La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 8 El beso que no fue
La noche se alargó como una herida que no termina de cerrarse.
Leila dio vueltas en la cama, una y otra vez, las sábanas enredándose entre sus piernas. Cada vez que cerraba los ojos veía la mano de Angrod en su mejilla. Sentía su pulgar trazando círculos lentos sobre su pómulo. Oía su voz, rota y sagrada, diciendo solo tú.
Solo tú.
Tres palabras. Nueve letras. Un universo entero contenido en ese susurro.
Se incorporó de golpe.
—No puedo más —dijo en voz alta, a nadie.
La habitación vacía no respondió.
Las antorchas azules ardían con su llama eterna, indiferentes. Los fragmentos del espejo roto habían sido retirados por los sirvientes; solo quedaba un marco vacío en la pared, como una puerta a ninguna parte.
Leila se levantó.
No sabía qué iba a hacer. No sabía qué quería hacer. Solo sabía que no podía quedarse allí, sola, con el eco de sus palabras rebotando en su pecho.
Salió al pasillo.
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El palacio de Hassan dormía.
Leila caminó sin rumbo, sus pies descalzos sobre la piedra fría. La seda de su camisón flotaba a su alrededor como una nube blanca. Parecía un fantasma, o una novia, o quizá las dos cosas.
No se detuvo a pensar adónde iba.
Simplemente, sus pies la llevaron allí.
La puerta de Angrod.
Se quedó inmóvil frente a la madera tallada, el corazón latiendo con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta. No había planeado aquello. No había planeado nada. Pero ahora que estaba aquí, ahora que la distancia entre ella y él era solo unos centímetros de roble antiguo...
¿Qué hago? pensó. ¿Llamo? ¿Entro? ¿Huyo?
La puerta se abrió antes de que pudiera decidir.
Angrod estaba en el umbral.
No llevaba armadura. Solo una túnica blanca, sencilla, abierta en el cuello. Su cabello negro azulado caía suelto sobre sus hombros, húmedo, como si acabara de bañarse. Y sus ojos...
Sus ojos la miraron como si ella fuera un milagro.
—Leila —dijo.
Solo eso. Su nombre. Y sonó como una plegaria.
—No podía dormir —susurró ella.
—Yo tampoco.
—El ataque...
—Ya pasó.
—Tu herida...
—Está cerrada. Gracias a ti.
—No tienes que agradecérmelo.
—Lo sé.
Silencio.
Ninguno de los dos se movió. Ella en el umbral, él en la puerta. La distancia entre sus cuerpos era la misma que siempre, pero de repente se sentía insalvable y diminuta a la vez.
—Deberías irte —dijo él, con voz ronca.
—Sí.
—Es tarde.
—Lo sé.
—No es seguro que estés aquí.
—No.
Ambos sabían que no hablaban de la misma clase de peligro.
Leila dio un paso adelante.
Él no retrocedió.
—Angrod —dijo ella, y su nombre supo a verdad en su lengua—. ¿Por qué me trajiste aquí?
Él cerró los ojos.
—No lo sé.
—Mientes.
—Siempre miento. Contigo intento no hacerlo.
—Entonces dime la verdad.
Él abrió los ojos. El azul de su mirada era un mar en tempestad.
—Porque no podía seguir sin verte —respondió—. Porque doce años es demasiado tiempo para amar a alguien a través de un cristal. Porque me estaba ahogando en mi propio silencio y tú eras el único aire que recordaba.
Leila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Me has visto crecer —dijo—. Has estado ahí, siempre, sin que yo lo supiera. Sabes cosas de mí que ni yo recuerdo.
—Sí.
—¿Qué más sabes?
—Sé que cuando tenías ocho años te rompiste el brazo cayéndote de un árbol y lloraste más de rabia que de dolor. Sé que a los doce escribías cuentos en un cuaderno azul y los escondías debajo del colchón. Sé que a los quince te enamoraste por primera vez de un chico que ni siquiera sabía tu nombre.
—¿Y tú? —preguntó ella, con voz apenas audible—. Tú sabías mi nombre.
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Esperar.
—¿Doce años?
—Doce años.
—¿Esperando qué?
Él la miró largamente.
—Esperando merecerte —respondió.
Y entonces, Leila comprendió.
No era un monstruo. No era un villano. No era el príncipe de hielo que todos temían.
Era un hombre que había pasado doce años ahogándose en silencio, y ella era la única que podía enseñarle a respirar.
—No tienes que merecerme —dijo—. No es así como funciona.
—¿Cómo funciona entonces?
—Así.
Y lo besó.
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Fue torpe.
No podía ser de otra manera. Ninguno de los dos había hecho aquello antes, al menos no así, no con alguien que importara de verdad. Sus labios se encontraron en un ángulo extraño; sus narices chocaron ligeramente; su aliento se mezcló en una respiración compartida, desordenada, urgente.
Pero era perfecto.
Porque era él. Porque era ella. Porque llevaban doce años esperando ese instante y cada segundo de espera había valido la pena.
Angrod hizo un sonido ahogado contra su boca. No era de placer —era de alivio. Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante más de una década y por fin, por fin, pudiera exhalar.
—Leila —susurró entre besos—. Leila, Leila, Leila.
Su nombre. Siempre su nombre. Como si fuera la única palabra que supiera decir.
Ella respondió enredando los dedos en su cabello, tirando suavemente para acercarlo más. Él la agarró por la cintura, la atrajo contra su pecho, la sostuvo como si ella fuera a romperse o a desvanecerse o a convertirse en humo entre sus brazos.
—No me voy a ir —dijo ella—. Estoy aquí.
—No entiendes —respondió él, la voz quebrada—. Te he perdido tantas veces en mi cabeza. Cada noche cerraba el cristal y no sabía si volverías a estar allí al día siguiente. Cada noche temía que fuera la última.
—Y ahora no tienes que temer.
—No lo sé. Todavía no sé cómo hacer esto.
—Yo tampoco.
Él la miró. Sus ojos azules brillaban con algo que no eran lágrimas —los elfos no lloraban, le habían dicho— pero se parecía mucho.
—Entonces aprendamos juntos —dijo.
Ella sonrió.
—Eso ya es un buen comienzo.
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No supo cómo llegaron al dormitorio.
Solo que de repente la túnica blanca de él estaba en el suelo, y su camisón de seda también, y sus cuerpos desnudos se encontraban por primera vez bajo la luz violeta de la luna.
Angrod la miró como si fuera una diosa.
Ella sintió la vergüenza aflorar a sus mejillas —nunca se había mostrado así ante nadie, ni siquiera ante sí misma—, pero la forma en que él la miraba no era posesiva ni lasciva. Era reverente.
—Eres hermosa —dijo—. Siempre lo supe. Pero esto...
Trazó la curva de su cadera con la yema de los dedos, temblando.
—Esto es más de lo que imaginé.
—¿Me has imaginado? —preguntó ella, atrevida.
Él enrojeció. Angrod Caranthir, el príncipe de hielo, el guerrero implacable, enrojeció.
—Todas las noches —admitió—. Durante doce años.
Ella debería haberse sentido incómoda. Violada en su intimidad, quizá. Pero no podía. Porque en esos doce años él no había hecho más que amarla en silencio, desde la distancia, sin esperar nada a cambio.
—Enséñame —susurró—. Lo que imaginaste.
Él la besó de nuevo, más lento ahora, más profundo.
Sus manos aprendieron el mapa de su cuerpo: la curva del cuello, el valle entre sus clavículas, la pendiente suave de sus pechos. Ella arqueó la espalda cuando sus dedos rozaron sus pezones, y él capturó su gemido con la boca.
—¿Duele? —preguntó.
—No. Es... no sé. Es demasiado.
—¿Quieres que pare?
—No te atrevas.
Él casi sonrió.
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Cuando la penetró, ambos lloraron.
Ella por el dolor agudo y dulce de ser abierta por primera vez. Él porque nunca había sentido algo tan cálido, tan vivo, tan absolutamente suyo.
—Respira —dijo ella, acariciando su nuca—. Estoy bien. Sigue.
—No quiero hacerte daño.
—Ya me haces daño. Pero es el daño bueno. El que vale la pena.
Él enterró el rostro en su cuello y se movió dentro de ella con lentitud, con cuidado, como si ella fuera de cristal y él temiera romperla.
Pero ella no era de cristal.
Era de carne, de sangre, de luz. Y lo quería entero, sin reservas, sin esa contención que llevaba doce años pudriéndose en su pecho.
—Más —pidió—. Quiero sentirlo todo.
—No sé si puedo...
—Puedes. Confía en mí.
Él confió.
El ritmo se aceleró. Los gemidos de ella se volvieron más agudos, las respiraciones de él más erráticas. Sus cuerpos se encontraban una y otra vez en el mismo punto, buscando algo que ninguno sabía nombrar.
—Leila —jadeó él—. Voy a...
—Yo también. No pares. Por favor, no pares.
Y cuando el orgasmo los alcanzó —a ella como una ola de luz dorada que le brotó de las manos y le iluminó el pecho, a él como una sacudida que lo dejó sin aliento, sin pensamiento, sin nada más que el nombre de ella en los labios—, ambos supieron que nada volvería a ser igual.
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Después, quedaron enredados entre las sábanas.
Angrod tenía la cabeza apoyada en su pecho, el cabello negro azulado derramado sobre su piel. Ella le acariciaba la nuca, trazaba círculos lentos sobre sus omóplatos, contaba las cicatrices que surcaban su espalda como mapas de batallas pasadas.
—¿Duele? —preguntó ella, tocando una especialmente larga, justo debajo del omóplato derecho.
—Ya no.
—¿Qué fue?
—Mi padre. Tenía diez años. Descubrió que mi madre me había enseñado a leer a escondidas.
Leila sintió un odio puro y frío hacia un hombre que ni siquiera conocía.
—¿Y tu madre?
—Murió cuando yo tenía quince. Nadie supo decirme de qué. Creo que fue de tristeza.
—Lo siento.
—No es tu culpa.
—Lo siento igual.
Él levantó la cabeza para mirarla. Sus ojos azules estaban en calma, por primera vez desde que ella lo conocía.
—Nunca había contado eso a nadie —dijo.
—¿Por qué a mí?
—Porque tú no huyes.
Ella sonrió.
—Soy demasiado testaruda para huir.
—Menos mal.
Él volvió a apoyar la cabeza en su pecho. Ella siguió acariciando su cabello.
—¿Y ahora qué? —preguntó Leila.
—¿Ahora?
—Sí. Después de esto. ¿Qué hacemos?
Él guardó silencio un momento.
—Sobrevivir —dijo al fin—. Primero, sobrevivir. Luego, pensar en el resto.
—¿Y si no podemos sobrevivir?
—Podemos.
—¿Cómo lo sabes?
Él levantó la mano y la colocó sobre el pecho de ella, justo donde su corazón latía tranquilo.
—Porque tú estás aquí —dijo—. Y mientras tú estés aquí, yo puedo con todo.
Leila sintió que los ojos le escocían.
—Eres un cursi —dijo, con voz temblorosa.
—Lo sé.
—Un cursi empalagoso.
—También.
—Y me encantas.
Él sonrió. Era una sonrisa pequeña, tímida, como si no estuviera seguro de tener derecho a ella.
—Tú también me encantas —respondió—. Desde antes de que existieras.
Ella lo besó en la frente.
—Entonces es un trato.
—¿Qué trato?
—Tú me enseñas a sobrevivir. Yo te enseño a sonreír.
Él rió. Era una risa ronca, poco acostumbrada, pero real.
—Trato hecho.
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La luna violeta seguía su curso lento sobre Hassan.
En la cama de Angrod, dos cuerpos desnudos yacían entrelazados, agotados por el amor y la batalla y doce años de silencio roto.
Él dormía con el rostro vuelto hacia ella, la mano apoyada en su cintura, como si incluso en sueños temiera perderla.
Ella permanecía despierta, mirando el techo de piedra negra.
Ya no soy un sacrificio, pensó. Soy suya. Y él es mío.
Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, sobrevivamos o muramos... esto es real. Esto es cierto. Esto es para siempre.
Cerró los ojos.
Y por primera vez desde que llegó a Hassan, durmió sin pesadillas.
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Doce años esperando.
Doce años deseando.
Doce años preguntándome si algún día merecería siquiera acercarme a ella.
Y cuando por fin la tuve entre mis brazos, desnuda y temblorosa y absolutamente mía...
Comprendí que no era yo quien debía merecerla.
Era ella quien me había elegido.
Y ese es el único mérito que importa.
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