Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 3: La noche más corta del oficio más viejo.
Los cólicos duraron cinco días.
Cinco días de un dolor que iba y venía como oleadas de un mar hecho de vidrio molido. Cinco días en los que Vincent Moretti, el hombre que aguantó seis balazos sin gritar, se retorció en una cama de hotel barato abrazando una almohada contra el abdomen y maldiciendo a Dios, al diablo y a quien fuera que lo metió en este cuerpo.
La anciana del lobby —que se llamaba Gloria y que resultó ser la mejor persona que Vincent había conocido en dos vidas— le tocó la puerta el segundo día con un té caliente y más pastillas.
—¿Cómo sigues, mi niña?
—Muriéndome —dijo Vincent, y no estaba exagerando.
—Eso decimos todas el primer día. Al tercero ya solo quieres matar a alguien.
Señora, yo ya maté a alguien esta semana. No me tiente.
Al sexto día, cuando el dolor por fin se fue y la sangre dejó de aparecer como si alguien hubiera cerrado un grifo, Vincent se sentó en la cama, respiró hondo y se juró algo: el mes que viene iba a estar preparada. Con pastillas, con toallas, con lo que fuera. Pero preparada.
Se bañó, se vistió y se sentó en el borde de la cama a contar lo que quedaba del dinero del viejo. Once dólares con treinta centavos. En sus tiempos, con eso comprabas una caja de whisky canadiense y te sobraba para cenar. En esta época no alcanzaba ni para dos noches de hotel.
Hizo las cuentas como las hacía en los muelles del Hudson: entrada, salida, balance. El hotel costaba treinta la noche, la comida mínimo quince al día si comía basura, y este cuerpo pedía comida cada tres horas como si tuviera un agujero en el estómago. Le quedaban dos días, tal vez tres si se saltaba la cena. Después de eso, la calle.
Necesitaba dinero. Rápido. Sin identificación, sin contactos, sin entender cómo funcionaba nada en esta época de pantallitas y cámaras en cada esquina.
Robar era opción, siempre lo era, pero este cuerpo no podía correr dos cuadras sin ahogarse, no podía trepar una reja y no podía intimidar a nadie. Si la atrapaban se acabó todo: cárcel, preguntas y el cadáver del viejo apareciendo tarde o temprano.
Necesitaba algo que no requiriera correr.
Y entonces le vino la idea, como un relámpago de esos que iluminan todo el cuarto por un segundo y te dejan viendo la realidad con una claridad que no pediste.
Las chicas de la Octava Avenida. Las del Bowery. Las de los muelles. Las que se paraban en las esquinas con vestidos baratos y sonrisas caras, esperando a que algún marinero borracho o algún banquero aburrido aflojara la billetera. Vincent las conocía de su época, les compraba información, les pagaba favores, las protegía cuando algún cliente se ponía violento. Nunca las juzgó porque en su mundo cada quien sobrevivía como podía.
El oficio más viejo del mundo. Funcionaba desde que existía el dinero y no había razón para creer que hubiera dejado de funcionar.
Se miró en el espejo del baño. Gorda, despeinada, con ojeras de no dormir bien en una semana. No era lo ideal, eso estaba claro. Pero Vincent había visto de todo en los muelles. Un hombre con suficientes tragos encima y suficiente soledad adentro se comía lo que fuera, y eso no había cambiado en cien años porque eso no cambiaba nunca.
Se puso el vestido más pegado que encontró en la ropa de Emilia, uno oscuro que le marcaba cada rollo y cada pliegue como si fuera una salchicha envuelta en tela negra. Se recogió el pelo en un moño hecho con las manos, sin horquillas ni nada, y el resultado fue un bulto torcido en la nuca que parecía un nido de pájaros abandonado. Maquillaje ni pensarlo, porque no tenía idea de cómo se usaba y los recuerdos de Emilia no ayudaban: a ella nunca le enseñaron, a nadie le importó enseñarle.
Zapatillas planas, el bolso con los once dólares, y salió a las diez de la noche con un plan que sonaba mejor en su cabeza de lo que se veía en el espejo.
Las encontró en una zona que el instinto de Vincent identificó antes que los ojos: calle mal iluminada, autos que iban despacio, siluetas apoyadas contra las paredes con posturas que no eran casuales. Algunas cosas nunca cambian, y la geografía de la prostitución era una de ellas.
Lo vieron venir desde media cuadra.
—Ay, mami, ¿te perdiste? El McDonald's queda para allá —dijo una flaca alta con peluca roja y un vestido que cubría lo estrictamente legal, y las otras dos que estaban a su lado se rieron como si fuera el mejor chiste de la noche.
Vincent apretó los dientes y se paró en la esquina. Intentó adoptar la postura que había visto mil veces en las chicas del Bowery, esa cosa de la cadera afuera y el hombro relajado y la cara de disponible, pero con su cuerpo parecía una señora esperando el autobús después de un día largo.
—Oye, gorda —le soltó otra, más joven, con botas hasta la rodilla y una minifalda que era básicamente un cinturón ancho—, ¿viniste a trabajar o a tapar la esquina? Porque si te paras ahí no nos van a ver a nosotras, mamita. Ocupas toda la acera.
En otra vida te habría roto la mandíbula, flaquita. Pero hoy necesito dinero, no problemas.
Los autos pasaban y los ojos de los conductores saltaban de una chica a otra como si Vincent fuera un poste de luz, un mueble, parte del paisaje. Invisible. Otra vez invisible. Treinta minutos, cuarenta, una hora entera parada en esa esquina con los pies doliéndole y el frío calándole hasta los huesos mientras las chicas que quedaban la miraban entre divertidas y molestas, como si su presencia fuera un chiste que no terminaba de acabarse.
Y entonces un tipo se acercó caminando, solo, tambaleándose con ese andar inconfundible del borracho que cree que camina derecho. Traje arrugado, corbata floja, aliento a alcohol que llegó tres pasos antes que él. Cuarenta y tantos, gordo, con cara de haber tenido un día de mierda y querer terminarlo peor.
—Oye, tú —le dijo, recorriéndola de arriba abajo con ojos vidriosos—. ¿Cuánto?
—Doscientos —dijo Vincent, porque había escuchado a una de las chicas decir esa cifra.
El tipo se rio con esa risa húmeda de borracho que cree que es gracioso y le ofreció cien diciendo que estaba siendo generoso, y Vincent aceptó porque cien dólares eran cien dólares y el hotel no se pagaba solo.
Lo agarró del brazo con fuerza, con esos dedos gruesos clavándose en la carne, y la jaló hacia un callejón oscuro que olía a basura y a orines viejos. La empujó contra la pared, le puso una mano en la cintura y con la otra empezó a subirle el vestido mientras su boca buscaba el cuello de Vincent, babosa, caliente, apestando a bourbon barato.
Y algo se rompió adentro.
No fue un pensamiento racional ni un análisis de pros y contras. Fue algo más viejo que cualquier plan de supervivencia, algo que venía de lo más profundo del cerebro de Vincent Moretti, hombre, criminal, macho criado en las calles del Lower East Side en 1910: la información simple, brutal e innegociable de que otro hombre le estaba metiendo la mano por debajo del vestido.
Me está tocando. Un hombre me está tocando. No soy marica. NO SOY MARICA.
El rodillazo le salió del alma, directo a la entrepierna, con toda la fuerza que las piernas de Emilia pudieron reunir, que resultó ser bastante más de lo que cualquiera habría esperado de una gorda con zapatillas planas. El tipo se dobló como una silla plegable, la boca abierta sin aire, los ojos desorbitados, soltando un sonido agudo y patético que no era grito ni llanto sino algo entre los dos.
Vincent no se detuvo. Le metió un puñetazo en la oreja, torpe, mal dado, con una mano que todavía no sabía pegar en este cuerpo, pero suficiente para que el tipo cayera de rodillas sobre la basura del callejón.
—¡HIJO DE PUTA! —gritó, y la voz aguda de Emilia hizo que sonara más histérico que amenazante, pero eso ya no le importaba— ¡NO ME TOQUES! ¡NADIE ME TOCA!
Le registró los bolsillos con manos que temblaban de adrenalina y rabia. Billetera gruesa, reloj caro, todo adentro del bolso. Se paró, se alisó el vestido como pudo y miró al tipo hecho un ovillo en el piso, agarrándose la entrepierna con las dos manos.
—Gracias por tu generosidad —murmuró, y salió del callejón.
Las chicas de la esquina la miraron pasar con los ojos abiertos. La de la peluca roja soltó un "¡Pero qué mierda...!" que Vincent no se detuvo a responder, porque detrás de ella escuchó el grito del tipo saliendo del callejón, apoyándose en la pared, gritando "¡PERRA LOCA! ¡VEN ACÁ!" con la voz rota de un hombre al que le acaban de reorganizar la anatomía.
Un taxi amarillo con la lucecita encendida venía por la calle, a veinte metros, y Vincent corrió hacia él. O lo que este cuerpo llamaba correr: un trote desesperado con los brazos agitándose, los muslos rozándose, el bolso rebotando contra la cadera y el aire faltándole antes de llegar a la esquina. La escena de persecución más patética en la historia del crimen organizado.
Pero llegó, abrió la puerta, se lanzó adentro y le gritó al conductor que arrancara. El taxista, un tipo con turbante que probablemente había visto cosas peores en el turno de noche, arrancó sin hacer una sola pregunta.
Vincent se desplomó en el asiento trasero jadeando como un perro en agosto. Miró por la ventana de atrás: el tipo estaba parado en la acera gritándole al vacío y una de las chicas se estaba riendo con la mano en la boca.
Abrió la billetera robada. Trescientos dólares en efectivo, tarjetas de plástico que no sabía usar y una foto de una mujer con dos niños que no quiso mirar demasiado.
Trescientos dólares por cinco minutos de trabajo. Nada mal.
Se recostó en el asiento y dejó que el temblor de las manos se calmara solo, porque no era miedo sino adrenalina pura mezclada con una rabia que todavía no terminaba de irse, una rabia que tenía que ver con la mano de un desconocido subiéndole el vestido y con el descubrimiento de que hay cosas que un hombre no puede hacer ni siquiera cuando está atrapado en el cuerpo de una mujer y se está muriendo de hambre.
Nunca más. Eso nunca más.
El taxi avanzaba por las calles de un Nueva York que no reconocía, lleno de luces que no entendía, y Vincent miraba la ciudad pasar por la ventana mientras una sola idea le daba vueltas en la cabeza con la claridad de una moneda cayendo sobre una mesa:
Robar es mejor. Siempre fue mejor. Es lo que sé hacer, lo que soy y lo que voy a seguir siendo, me ponga el cuerpo que me ponga.
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/