"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El refugio de cristal.
NARRADOR
Para Aitana, el inicio de su relación con Ricardo fue mucho más que un noviazgo adolescente; fue como encender una hoguera en medio de un invierno que llevaba años congelándole el alma. Por primera vez en su vida, el silencio de su casa ya no era un peso muerto que la asfixiaba, sino una espera dulce y llena de expectativas. Ya no contaba las horas angustiantes mirando el reloj, rogando que su padre regresara del trabajo para no sentirse invisible; ahora contaba los minutos exactos para que Ricardo apareciera en su puerta, llenando con su presencia física y sus palabras los huecos profundos que el abandono y la indiferencia habían cavado en ella.
La primera cita oficial al parque quedó marcada por un evento que, aunque en su momento le provocó una vergüenza que sentía que la quemaba por dentro, terminó convirtiéndose en el primer lazo de confianza real entre ambos. Aitana se estaba bañando, tratando de prepararse con un esmero que nunca antes había tenido. Quería oler bien, verse perfecta, ocultar bajo el agua cualquier rastro de la tristeza que solía acompañarla. De pronto, el horror emergió del desagüe con un chapoteo metálico: una rata saltó hacia el piso del baño, moviéndose con rapidez entre las sombras.
— ¡No puede ser! —gritó Aitana, saltando fuera de la regadera con el corazón galopando con una fuerza violenta en la garganta.
Afortunadamente ya había terminado de enjuagarse, pero el miedo fue una descarga eléctrica que la obligó a salir corriendo del baño, dejando la llave abierta y el agua golpeando el piso sin control. Se vistió a toda prisa, con las manos temblorinas y la respiración entrecortada, justo cuando escuchó los golpes rítmicos en la puerta principal. Era Ricardo. Al estar sola en casa, la vulnerabilidad de la situación se mezcló con una pena punzante: ¿cómo iba a confesarle que una rata la había hecho huir de su propio baño?
— Pasa, por favor... pero ten cuidado —le dijo ella al abrirle, con las mejillas encendidas en un rojo intenso que delataba su humillación—. Es que... hay una rata en el baño y dejé la llave abierta por salir corriendo. ¿Me ayudas a cerrarla? No me atrevo a entrar sola.
Ricardo, lejos de soltar una carcajada burlona o hacer un comentario hiriente sobre su peso o sus miedos —algo a lo que Aitana estaba acostumbrada en otros círculos—, entró con un paso decidido que ella interpretó como pura valentía. Cuando llegaron al baño, el animal ya se había esfumado por alguna rendija invisible, dejando a Aitana con la sensación de haber provocado un drama innecesario frente al chico que le gustaba. Sin embargo, Ricardo no la juzgó. Simplemente cerró la llave con calma, le dedicó una sonrisa tranquila que le iluminó el rostro y le restó importancia al asunto con una naturalidad que a ella la dejó desarmada. Aquel gesto, pequeño y cotidiano, fue para ella la primera prueba real de una protección masculina que nunca había recibido de su padre.
Caminaron hacia el parque envueltos en el frescor de la noche. La charla fluía sin los silencios incómodos de la casa; hablaban de sus amigos, de la escuela, de los torneos de fútbol. Se sentaron en una banca bajo la luz naranja y mortecina de las luminarias, y allí ocurrió lo que Aitana guardaría en su memoria como un tesoro: el primer beso largo. No fue el roce fugaz de la moto; fue un beso pausado, profundo, uno que parecía prometer que el mundo podía ser un lugar seguro. En ese momento, Aitana sintió que el frío crónico de su alma finalmente se disolvía.
La rutina escolar en la preparatoria también se transformó de manera radical. Aitana ya no era la chica solitaria que buscaba rincones donde pasar desapercibida; ahora era la chica que alguien buscaba con urgencia en cada descanso. Ricardo solía aparecer en el umbral de su salón, desafiando la distancia entre sus grupos.
— Te traje esto para desayunar, no quería que estuvieras con el estómago vacío —le decía él, extendiéndole algo con una mirada que la hacía sentir la única persona en el pasillo.
— No tenías que molestarte, Ricardo, de verdad... —respondía ella, sintiendo cómo el pecho se le inflaba de una alegría que casi le dolía.
— Me gusta hacerlo. Me gusta cuidarte —sentenciaba él antes de volver a su clase.
Él la esperaba fielmente a la salida, apoyado en algún pilar de la escuela, sin importar si él terminaba sus clases una hora antes. Caminaban juntos de regreso a la colonia, estirando el tiempo, compartiendo secretos que Aitana nunca le había dicho a nadie. Durante meses, ella vivió en una nube de algodón; era una sensación adictiva verse como la prioridad absoluta en la vida de alguien.
Incluso la barrera de hierro de su padre pareció ceder un poco ante la insistencia del noviazgo. Una tarde, con su hermana mayor de testigo en la sala, Aitana reunió un valor que no sabía que poseía para enfrentar la mirada de Roberto.
— Papá... ¿puedo tener novio oficialmente? —soltó, con el corazón en un puño.
Roberto la observó con esa frialdad evaluadora que lo caracterizaba.
— ¿Quién es el muchacho? —preguntó secamente.
— Es Ricardo. El hijo de la familia que juega fútbol contigo. Lo conoces bien —explicó ella, esperando el rechazo.
— Está bien —respondió Roberto tras un silencio eterno—. Los conozco. Pero te quiero aquí a las once de la noche, máximo. Ni un minuto más, Aitana. Si llegas tarde una vez, se acaba el permiso.
Aquel permiso fue la validación definitiva que ella necesitaba para entregarse por completo a la relación. Pero el momento que selló su destino emocional ocurrió el 24 de diciembre de ese primer año. Aitana se sentía físicamente derrotada; una calentura le quemaba la frente y el dolor de huesos la obligó a refugiarse en casa de una amiga, sintiéndose incapaz de participar en las festividades de la familia de su padre. Ricardo, al enterarse, no se fue de fiesta ni se quedó con sus propios amigos. Llegó a buscarla y se sentó a su lado, abrazándola con una ternura que ella nunca había experimentado.
En medio de esa escena de cuidado, llegó Roberto. Al verlos sentados un poco retirados del grupo, su padre estalló en una de sus típicas explosiones de sospecha.
— ¡Están muy solos aquí afuera! —les reclamó con una dureza que cortaba el aire—. ¿Qué creen que están haciendo? No quiero que se aprovechen de la situación para hacer cosas indecentes.
Aitana bajó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Ella no pensaba en "cosas malas"; solo estaba disfrutando de la paz de ser protegida mientras se sentía vulnerable. Pero la amargura de su padre quedó borrada días después por una confesión que le llegó de manos de la hermana de Ricardo, con quien Aitana ya era muy cercana.
— Oye, Aitana —le dijo la chica una tarde en el parque—. Mi hermano me contó lo que pasó el 24. Me dijo que se asustó mucho al verte tan mal, tan débil por la calentura.
Aitana escuchaba con atención, sintiendo un nudo en la garganta.
— Me confesó algo que nunca le había escuchado decir de nadie —continuó la hermana—. Me dijo: "Me estoy enamorando de Aitana de verdad, porque verla así me partió el alma y no podía dejar de preocuparme por ella".
Al escuchar aquellas palabras, Aitana sintió que era la mujer más afortunada y feliz de todo el planeta. Escuchar que él la amaba tanto como para admitirlo ante su propia familia la hizo sentir invencible, amada por encima de sus propias inseguridades y de su cuerpo que tanto la avergonzaba.
Sin embargo, en medio de toda esa luz cegadora, había una pequeña sombra persistente. Su mejor amiga de la colonia, aquella a cuyo salón Aitana había decidido irse para sentirse segura, no compartía ni una pizca de su alegría. Al contrario, su rechazo hacia Ricardo era visceral y silencioso.
— No me gusta ese tipo, Aitana —le decía su amiga con una mueca de desagrado cada vez que lo veían acercarse por el pasillo de la escuela—.
Me cae mal, no me preguntes por qué, simplemente me da una espina terrible en el estómago.
— Pero si es muy lindo conmigo... —intentaba defenderlo Aitana.
— No me gusta ni gritar ni bromear cuando él está cerca. Siento que me observa de una forma que no me gusta. Ten cuidado.
Aitana no podía comprenderlo. ¿Cómo podía alguien odiar al hombre que la rescataba de ratas invisibles, que le llevaba el desayuno y que se desvelaba cuidándola en Navidad? Pensó que eran celos de amiga o simplemente una mala impresión pasajera. Estaba demasiado ocupada dejándose querer, demasiado hambrienta de afecto como para notar que su amiga estaba viendo las primeras grietas en ese palacio de cristal. Aitana no sospechaba que ese amor que prometía ser su salvación eterna sería, en realidad, el arquitecto de su propia celda.
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