La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
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Parte 2: Mi Debut
La música baja de intensidad y el último giro se completa con precisión perfecta.
Mi padre me detiene con una mano firme en mi espalda y la otra sosteniendo la mía. Nos inclinamos apenas, lo justo para cumplir con la tradición, y el aplauso contenido de la nobleza llena el salón como una ola elegante y ensayada.
El primer baile ha terminado.
—Lo hiciste perfecto —dice mi padre en voz baja, solo para mí.
—Siempre lo hago —respondo con una sonrisa suave, porque si no me lanzo flores yo, nadie lo hará con la sinceridad adecuada.
Me besa la frente, gesto breve pero cargado de significado, y se aparta. Doy un paso atrás, quedando sola por primera vez en la noche, justo cuando la música cambia de tono.
Es la señal.
Los invitados comienzan a moverse. Las parejas se forman con rapidez calculada. Abanicos se cierran, manos se ofrecen, sonrisas aparecen como máscaras bien entrenadas. El salón recupera el murmullo habitual, ese ruido constante de intrigas suaves y risas educadas.
Todo marcha como debe.
Hasta que no.
Siento el cambio antes de verlo. El aire se tensa. El murmullo se quiebra.
Las miradas se desvían en una sola dirección.
El príncipe heredero avanza.
Alaric se separa de sus padres con decisión, ignorando los gestos sutiles de advertencia de la reina y la mirada inquisitiva del rey. Camina con seguridad, con esa confianza que solo da haber nacido en la cima del mundo.
Y no viene hacia mí.
Eso es lo primero que nota la corte.
Eso es lo que nadie esperaba.
Eso es lo que hace que el silencio caiga como un telón.
Lo sigo con la mirada, curiosa, entretenida, casi expectante.
Se detiene frente a ella.
Miriam.
La joven parece no darse cuenta de inmediato de lo que está ocurriendo. Parpadea, confusa, mira a su alrededor como buscando al verdadero destinatario del gesto. Sus mejillas se tiñen de un rojo suave cuando comprende que sí, que es a ella.
El príncipe se inclina.
—¿Me concedería este baile? —pregunta, con voz clara, audible para todos los que están fingiendo no escuchar.
Un suspiro colectivo recorre el salón.
No hacia mí.
Hacia ella.
Alguien deja caer un abanico.
Otra persona carraspea demasiado fuerte.
Varias duquesas intercambian miradas cargadas de veneno.
Miriam duda. Mira sus manos. Luego alza la vista, sorprendida, insegura, absolutamente fuera de lugar… y por eso mismo irresistible para él.
—Yo… sí —responde al final, casi en un susurro.
El príncipe le ofrece la mano.
Y la toma.
Ahí ocurre.
El golpe silencioso.
El príncipe heredero, prometido oficialmente con Lady Lithya Svensson, acaba de invitar a otra mujer a bailar. En público. En mi debut. Frente a toda la corte.
Siento decenas de miradas clavarse en mí, buscando una reacción. Escándalo. Humillación. Lágrimas. Ira.
No les doy nada de eso.
Sonrío.
Despacio. Con calma. Con una serenidad que desconcierta.
Así que este es el error que iba a cometer.
Perfecto.
Mientras Alaric conduce a Miriam al centro del salón y la música los envuelve, pienso con claridad peligrosa:
No acaba de traicionarme.
Acaba de liberarme.
El salón entero sigue girando, pero yo me detengo.
No por sorpresa. Por decisión.
Doy dos pasos hacia mi padre, lo suficiente para que quienes están cerca puedan verme, oírme, sentirme. Bajo un poco la voz, pero no tanto como para que deje de viajar. La clave de un buen teatro no es gritar: es calcular.
—Padre… —digo, y dejo que mi voz tiemble lo justo— ¿cómo es posible que el príncipe haga algo así?
Mi padre se vuelve hacia mí de inmediato. Ve mi expresión y entiende al instante que algo ocurre. No sabe aún qué, pero confía en mí lo suficiente como para no interrumpirme.
Alzo un poco más la voz, apenas un suspiro herido envuelto en seda.
—Soy su prometida —continúo—. Esto… esto es una vergüenza.
Silencio.
No uno absoluto, sino ese silencio cargado que aparece cuando demasiadas personas escuchan algo que no deberían haber oído… pero que deseaban escuchar.
Lo siento alrededor.
Las miradas se clavan.
Los murmullos se congelan.
La música sigue, pero ya nadie la escucha igual.
Una condesa se lleva la mano al pecho.
Un barón frunce el ceño.
Varias damas inclinan la cabeza con falsa compasión… y verdadera hambre de chisme.
Piedad.
Lástima.
Indignación prestada.
Perfecto.
Mi padre aprieta la mandíbula. Su expresión se endurece, no hacia mí, sino hacia la escena que se desarrolla unos metros más allá: el príncipe bailando con Miriam, completamente absorto, como si el mundo no existiera.
—Lithya… —dice en voz baja—. Esto no debería estar ocurriendo.
—No delante de todos —respondo, bajando la mirada como una hija herida modelo—. No en mi debut.
Eso duele. Lo sé. Y lo saben ellos.
Un murmullo empieza a crecer, lento pero imparable.
—Qué falta de respeto…
—En su propia casa…
—La pobre duquesita…
—El príncipe ha perdido el juicio…
Mi madre se acerca. Sus ojos pasan de mí al centro del salón y luego de vuelta a mí. No llora. Se indigna. Y eso es mucho peor.
—Esto será recordado —dice con voz suave, peligrosa—. Te lo aseguro.
Yo asiento, como si estuviera conteniendo lágrimas que no existen. Mi mano tiembla apenas cuando me aferro al brazo de mi padre. Actuación impecable.
Mientras tanto, en el centro del salón, el príncipe sigue bailando, completamente inconsciente del incendio social que acaba de provocar.
Y yo, con el corazón tranquilo y la mente afilada, pienso una sola cosa:
Sigan mirando.
Sigan sintiendo lástima.
Sigan creyendo que estoy herida.
Porque esta noche, mientras todos compadecen a la prometida abandonada…
Yo acabo de ganar la partida.
No pasa ni un minuto antes de que el enjambre se mueva.
Las primeras en acercarse no son cualquiera. No las jóvenes curiosas ni las damas menores con hambre de drama. Son ellas: las nobles de mayor rango, las que ya sobrevivieron a matrimonios políticos, a esposos infieles y a décadas de sonrisas obligatorias.
Las verdaderas expertas en tragedias bien vestidas.
Una marquesa de cabello plateado se aproxima primero. Su perfume es caro, su mirada afilada por años de desengaños. Me toma la mano con una familiaridad que no hemos ganado… pero que el escándalo autoriza.
—Querida Lithya —dice en voz baja, con un suspiro perfectamente ensayado—. Te entendemos.
Asiento despacio, como si cada palabra me pesara en el pecho.
—A veces los hombres con coronas creen que el mundo entero es suyo —continúa—. Incluso aquello que ya prometieron.
Otra dama se une, una duquesa cuyo esposo es famoso por tener más concubinas que virtudes. Inclina la cabeza hacia mí, solidaria.
—No es culpa tuya —añade—. Ninguna de nosotras fue suficiente para detenerlos. Aprendes a… aceptar.
Aceptar.
La palabra cae como veneno dulce.
—Yo también fui joven cuando mi esposo tomó a su primera amante —dice otra, con una sonrisa triste—. Al principio duele. Luego solo cansa.
Varias asienten. Complicidad femenina nacida del desencanto.
Siento sus miradas sobre mí, no con lástima superficial, sino con reconocimiento. Me ven como una de ellas. Como alguien que acaba de cruzar el umbral hacia la verdadera nobleza: la de las mujeres que aprenden demasiado pronto que el amor no entra en los contratos.
Aprieto los labios. Bajo la mirada. Respiro hondo.
—No esperaba que fuera así —murmuro—. No esta noche.
Una mano cálida se posa en mi hombro.
—Ninguna lo espera —responde la marquesa—. Pero sobrevivirás. Eres fuerte. Y hermosa. Eso, créeme, también incomoda a los hombres.
Casi sonrío.
Casi.
Por dentro, mi mente va a toda velocidad.
Cada palabra suya es un regalo.
Cada gesto, una confirmación pública.
Cada muestra de “comprensión” clava un poco más el ataúd del prestigio del príncipe.
Al fondo del salón, el baile continúa, pero ya no es el centro de atención. El centro soy yo. La prometida humillada. La víctima elegante. La joven duquesa que despierta la solidaridad de las esposas heridas.
Mi madre observa la escena con los ojos entornados, entendiendo demasiado bien lo que está ocurriendo. Mi padre mantiene el rostro severo, pero orgulloso. No de la situación.
De mí.
—Gracias —digo al fin, con voz suave—. Sus palabras significan mucho.
No miento.
Solo no digo qué significan exactamente.
Mientras las damas se alejan poco a poco, dejándome envuelta en murmullos de compasión y apoyo, levanto la vista apenas.
Y pienso, con una calma deliciosa:
Si así se siente jugar el papel de la prometida traicionada…
Entonces que empiece el segundo acto.