Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 9
Afuera, la noche seguía su curso, pero para ellos, algo había cambiado.
El auto se detuvo suavemente en el mirador, con las luces de la ciudad extendiéndose como un océano brillante bajo el cielo nocturno. Adrián apagó el motor y se quedó en silencio por un momento, con las manos aún firmes sobre el volante.
Itzcelina exhaló despacio, observando el paisaje a través de la ventana. La ciudad que había sido testigo de su amor y su traición ahora parecía distante, indiferente a su sufrimiento.
—¿Por qué nos detenemos aquí? —preguntó con voz suave, sin girarse hacia él.
Adrián se apoyó contra el asiento y la miró de reojo.
—No parecía que quisieras llegar a casa… y a veces, cuando uno necesita pensar, este lugar ayuda.
Itzcelina esbozó una sonrisa melancólica.
—¿Lo haces seguido?
—Detenerme aquí, sí. Recoger a mujeres hermosas con el corazón roto, no.
Ella dejó escapar una risa breve, pero sus ojos todavía brillaban con un rastro de tristeza. Adrián la observó con atención. No sabía por qué había seguido la corriente a su petición y confusión en el auto. No buscaba nada, no en realidad. Pero en ese instante, sentado junto a ella, sintió que tal vez había una razón para estar ahí esa noche.
—¿Cuánto tiempo llevabas con él? —preguntó Adrián, encendiendo un cigarro.
Itzcelina suspiró y se abrazó a sí misma.
—Nos conocemos desde que estaba en la universidad. El arregloó mi coche averiado, salimos, nos enamoramos o eso creía yo y luego decidimos vivir juntos hace cinco años. Creí que éramos felices… que yo era suficiente… por él renuncie a todo… a mi familia, mis estudios… todo. No le exigí un matrimonio por todas las leyes, eso no importaba, él era todo para mí.
Adrián le ofreció el cigarro y ella lo tomó, llevándolo a sus labios con un gesto automático. Aspiró lentamente, dejando que el humo se mezclara con la brisa nocturna.
—Si él te engañó, el problema no es que no fueras suficiente… el problema es que él nunca lo fue.
Itzcelina lo miró, sus ojos reflejando algo más que tristeza. Había rabia contenida, decepción.
—¿Tú qué sabes de eso? —preguntó con un deje de desafío en su voz.
Adrián soltó una risa seca y apartó la mirada hacia la ciudad.
—Digamos que he visto suficientes historias como la tuya… y también he vivido algo parecido.
Itzcelina frunció el ceño, curiosa.
—¿Te han roto el corazón, Adrián?
Él exhaló el humo lentamente antes de responder.
—Mi esposa. También esta noche he descubierto que me ha estado engañando y no sé desde cuándo.
Itzcelina parpadeó sorprendida.
—¿Estás casado?
—Sí. Ocho años.
El silencio se instaló entre ellos por un momento, solo interrumpido por el viento que movía las hojas de los árboles cercanos.
—Lo siento… —dijo Itzcelina en voz baja.
Adrián la miró con una sonrisa ladeada.
—No lo sientas. Creo que fue lo mejor que me pudo pasar. Aunque no lo entiendo.
Itzcelina sostuvo su mirada y, por primera vez en toda la noche, sintió que no estaba completamente sola en su dolor.
—¿Y cómo se supera? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
Adrián sostuvo el cigarro entre sus dedos y la miró con sinceridad.
—No lo sé… quizá primero, te permites sentir todo el dolor. Luego, te das cuenta de que mereces algo mejor… y un día, sin darte cuenta, ya no duele.
Itzcelina apartó la vista y miró la ciudad, intentando imaginarse a sí misma en un futuro donde la traición de Lucas ya no le pesara en el alma.
Adrián la observó de reojo. Había algo en ella, en su tristeza y en la fortaleza oculta bajo esa piel dorada, que lo hacía querer seguir ahí, aun cuando no tenía razones para hacerlo.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó finalmente.
Itzcelina lo pensó por un momento. Luego negó con la cabeza y esbozó una sonrisa fugaz.
—No todavía. Solo… quedémonos aquí un rato más.
Adrián asintió y apagó el cigarro contra el cenicero del auto.
Y así, en un mirador perdido entre las luces de la ciudad, dos almas rotas compartieron un momento de tregua, sin promesas ni expectativas, solo la compañía de alguien que entendía el peso del desamor.
Hubo un momento en que solo sus respiraciones se mezclaban, no necesitaban hablar, solo se acercaron…
En el bar Rosewood, Lucas y Laura seguían envueltos en su juego peligroso, ocultando su relación bajo risas y miradas furtivas. Jamás imaginaron que, entre los destellos de luces y el murmullo de copas, alguien los había visto y grabado cada gesto, cada roce, cada mentira disfrazada de inocencia.
Se despidieron de otra pareja de amigos que había compartido la mesa con ellos, fingiendo normalidad, pero apenas cruzaron la puerta del bar, se transformaron. Caminaban como dos adolescentes enamorados, sin miedo, con el deseo desbordando en cada paso.
Un taxi los llevó directo al hotel que ya conocían de memoria, su refugio prohibido, el escenario repetido de su traición. Apenas entraron a la habitación, la máscara cayó. Las manos se buscaron con urgencia, los labios se devoraron como si el mundo se acabara en ese instante. Entre las sábanas, dieron rienda suelta a un engaño que ya no tenía retorno, convencidos de que el secreto seguía a salvo.
Pero afuera, en silencio, la verdad ya había empezado a tomar forma… y pronto estallaría.
Las luces cálidas de la habitación apenas iluminaban sus siluetas entrelazadas. Luca la sostuvo contra la pared antes de llegar a la cama, devorándola con besos que parecían una confesión prohibida. Laura, con la respiración agitada, se dejó llevar, como si el tiempo no existiera más allá de esos muros que guardaban su secreto.
Las sábanas fueron cómplices de sus encuentros, impregnadas del perfume de Laura y del calor de sus cuerpos que se buscaban sin descanso. Cada caricia era un pacto silencioso, cada suspiro un recordatorio de que estaban cruzando una línea que ya no podían desandar.
En aquel cuarto, no había remordimientos ni temores. Solo existían ellos, el deseo desbordado y el espejismo de un amor que no pertenecía a ninguno de los dos. Afuera, el mundo seguía girando, ajeno a la traición que se cocía entre esas paredes.
Cuando la madrugada los sorprendió, exhaustos y enredados bajo la misma manta, Lucas acarició el rostro de Laura con ternura. Ella sonrió, cerrando los ojos, creyendo que ahí, en ese espacio secreto, el engaño podía transformarse en verdad.
El amanecer comenzaba a filtrarse tímidamente por las cortinas, bañando la habitación con un resplandor suave que acariciaba sus cuerpos aún entrelazados. Laura abrió los ojos despacio, encontrando a Lucas observándola con esa mezcla de deseo y ternura que la desarmaba.
—Deberíamos irnos —susurró ella, aunque sus labios buscaban de nuevo los de él, como si se negara a romper la magia de la noche.
Luca sonrió con picardía, recorriendo con sus dedos la curva de su espalda.
—Unos minutos más… —pidió, reteniéndola contra su pecho, como si pudiera detener el tiempo.
Ella cedió, dejándose envolver otra vez por ese calor que la hacía olvidar lo prohibido. En ese espacio secreto, no había culpas ni responsabilidades, solo la ilusión de un amor que ardía en silencio.
Se vistieron lentamente, entre risas y miradas cómplices. Al salir del hotel, la ciudad los recibió con su rutina indiferente, como si guardara celosamente lo que acababa de suceder. Nadie sospechaba. Nadie los había visto. O al menos, eso creían.
El sol caía con fuerza sobre la ciudad cuando salieron del hotel. Caminaban juntos, pero a unos pasos de distancia, como dos desconocidos que casualmente compartían acera. El eco de la noche aún los envolvía, aunque sus rostros mostraban la serenidad de quien no había hecho nada indebido.
En la esquina se detuvieron. Laura, con unas gafas oscuras que ocultaban el brillo de sus ojos, le dedicó una última mirada cargada de complicidad. Luca, con su porte elegante y la seguridad que lo caracterizaba, asintió apenas, como si ese gesto silencioso contuviera todas las palabras no dichas.
—Hasta la próxima —murmuró ella, casi inaudible.
—Te escribiré —respondió él, sin sonreír, pero con la promesa escondida en su voz.
Se dieron la espalda, tomando rumbos distintos: Laura hacia su casa, dispuesta a retomar el papel de esposa perfecta, y Lucas hacia su oficina, donde lo esperaban contratos y decisiones que contrastaban con el torbellino de emociones que aún lo acompañaba.
Ambos sabían que lo vivido no terminaría ahí. Era un secreto que los ataba, un deseo que tarde o temprano volvería a arrastrarlos de nuevo a esos encuentros donde el tiempo se detenía.
Laura llegó a su casa con paso sereno, como si no cargara consigo el peso de una traición. Al entrar, la familiaridad de su hogar la envolvió de inmediato. Miró alrededor y notó la ausencia de su esposo. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa tranquila; imaginó que él había salido temprano hacia la empresa, como siempre, ocupado en los negocios que tanto lo absorbían. Se quitó los tacones, dejó el bolso en su lugar habitual y caminó hacia la habitación. El espejo del tocador le devolvió la imagen de una mujer impecable, aunque bajo la piel aún ardía el recuerdo de las manos de Luca.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Luca no regresó a su casa. En lugar de eso, llegó directo a su oficina. El edificio lo recibió con el eco de su propia autoridad: el saludo respetuoso de los empleados, los pasillos impecables y el aroma fresco del lugar. Cerró la puerta de su despacho y, sin perder tiempo, se dirigió a la ducha privada que tenía allí. El agua fría recorrió su piel, borrando los rastros de la noche, aunque no la memoria de ella.
Minutos después, ya vestido con un traje impecable, se sentó tras su escritorio. Abrió su computadora, revisó contratos y dio órdenes con la tranquilidad de quien aparenta control absoluto. Nadie sospechaba que detrás de esa calma había un secreto ardiente que lo mantenía vivo, un refugio al que planeaba volver pronto.