Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 16
El regreso a la mansión de los Lawrence fue, en una palabra, caótico. Aunque Zafiro se sentía como una guerrera que regresaba de una incursión exitosa, para su familia ella seguía siendo la delicada joya que debía ser protegida de las inclemencias del mundo.
En cuanto el carruaje real se detuvo ante la escalinata de mármol, las puertas de la mansión se abrieron de par en par. El Archiduque Dante Lawrence, un hombre de hombros anchos y cabello canoso que emanaba una autoridad natural, bajó los escalones con una rapidez impropia de su rango. Tras él, Malory Lawrence, la viva imagen de la elegancia con su vestido de seda de la casa Arryn, sostenía un pañuelo contra su pecho, con los ojos empañados por la preocupación.
—¡Zafiro! —exclamó Dante, prácticamente apartando a los criados para llegar a ella—. Liam nos envió un mensajero. ¿Es cierto? ¿Ese rastrero de Crane intentó chantajearte?
Zafiro descendió del carruaje, sintiendo el calor de la mano de Ethan, quien la escoltaba. Antes de que pudiera responder, su madre la envolvió en un abrazo que olía a lavanda y a hogar.
—Mi niña, mi pequeña princesa... —susurró Malory, acariciando el cabello de Zafiro—. Casi muero del susto. Ese hombre siempre me dio mala espina, con sus modales de seda y sus ojos de serpiente.
—Estoy bien, Madre. De verdad —dijo Zafiro, sintiendo un nudo en la garganta. En su vida como Jannet, nunca había conocido este tipo de amor incondicional. Ver a sus padres tan devotos solo alimentaba su sed de justicia. No permitiría que nadie les arrebatara esta felicidad—. El Príncipe Ethan llegó a tiempo. Él me protegió.
Dante Lawrence clavó sus ojos en Ethan Lancaster. La relación entre un Archiduque —cuyo rango en este imperio se situaba justo por debajo del Emperador y por encima de los príncipes de menor linaje— y el Príncipe Heredero siempre era delicada. Era un equilibrio de poder absoluto.
—Alteza —dijo Dante, inclinando la cabeza con respeto pero manteniendo su porte firme—. La casa Lawrence tiene una deuda con usted por proteger el honor de mi hija. Aunque me pregunto... ¿qué hacía mi hija a solas en un mercado con un tipo como Crane?
Liam, que había llegado a caballo poco antes, se cruzó de brazos desde lo alto de la escalinata.
—Eso es lo que yo quiero saber, Padre. Zafiro dice que era una trampa, pero se expuso demasiado.
Ethan dio un paso al frente, su capa negra ondeando con la brisa. Su voz era profunda y calmada, la voz de un hombre que ya se sentía parte de esa familia.
—Lord Lawrence, su hija demostró hoy una valentía que avergonzaría a muchos de mis caballeros. No fue a ese encuentro por ingenuidad, sino para desenmascarar a un traidor que pretendía dañar a su casa. Sin embargo —Ethan miró a Zafiro con una intensidad que hizo que a ella le diera un vuelco el corazón—, comparto la opinión de Liam. Es demasiado valiosa para correr tales riesgos. Por eso, he decidido que no habrá más sombras entre nosotros. Mañana anunciaré nuestro compromiso oficial.
El silencio que siguió fue absoluto. Malory soltó un pequeño grito de alegría contenida, mientras que Dante y Liam intercambiaron una mirada de pura sorpresa. El compromiso con el heredero al trono era el movimiento político más importante de la década, pero para Zafiro, era mucho más: era su escudo definitivo.
...
Esa misma noche, Zafiro no pudo dormir. El recuerdo de los ojos suplicantes y luego furiosos de Carlos Crane en el mercado la perseguía. Sabía que él estaba en la Torre Negra, pero necesitaba verlo una última vez antes de que el juicio —que sería una mera formalidad— lo borrara de la existencia.
Se vistió con una túnica oscura y llamó a Cassis, uno de los guardias de confianza de su hermano que, a diferencia de Liam, sabía guardar secretos si se le pagaba con la moneda adecuada: lealtad.
—Llévame a las mazmorras del palacio, Cassis. El Príncipe me dio un salvoconducto —mintió ella con una sonrisa gélida.
Llegar a la Torre Negra fue más fácil de lo esperado. Los guardias de la casa Seaworth reconocieron su sello y la dejaron pasar. El lugar era húmedo, frío y olía a desesperación. En la celda más profunda, encadenado a la pared, se encontraba el hombre que en otra vida la había apuñalado por la espalda.
Carlos Crane ya no parecía un noble. Su ropa estaba desgarrada y su rostro sucio. Al oír los pasos de Zafiro, levantó la vista.
—¿Has venido a burlarte? —escupió Carlos—. O quizás te has dado cuenta de que el Príncipe te ejecutará en cuanto consiga lo que quiere de los Lawrence.
Zafiro se acercó a los barrotes, su rostro iluminado por la antorcha de la pared. No había rastro de la niña enamorada en sus ojos.
—Sabes, Carlos... en un mundo muy lejano, en un tiempo que tú nunca conocerás, lograste tu objetivo —dijo ella en un susurro que hizo que a Carlos se le erizara la piel—. Destruiste a mi padre, mataste a mi hermano y me clavaste un puñal en el corazón después de decirme que nunca me habías amado.
Carlos frunció el ceño, confundido y aterrado por la frialdad de su voz.
—¿De qué demonios hablas? Estás loca...
—Hablo de que esta vez, el puñal lo tengo yo —continuó Zafiro, sacando una pequeña daga de su cinturón, la que le había regalado su padre—. He recuperado cada recuerdo de tu traición antes de que llegaras a cometerla. Te vi acercarte a mí hace dos años, vi tus trucos, tus palabras dulces... y cada vez que me tocabas, sentía náuseas. Has perdido, Carlos. Mañana seré la prometida del hombre que tú más odias, y tú serás solo una mancha en la historia de los traidores.
—¡Zafiro, espera! —gritó él cuando ella empezó a alejarse—. ¡Puedo darte nombres! Los Bolton y los Greyjoy están planeando algo... ¡El Rey no está en coma por accidente!
Zafiro se detuvo un momento, pero no se giró. Ya sabía que había fuerzas más grandes en juego, pero Carlos ya no era una pieza útil en ese tablero.
—Díselo al verdugo —sentenció ella.
Al salir de las mazmorras, el aire nocturno le pareció más puro. Sin embargo, una sombra la esperaba junto a la salida. Era Ethan. Estaba recostado contra una columna, con los brazos cruzados.
—Sabía que vendrías aquí —dijo él, sin rastro de enfado, solo una profunda curiosidad—. Tienes una oscuridad dentro de ti, Zafiro, que no encaja con la hija de un Archiduque. Es como si hubieras vivido mil guerras.
Zafiro se acercó a él, dejando que la luz de la luna bañara a ambos.
—¿Te asusta esa oscuridad, Ethan?
Él se despegó de la columna y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con una fuerza que le quitó el aliento. Sus rostros estaban a milímetros de distancia.
—Me fascina —confesó él, su voz vibrando en el pecho de Zafiro—. Me hace querer protegerte de todo, incluso de ti misma. Pero también me hace querer ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Ethan la besó entonces, un beso que no era tierno, sino hambriento y posesivo. Zafiro respondió con igual fervor, sus manos enredándose en el cabello oscuro del Príncipe. En ese momento, en medio del patio de la prisión, no había política ni venganza, solo una atracción magnética que la quemaba por dentro.
Él la guio hacia una zona más privada, tras unos setos de rosas negras de la casa Tarth. Allí, bajo el cielo estrellado, la pasión que habían contenido durante todo el día estalló. Ethan comenzó a desatar los lazos de la capa de Zafiro, sus labios bajando por su cuello, dejando un rastro de fuego a su paso.
—Ethan... —susurró ella, su espalda chocando contra la pared de piedra caliente por el sol del día—. Aquí no... alguien podría vernos.
—Nadie se atreverá a mirar —gruñó él, sus manos acariciando las curvas de sus caderas, subiendo por la seda de su túnica hasta encontrar la piel desnuda de sus muslos—. Eres mi reina, Zafiro. Y quiero que sepas que este cuerpo, este corazón y esta corona te pertenecen.
Zafiro sintió una oleada de deseo que la hizo estremecerse. Sus manos exploraron el torso firme de Ethan, deleitándose en la fuerza de sus músculos. El juego de seducción que había empezado como una estrategia se había transformado en algo real, algo poderoso. Jannet, la mujer que nunca confió en nadie, se estaba perdiendo en los brazos del hombre que el destino —o su propia intervención— había convertido en su salvador.
Sus caricias se volvieron más íntimas, un baile de manos y suspiros en la penumbra. Ethan la elevó ligeramente, y Zafiro rodeó su cintura con sus piernas, sintiendo la urgencia de él contra ella. Fue un encuentro lleno de promesas silenciosas, de una entrega que iba más allá de lo físico. Aunque no llegaron al acto final allí mismo, la conexión fue tan profunda que Zafiro supo que ya no había vuelta atrás. Estaba enamorada del "villano" de su vida pasada, y no se arrepentía de nada.
...
Al amanecer, el Palacio Real estaba decorado con los estandartes de los Lancaster y los Lawrence. Nobles de todas las casas, desde los arrogantes Baratheon hasta los misteriosos Martell, se habían reunido en el gran salón.
Zafiro vestía un traje de gala que desafiaba cualquier descripción: seda blanca con incrustaciones de zafiros auténticos que brillaban como estrellas. A su lado, su hermano Liam, con la mano siempre en el pomo de su espada, la miraba con una mezcla de orgullo y melancolía.
—Parece que mi princesita se va a convertir en soberana antes de lo que esperaba —murmuró Liam, inclinándose hacia ella—. Pero recuerda, Zafiro: si ese príncipe te hace derramar una sola lágrima, no me importará que sea el futuro emperador. Lo buscaré y le recordaré por qué los Lawrence somos los señores del norte.
—Lo sé, hermano —sonrió ella, apretando su brazo—. Pero no creo que sea necesario.
Ethan apareció en lo alto de la tarima, luciendo la corona de príncipe regente. Al ver a Zafiro entrar, su rostro, habitualmente frío como el mármol, se iluminó con una sonrisa que solo ella conocía.
—Nobles de Celes —anunció Ethan, su voz proyectándose por todo el salón—. Hoy no solo celebramos la estabilidad del reino, sino la unión de dos casas que son los pilares de nuestra historia. Zafiro Lawrence ha aceptado ser mi esposa y la futura Emperatriz de estas tierras.
El aplauso fue ensordecedor, pero Zafiro notó algo. En un rincón oscuro, cerca de las columnas de la casa Bolton, una figura encapuchada la observaba. No era un noble, ni un guardia. Tenía una marca en la mano: un dragón entrelazado con una rosa marchita.
La celebración continuó, pero Zafiro sintió un escalofrío. Carlos Crane había sido solo el peón. El verdadero juego, el que involucraba la vida del Rey y el destino del imperio, apenas estaba comenzando.
Esa noche, mientras bailaba en los brazos de Ethan ante la mirada envidiosa de Zoé y Cristina, Zafiro se prometió a sí misma que no solo sobreviviría. Ella ganaría. Porque ahora tenía algo por lo que valía la pena luchar: una familia que la amaba y un hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo por ella.