —gritó Isabella al guardia—. ¡Yo le rogué que parara, pero no me hizo caso! ¡Miren lo que ha hecho! ¡Ha matado a esa pobre chica!

Miré al guardia, intentando hablar, pero el aire no llegaba a mis pulmones. Miré a la chica muerta, cuyo rostro ahora sabía que se llamaba Lucía, la hermana de un tal Julián, alguien a quien yo todavía no conocía pero que se convertiría en el eje de mi futuro.

En ese momento, rodeada por la niebla y la traición, comprendí que la cena de bienvenida había sido realmente un funeral. El funeral de Marina, la chica que quería ser amada.

Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos. Isabella me miró por encima del hombro del guardia que la consolaba. No había rastro de lágrimas en sus ojos, solo una advertencia final: Si caes, caes sola. Si me sigues, quizás sobrevivas.

No sabía que esa noche era solo el principio. Isabella había apretado el gatillo, pero sería mi propio padre quien daría el tiro de gracia en el juicio que vendría después.

La "verdadera" De la Vega acababa de sacrificar a la "intrusa" para salvar su corona. Y yo, bañada por las luces rojas y azules de las patrullas que llegaban, sentí cómo mi corazón terminaba de endurecerse, convirtiéndose en el diamante que algún día usaría para cortarles el cuello a todos ellos.

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Hope Mag Vasquez
Wuaoooo!!!! hasta cuándo el tablero va a dejar de moverse /Frown//Frown/
Hope Mag Vasquez
Unas joyitas los de la Vegas..... se hicieron millonarios sobre bases de algodón
Hope Mag Vasquez
Quien sabe... a lo mejor sigue siendo estúpida.....
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Muy bonita la novela, muchas felicidades escritora y gracias por compartirla 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Wow mas mentiras, quien es realmente el padre del niño, y que pasara con Julian y Marina?
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay tantos secretos entre todos que ya me late que son todos unos desgraciados infelices peleando como buitres
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Cuantas cosas ocultas mas tendrán que salir a la luz, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay cuantas cosas mas saldrán a la luz 😭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Chuta, de quien eres hija Marina? 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Esta muy buena e intrigante 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
No entiendo porque Sebastian es su nieto, si Federico es el esposo de Isabella, pero el niño es con otra mujer 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Ese hijo a de ser la recluta que escribía cartas que nunca se enviaron 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Viejo desgraciado se a de están quemando en el infierno, nunca quisieron a nadie, ya que la vieja sabía todo igual 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Al fin estas haciendo justicia, por ti, por Lucía y todos los que han sido estafados 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que pasara ahora, se mataran, oh Julian intervendra
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Trabajando juntos lo lograron, falta la zorra de Usabelja y su madre 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que desgraciado este viejo de Arturo, cree que hará tonta a Elena 🤣🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bien Elena aprendiste con la mejor Maestra que jamas te unieras imaginado y con Julian de apoyo hará un gran equipo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bueno que Julian acepto aliarse con ella, asi se dará cuenta realmente quienes son esos desgraciados sin escrúpulos 🤭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Yo creo que Julian ya sabía eso, ojalá se unan para acabar con esos desgraciados y también porque no enamorarse 🤭👏👏👏
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